“Recuerdo aquel día con completa claridad: llevaba tres meses investigando un caso de asesinato y por fin todo cobró sentido.

Había dado con una posible pista, un botánico experto en venenos extraídos de plantas exóticas. El doctor Worfgam, un hombre bajito y rechoncho, con un enorme bigote blanco a lo francés y alocados cabellos asomando bajo el sombrero. Un hombre de ciencia. Un explorador del Amazonas… Cuando fui a entrevistarle, su mayordomo me llevó al invernadero y me hizo esperar.

El invernadero era una explosión de plantas con pequeños senderos. Todo verde con algún color por aquí y por allá. Plantas que nunca había visto. Ni imaginado. Fui incapaz de quedarme quieto. Esas plantas me hipnotizaban. Seguí un camino al azar, observando detenidamente las plantas a mí alrededor: hojas anchas de un verde casi azulado, flores rojas gigantes con pétalos bien gruesos, palmeras con frutos raros colgando. Estaba distraído contemplando las plantas cuando el doctor en cuestión me encontró. << Cyperus papyrus >> dijo a modo de saludo. << El papiro egipcio >> explicó después.

La verdad es que sé por qué recuerdo el nombre de la planta en cuestión. Supongo que algunas cosas simplemente se quedan grabadas a fuego en la memoria.

El  doctor Worfgam, el hombre a mi lado delante de esa planta, se estaba retorciendo un lado del bigote y tenía una sonrisa, de esas que a veces tienen los padres cuando contemplan a sus hijos jugar. Una sonrisa de orgullo. Se presentó y no paró de hablar en mucho rato, presentándome a sus plantas, sus orgullosas plantas.

Después de una larga hora, nos sentamos en una pequeña mesita de jardín blanca y hablamos sobre el veneno en cuestión de mi caso. Mi memoria ya no es la misma que la que era en esos tiempos. Ojalá pudiese acordarme de la conversación entera, pero los detalles se diluyen. Le di el frasco que encontré en el tocador de Madame Fleur y él me llevó a su laboratorio, una habitación con constante olor a planta machacada, llena de tarros y alambiques y matraces con líquidos de todos los colores y consistencias. Estuvo haciendo pruebas al contenido del frasquito durante varias horas, hasta bien entrada la noche. Con cada nueva prueba, el frasquito se iba vaciando y su ceño se iba arrugando, cada vez más, hasta extremos alarmantes.

Y cuando por fin encontró la respuesta, su bigote dio un brinco y la habitación se volvió más luminosa…”

– ¿De verdad de volvió más luminosa? ¿Cómo en un cuento de hadas? – los ojitos de mi nieto brillan por la expectación y no puedo evitar reírme.

– Claro que no, Julian. Es una forma de hablar.

– Ya… ¡Sigue, Abu!

“Pues bien, cuando el pequeño señor Worfgam encontró qué veneno era, su bigote pegó un brinco y me grito << ¡Heliotropium peruvianum! >>.”

– ¿Helio qué?

– Heliotropo peruano. Es una planta chiquitita con una flor morada muy bonita.

– ¿Venenosa?

– No, eso es lo curioso. La planta es medicinal.

– ¿Entonces?

– La mujer lo había cocido mal. Es muy común que las cosas venenosas, con un tratamiento adecuado, se vuelvan medicinales. O al revés: que las medicinales se vuelvan venenosas con tratamientos inadecuados.

– ¿Qué mujer?

– La asesinada. Madame Fleur.

– ¡¿No fue un asesinato?!

– ¡No! La mujer tenía dolores al hacer aguas menores. Y la infusión del heliotropo la ayudaría, le había dicho su médico. Pero la preparó mal. Y en vez de ayudar, fue su muerte.

– ¿El asesinato sin resolver fue un error médico?

El asombro de mi nieto es razonable. Yo estuve igual muchos meses. Como si el mundo hubiese perdido la consistencia.

– Efectivamente. El crimen perfecto sin resolver que me llevó a la fama no fue un crimen. Fue un accidente.

– Ya… ¿Y el señor Wolgan?

– Worfgam – corrijo con una sonrisa. Mi nieto está casi dormido. ¡Objetivo conseguido! – El señor Worfgam, botánico y explorador, fue recompensado por sus servicios y apareció en primera plana, conmigo. Aunque él siempre mantuvo que el mayor reconocimiento que recibió fue el cactus canario con el que le agradecí su ayuda.

– ¿Un cactus canario?

– Aja. Como agradecimiento por su ayuda, encargué a un conocido que me trajera un cactus típico de las islas Canarias. Una planta que el señor Worfgam no tenía y…

Mi nieto por fin se ha quedado dormido. Con una sonrisa, le arropo y le doy un beso en la frente.

En la puerta, está su padre apoyado.

– ¿Le has contado otro de tus increíbles casos? – susurra.

Kio Somniara 

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