Un palpitar constante. Regular. Es todo lo que noto. Está en mis sienes, en mis manos, en mi pecho… Marca un tempo pulsado en mi garganta. El dolor me adormece el cuerpo, me entumece la cabeza. No sé dónde estoy. Aprieto mis puños, agarrándome a unas sábanas suaves y frías, como de satén. Esta no es mi cama.

El palpitar en mi pecho se acelera. A tientas intento reconocer el lugar. Arrastro mis manos por el lecho blando hasta que chocan a mis costados contra algo duro. ¿Madera? Presa de la desesperación, levanto las manos, buscando el borde del extraño lecho, pero solo encuentro una nueva superficie de madera que me cubre a un palmo escaso de distancia.

Las pulsaciones se han disparado como si fueran un redoble de tambor. Tengo que encontrar una salida. Golpeo con las manos por todas partes, empujo con las piernas, doy patadas. Solo consigo arañarme las rodillas contra la parte de arriba del lugar en el que me han encerrado. Pateo la parte inferior, pero también está cerrada. Me retuerzo para pasar un brazo sobre mi cabeza y siento el calor de mi propio aliento acelerado. Cerrado. Estoy dentro de un cubículo totalmente cerrado y mis golpes no parecen haber llamado la atención de nadie. Noto el cosquilleo de las lágrimas por mis sienes.

Al volver a bajar el brazo noto una esquina junto a mi cabeza que me araña la muñeca. Voy con miedo de cortarme con un filo, pero al tocarlo noto que se trata de una cartulina. Se mueve, puedo cogerla. La toco con las dos manos. Es un rectángulo de unos diez centímetros de lado y cinco de alto con una solapa triangular. ¡Un sobre! Lo abro con desesperación, con la esperanza de que dentro haya algo que me explique cómo salir de esa situación, y encuentro una tarjeta. ¿Cómo voy a leer una tarjeta en la oscuridad? Intento controlar mi respiración agitada. La tarjeta es gruesa, quizá tenga algo en su interior. Al abrirla comienza a sonar una musiquilla absurda, como de tiovivo antiguo.

–60 minutos –dice una voz grabada en la tarjeta con una calidad pésima–, ese es el tiempo que te queda. Si no logras salir de ahí en ese tiempo, el oxígeno se habrá acabado. Te daré una primera pista: revisa tu almohada.

Rápidamente dejo caer la tarjeta y tiro del pequeño almohadón que hay bajo mi cabeza. Tiene un bolsillo en un lado y dentro hay algo duro y circular. Abro la cremallera y sacó el pequeño objeto. Al tacto parece una de esas lamparitas nocturnas para que los niños no pasen miedo por la noche. Pulso el botón, pero no se enciende.

–¡Joder!

60 minutos para quedarme sin oxígeno. Hace calor y mi respiración va tan acelerada que sé que ni siquiera voy a tener tanto tiempo. Pulso varias veces más el botón de la lamparita. Nada.

Me apretó el tabique de la nariz para evitar que la bola que se me ha formado en la garganta se convierta en un montón de lágrimas. Necesito la cabeza fría, todo lo fría que pueda.

Vuelvo a tocar la única pista que tengo: la lámpara. Esta vez de una forma más exhaustiva, buscando los detalles. La superficie es lisa, los lados no tienen ninguna otra palanca ni dispositivo, pero en la parte de atrás consigo distinguir la forma de una tapa pequeña. No tiene el  tornillo de seguridad puesto. Busco con la uña la pestaña para poder abrirlo y descubro que donde debería haber una pila de botón solo hay un hueco circular. Dejo la lámpara a un lado y rebusco en el bolsillo del almohadón por si hubiera algo más, pero no hay nada más que hilos sueltos. Acaricio lentamente todas las superficies de madera por si estuviera pegada en algún lado, pero no. Palpo sobre las sábanas de satén buscando algún bulto que indicara que podría estar debajo, pero solo vuelvo a encontrarme con la tarjeta. Quizá no escuché bien la pista que me daba. La vuelvo a abrir y vuelve a sonar esa musiquilla horrible.

–60 minutos –dice la misma voz grabada–, ese es el tiempo…

Arranco el mecanismo de la tarjeta sintiéndome gilipollas por no haberme dado cuenta antes. Quito el cartón y desmonto el mecanismo a tirones hasta conseguir quedarme con la pila de su interior. Cojo la lámpara y uno ambas partes. La enciendo sin molestarme en poner la tapa, no hay tiempo.

«Ha llegado tu momento de elegir. Marchitarte y volver al polvo o enfrentar a la muerte y conservar la existencia eterna».

El texto escrito en un color claro sobre la madera oscura que tenía sobre mí, no me daba muchas pistas sobre qué hacer a continuación. A la derecha, en un hueco de la madera, una daga antigua con el pomo acabado en una calavera. A la izquierda, en un agujero mucho más pequeño un estrecho vial lleno de un líquido rojo, frío y coagulado, en cuyo tapón de corcho se había dibujado un número 8. Cogí ambos objetos, a cada cual más gélido. La daga estaba tremendamente afilada, pero era demasiado delgada como para que me sirviera para romper la madera de mi prisión o usarla de palanca. El vial era tan largo como mi dedo corazón y tan delgado como mi meñique. ¿Para qué podrían servir esas cosas? Le di vueltas sobre mi mano, mientras pensaba y me di cuenta de que podía entenderse de otra manera. No era un ocho, sino un infinito.


Era una noche cerrada sin luna. Dos figuras permanecían de pie, inmóviles frente a una fosa profunda en la que había un ataúd cerrado aún sin enterrar. Una pala esperaba al lado, ignorada.

–¿Cuánto tiempo le queda? –preguntó un hombre enjuto y descuidado.

El caballero elegante que esperaba a su lado miró su reloj de oro con tranquilidad.

–Treinta y siete minutos –respondió pese a la absoluta oscuridad que los rodeaba.

–¿Y si no ocurre nada?

–La enterraremos.

–¿Y si se bebe el vial?

–Entonces tendrá la fuerza suficiente para salir de ahí por sí misma y volver a mi lado.

–¿Cree que querrá estar con usted después de esto, mi señor?

–Lo hará. Si ha luchado hasta el final por su vida, comprenderá que le he hecho un preciado regalo. Hasta le hice una tarjeta.

Se hizo el silencio durante varios minutos hasta que la tapa del ataúd comenzó a crujir por los golpes que venían del interior.

–Ahí llega –dijo el caballero entusiasmado.

Se rompió en pedazos sobre el cuerpo de la joven que había sido encerrada en su interior. Ella salió como un resorte intentando alcanzar al caballero con violencia, pero estaba demasiado profunda para poder salir.

–¡Tú, hijo de puta! –bufó la joven estirando el brazo para intentar agarrarlo por el pie.

El caballero sonrió con ternura ante su furia.

–Querida, sabes que te deseo desde el momento en que te conocí, pero me resultaba insoportablemente desagradable ese calor tuyo y esa textura rugosa que adquiere la piel de los mortales con la edad. Sé que estás enfadada, pero tenemos toda la eternidad para darte explicaciones. Ahora, ¿por qué no bebes algo? Debes estar ansiosa por dar tu primer bocado.

El caballero empujó al hombre enjuto al agujero.

–¡Señor, no!

Rodó, clavándose los salientes rocosos y los restos de madera de la cubierta del ataúd. La joven lo miró confusa, pero con una extraña sensación de impaciencia en el vientre y con la saliva inundando su boca.

–No tengas miedo, amada mía. Pese a su aspecto grotesco, te aseguro que tiene una sangre excelente. Yo mismo he cuidado su alimentación durante los últimos meses. Bebe tranquila y disfruta.

El caballero cogió la pala y esperó, disfrutando de ver a la mujer que amaba descubriendo el infinito placer que supone la primera mordida.

Marta González Peláez 

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