Alí, hijo de Saad, el de Hasan, ha muerto. Aquel a quien llaman Muley-Hacén ha partido hacia la vida eterna. El séquito fúnebre del, hasta ahora, dueño de “La Roja”, se dirige con gran pesar al pico más alto del Al-Andalus. Dicen que desde allí puede verse el mar. A la cabeza de este, su última esposa. Según los rumores, ella desató la ira de Aixa. Con su belleza castellana conquistó al monarca convirtiéndose en su favorita.

Cambios se avecinan en las calles nazaríes. El ambiente está turbio y el aire espeso. Fácil es que las intrigas de la antigua sultana, recluida en La Dar al-Horra, acaben en desgracia. Yo solo observo los acontecimientos. Desde el magnífico puente de piedra que comunica el Albaicín con la Alhambra, veo las montañas. Aquí, en este punto que sirve de unión entre la nobleza y el pueblo, un pesar inunda mi alma. Tormentas se abren paso en palacio. Granada está dividida. Unos apoyan al joven príncipe, conocido como poeta más que como estratega; otros se decantan por el hermano del arrogante fallecido. «¡Mal momento para una guerra civil! Mal momento… estando el reino asediado… sin poder escapar ni recibir ayuda y, a penas, sin alimento…»

Un suspiro se escapa de mis labios. Dirijo mi mirada al río que desciende de la Sierra, inmenso, profundo, transparente. A su alrededor, la tierra resurge entre las verdes plantas, resquicios del gran bosque que ampara la Gran Fortaleza. «¿Qué puedo hacer yo?» Me pregunto sin cesar. «¿Qué puedo hacer yo siendo muladí y mujer?» Realmente poco. No estaba en mi mano detener una guerra inevitable. Hacía algún tiempo que ya me costaba sobrevivir, ¿cuánto más me costaría en mitad del conflicto? A fin de cuentas, en toda lucha, el pueblo es quien peor termina. ¿Aún tendremos que ver la sangre derramada de nuestros hermanos? ¿No ha habido suficiente ya? Y, ¿Después? ¿Qué nos espera después? Solo Al-láh lo sabe.

Con estos pensamientos acabo de cruzar el puente regio, grande y fuerte, para pasar por los baños árabes y escabullirme en una de las estrechas y empedradas calles que suben la colina dejando atrás el río Darro. La subida se hace empinada, costosa cuando se está cansada. Paro en uno de los aljibes y tomo agua fresca que dejo correr por mi cara. Al alzar la mirada, vislumbro una figura masculina que se acerca firme hacia mí.

—Está atardeciendo. No deberías pasear sola— rápidamente me tapo el rostro con el violáceo velo que llevaba sobre mi cabeza y bajo los ojos al suelo. Él era judío, su familia poseía algunos terrenos y riquezas en la ciudad— ‘Adiba[1], mírame. Nos conocemos desde niños. Hemos jugado juntos en las plazoletas, en las calles… y hemos corrido siguiendo las murallas que rodean la ciudad. No somos extra…

—Debo irme, Asher[2]. Mis hijos me esperan.

—Siento tu pérdida. Pero eso no cambia nada.

Sus ojos brillan con fuerza, ocultan sentimientos prohibidos. Sentimientos que, una vez, fueron míos. Mi corazón late aún con intensidad. El niño se convirtió en hombre al igual que la niña se transformó en mujer. De mis ojos brota una fugaz lágrima, de los suyos una pregunta «¿Por qué?». Hice un gesto de asentimiento y continué mi camino.

Antes de llegar a mi hogar pasé cerca de la mezquita, blanca y esbelta. Su gran minarete parecía querer tocar los cielos, ahora casi cubiertos con el negro manto de la noche. Entre las rendijas de su portón aún podía verse un enorme patio repleto de plantas con una gran fuente cuadrada en medio, lugar de purificación y descanso. Suspiré. Quizá, una súplica omitida que se escapaba de mi corazón. Cerré los ojos con fuerza y avancé. Tras pasar unas laberínticas callejuelas más, llegué a mi casa. Mi hermana me esperaba con la cena en la mesa y los niños en la cama. Mientras, ella colocaba los cuencos encima de la pequeña mesa octogonal ya desgastada por el paso de los años, me precipité a ver a mis pequeños de cuatro y cinco años. Ibissam dormía plácidamente bañada por la luz de la pequeña lámpara cúprica de aceite que desde la pared emite su tenue luz. Hamed se movía inquieto, tiene frecuentes pesadillas. Así que me acerqué y le canturreé una nana. Cuando se tranquilizó, le observé. Se parecía mucho a su progenitor, aquel que fuese mi amor. Realmente, tuve suerte al encontrar a mi esposo. Nunca dijo nada al respecto. Él ya lo sabía cuando se casó conmigo, otro en su lugar me habría repudiado sino algo peor. Desgraciadamente, unas fiebres altas se lo llevaron el mismo día en que Ibi cumplía años. Con suavidad, me puse las ropas de casa, guardé el velo y cepillé mi larga cabellera morena casi de forma autómata una y otra vez hasta que la voz de mi hermana hizo que volviese en mí.

Regresé al lugar donde se encontraba ella con la olla ya preparada y me senté en los anchos cojines verdes y azulados que ésta había preparado. Ella se sentó junto a mí.

—¿Te has inspirado hoy? Me gustaría escucharte de nuevo cantar. Antes lo hacías mucho —Se detuvo un momento mirándome con admiración. En su mirada podía descubrirse un brillo que encerraba recuerdos de bonanza en donde las dos andábamos por los jardines del Carmen de mis padres. Me encantaba leerle cuentos e inventarme historias que siempre vivíamos juntas. Historias que se llevó el viento, historias que volaron lejos, muy lejos. Como hermana mayor, yo debía protegerla pues no había varón. Nos asomábamos a las verjas que guardaban el inmenso patio y esperábamos a Asher, el cual se escapaba sigiloso para chincharnos e ir a jugar, su sonrisa lo iluminaba todo. Durante esa espera solo se escuchaba el agua, ese agua purificadora cayendo de la fuente central que, regía, dominaba la estancia.

—Tengo un cuento para ti, mi pequeña alondra —le dije acariciando sus mejillas— Ahora, come.

Terminamos de cenar y salimos al pequeño patio que posee nuestra casa. Allí, nos sentamos a la luz de las estrellas.

—Mira el cielo. ¿Ves las estrellas? Dicen que son lágrimas de una doncella.

—¿De una doncella?

—Sí, una doncella cautiva en los cielos. —mi hermana abre los ojos de par en par llevada por la curiosidad.

—Esta dama pertenecía al mundo de lo sobrenatural. Un día, decidió caminar por nuestro mundo y encontró un niño que lloraba. Le preguntó: «¿Qué te ocurre, pequeño?» Él no habló, solo señaló un árbol quemado. Conmovida por su dolor, le enjuagó las lágrimas. Le tocó con sus manos y calmó su alma. Pero, al hacerlo, la pena del chico se gravó en su piel. Siguió caminando y vio a una mujer que rezaba desconsolada. Ella le preguntó: «¿Qué le ocurre, señora?» Tampoco contestó. Le enseñó unas monedas que poseía. Al igual que hiciese con el chaval, tocó a la mujer y la calmó. Al instante comprendió los motivos de las suplicas de ésta y se entristeció. Así volvió a encontrarse con un anciano, solitario y nostálgico. «¿Qué le ocurre, señor? Él no contestó pero ella leyó en sus ojos la tristeza de la soledad y esto la hirió. Sin embargo, en su largo caminar, encontró un joven que se acercó a ella y le sonrió. Él puso sus manos en su cuerpo y le transmitió paz pero el destino no permitiría jamás que pudiesen estar juntos. Al regresar a su hogar, lloró desconsoladamente. De ahí, las estrellas. Forjadas con sus lágrimas para alumbrar a aquellos que se pierden en la noche.

—¡Qué triste!

Le sonrío con suavidad. En el fondo, le acababa de transmitir la decadencia de una era y el pesar de un amor imposible.

—Duerme, alondra. Mañana volverá a salir el poderoso astro para bañar con su resplandor la Alhambra y sus alrededores.

 

[1] ‘Adiba significa “literata, Autora”

[2] Asher significa “felicidad”

Alicia Martín López

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