Esta tarde he dejado tirado por el suelo otro trocito de mí ¿Cómo he de sentirme si soy una vergüenza, un pecado, la desaprobación de Dios? Si mi cuerpo es el templo de lo prohibido, mi cuello el camino al infierno, mis tobillos la consecución del mal. ¿Cómo he de sentirme negándome a mí misma, cubriéndome por ser un motivo para la deshonra? Eso dicen. Que yo tengo la culpa, que son mis curvas las que crecieron para provocarlos a ellos, que ellos no lo podrían soportar. ¿Por qué no se cubren ellos el rostro? No. Tampoco me gustaría que no fuesen libres. ¿Pero qué hago yo, mientras tanto, formando parte de un cuadrado que sólo guarda para mí cuatro esquinas? Escondida, repudiada si me muestro —como ellos— libre. Aceptada si cumplo con las normas. Me siento como un papiro; soy una lámina que se amolda a las manos de quienes pueden escribir sobre ella. Sus palabras me oprimen y rodean mi ser conteniendo las mías. Son tantas las palabras que me he convertido en una mancha de tinta.

Las leyes son humanas, pueden cambiarse, como las personas. ¿Podré lucir escote algún día? Lo malo es el tiempo, pues mucho tiempo puede borrar el pasado, y si no hay pasado entonces lo que tenemos es eterno. Lo eterno es desconocido, lo divino es eterno. De modo que lo que lleva tanto tiempo parece divino y no hay quien se atreva a cambiarlo. Porque lo desconocido da miedo.

“Y las mujeres virtuosas son las verdaderamente devotas, que guardan la intimidad que Dios ha [ordenado] que se guarde”

Todas somos motas de polvo. Y somos muchas. Parecemos una masa de ponzoña fácil de limpiar. Podemos ser aniquiladas, borradas del mapa. Maltratadas. Nadie va a defender nuestras vidas, porque ni siquiera son nuestras. Y debemos agradecer que nos posean porque así tenemos a alguien que nos protege. Es como si nunca dejásemos de ser niñas; lo único que abandonamos es la inocencia.

Todas tenemos forma, pero no se ve. Me gustaría pasear mi cuerpo y sus formas, pero me han dicho que no las muestre, que no puedo, que es peligroso. Si yo no soy el peligro ¿por qué soy yo la encerrada? A mí me gustan los hombres y sus brazos. Me gustaría besarlos, seguir la curvatura de sus hombros y alcanzarlo a él, al “ser perfecto”. Tengo deseos pero no soy peligrosa. Ni lo soy ni podría serlo. ¿Por qué ellos sí? Me gustaría meterme en la cabeza de un hombre. ¿Me convertiría eso en un peligro? Quizá me vería a mí misma como un bulto sin importancia, una cosa más en el paisaje. ¿Tan oscuras son estas telas que tapian mis pensamientos hasta hacerlos invisibles? No puedo hablar. No en el sentido estricto, me refiero a que no puedo decir lo que siento realmente. No puedo ser lista, eso es lo peor. Preferiría no desear lo que me está prohibido, estar vacía. Así al menos no vería todo lo que me estoy perdiendo. Sería más fácil si sólo fuera un bulto intermitente. Si saliera del suelo para cumplir tareas y que, al terminarlas, me absorbiese la tierra de la que acabo de emerger. Como una servidora fantasmal. ¿Cómo, si no, podré aguantar esta desidia?

“Pero a aquellas cuya animadversión  temáis, amonestadlas; luego dejadlas solas en el lecho; luego pegadles;  pero si entonces os obedecen, no tratéis de hacerles daño. ¡Ciertamente, Dios es, en verdad, excelso, grande!”

Debo seguir siendo una metáfora de lo correcto. Fingiendo que soy feliz, aunque mi felicidad no importe. Hoy se ha roto una parte de mí y ya no sé cuántas quedan. Paseando —y no “paseándome”, porque no soy yo quien se pasea— he vuelto a verlas, en la misma esquina, en el mismo puesto, con su morado característico. Son muy hermosas. Las he visto y he pensado lo mismo que pienso siempre: ¿somos nosotras como esas flores? Alguien puede aparecer y llevárselas porque las quiere poner en un jarrón y que su alcoba huela a vainilla. Usarlas, pagar por ellas, llevárselas y esperar hasta que se marchiten. Después puede venir a por más. He aprendido su nombre en mis idas y venidas, escuchando furtivamente a quienes hablaban de ellas, a quienes las compraban. Se llaman así: “heliotropos”. No es un nombre bonito para esas flores, como no lo son estas ropas para una mujer. Por eso, cuando paso por allí, las miro a través de mi rejilla; aunque así también las encarcele, y me convenzo de que su nombre no las define. De que tanto ellas como yo somos mucho más.

Rosa A. Gisbert 

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