La blanca nieve reluce en los picos de la sierra, el agua baja bailarina por riachuelos momentáneos acariciando las rocas a su paso, las plantas jóvenes que van surgiendo se impregnan de su esencia, pequeñas gotas que se quedan atrapadas entre el verdor. Aún el frío acecha llegando la noche, el viento ulula con fuerza y azota los árboles con rabia como si quisiese que el mundo entero supiese de sus hazañas mientras el sol va desapareciendo entre las montañas escupiendo sus últimos rayos hacia las nubes nimbiformes que rondan en el cielo cambiante teñido de diferentes tonalidades. El viejo astro inunda el horizonte de un rojo fuego en su adiós diario, el manto violáceo de la noche ya se acerca cubierto de pequeñas estrellas reluciendo como luciérnagas.

            Desde un antiguo mirador natural, del que apenas sí queda un banco de madera ajado y unas cuantas rocas que antaño fueran mesas, un hombre cercano a los cuarenta, ataviado con una gabardina de color crema a la que ha girado la solapa, observa, abstraído, el crepúsculo sobre la ciudad. Abajo quedan las luces de los edificios centelleando, invitando al que mira a ir a su encuentro. A su lado, un desgastado estuche de violín descansa sobre el calichoso[1] suelo, vestigio de recuerdos. En su mente se agolpan imágenes que vienen y van, al principio, sin sentido: instrumentos difusos, una estancia luminosa llena de cortinas blancas brocadas con finos hilos dorados y plateados entrelazándose, sillones color carmesí y una dulce mirada de una joven de tez rosada.

            «Ha pasado tanto tiempo…». Con los últimos rayos cayendo rememora aquella historia que, un día, le hizo soñar.

            Todo comenzó una mañana de abril allá en esa ciudad que ahora se rendía bajo sus pies. Él amaba la música. Años enteros de constancia y esfuerzo dieron su fruto. El violín caoba apoyado sobre sus hombros, sus manos y brazos preparados, sus ojos entornados y la emoción de sentir la melodía surgiendo de aquella joya que tanto amaba le hacía estremecerse. El concierto daba sus primeros pasos. El lugar estaba rebosante, miradas expectantes se clavaban en él. Boquiabierto, su público ni se atrevía a respirar. Las luces que, al principio, iluminaban todo el teatro. Iban tornándose tenues hasta que un foco cayó a su alrededor. Llegó el momento, no importaba nada, tan solo las notas que brotaban  una detrás de otras sin tregua, atrapándole en multitud de sentimientos. Éstos se extendían como estallidos conforme iban vibrando las cuerdas de su mayor bien. Al unísono, otros instrumentos se unieron, tras unos minutos, a su compás. El escenario se convirtió en un espectáculo único lleno de música y color. Cuando terminó, todo el mundo se levantó entusiasmado, vitoreando y aplaudiendo sin parar. Y, en medio de la multitud, estaba ella. Algo llamó la atención del violinista. Quizá su alegría, su rostro angelical o que no paraba de saltar. Pero llamó su atención. Por un momento, olvidó dónde estaba. De forma mecánica, saludaba a sus oyentes y, de igual modo, descendió la escalinata hasta volver en sí. Miró al frente y lo único que pudo percibir fueron multitud de cabezas balanceándose de un lado a otro acompañadas de un ensordecedor murmullo. Suspiró.

            Pasaron meses antes de volver a encontrarse con aquella ilusoria imagen que le obnubiló, en los que su melodía volaba hacia lugares que jamás soñó. Su violín llenaba las almas de los que lo escuchaban y él vibraba con cada nota. Y, en medio, ella. Fulgurante como una estrella.

Llegó el verano. Se disponía tomar un pequeño descanso en su ciudad natal, situada bajo las montañas, señoras de todo lo visible. Allí, en una cafetería, ella reapareció. Le reconoció y se acercó para pedirle un autógrafo. A su mente llegó ese instante en el que la percibió en su primer concierto. Estuvieron hablando largo y tendido. Era la imagen de dos jóvenes entusiasmados en su conversación. Ese día no fue el único que quedaron para tomar un café y, llegado el momento, el corazón del músico palpitó como nunca antes lo había hecho. Tuvo la oportunidad de vivir momentos inolvidables, de conocer los pensamientos y las inquietudes de su florecilla, eso que tanto le fascinó. Se sentía inmensamente feliz. Sin embargo, estaba en el destino que se enamorase de una quimera. Ella era hermosa como pocas, única, maravillosa pero igualmente inalcanzable. Su amor siempre sería platónico, solo una ilusión casi obsesiva que le hizo partir lejos de todo su mundo para olvidar. Ella jamás le correspondería, estaba perdidamente enamorada de otra persona. Otra chica con la que llevaba varios años y con la que pretendía casarse. Era su ángel, así la llamaba. Se lo comunicó el día que le pidió que tocase en el convite como regalo para su prometida. Él, como buen profesional, aceptó. Después, marchó hacia las montañas. Y, en los montes, tocó su última canción.

Alicia Martín López

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