María y Tomás son la típica pareja de jubilados a los que observas y te maravillas porque, aún a sus setenta años, se sigan queriendo. Pero no todo es bonito en sus vidas. Tienen un hijo llamado Héctor y le echan mucho de menos. Todas las noches preparan la mesa para que coman tres personas, pero Héctor nunca aparece: está demasiado ocupado con su trabajo de superhéroe.

Y así es cómo surgió la idea.

Primero debían conseguir unos trajes. María tenía ciertas nociones de costura, así fueron a Pontejos a conseguir telas de colores brillantes. Una vez las telas estuvieron cortadas, éstas fueron cosidas. El resultado, aunque era aceptable, no era especialmente bueno, pero ninguno de los dos quería perder más tiempo. Así que se los pusieron y salieron a cumplir su plan.

A las ocho y media de la mañana, María empezó a cruzar la calle justo delante de un autobús escolar que tuvo que frenar en seco. Tomás aprovechó para abrir la puerta del conductor y, con una pistola sin balas, apuntarle.

—¡A un lado! —amenazó con la voz más dura que fue capaz de poner.

El hombre, obviamente, dejó el asiento del conductor y se fue hacia atrás, junto con la profesora que controlaba a los niños. Hubo algo de revuelo, pero en menos de dos minutos, María estaba conduciendo mientras Tomás apuntaba a todos los alumnos reunidos en la parte de atrás.

Llevaba casi un cuarto de hora dando vueltas por la ciudad y estaban bastante desilusionados de que no hubiese surtido efecto su plan, cuando, finalmente, pudieron ver por el retrovisor las luces de la policía. Entonces, María aceleró y empezó a conducir el autobús por el recorrido más alocado que esos estudiantes jamás volverían a vivir.

Media hora después de que comenzara la persecución, todos los niños empezaron a saltar en sus asientos vitoreando. María y Tomás supieron que lo habían conseguido.

Una fuerza les adelantó por la derecha, haciendo que el vehículo se desestabilizara. María apretaba los dientes mientras agarraba con más fuerza el volante y Tomás se apoyó en el primer asiento para no perder el equilibrio y caer. Cogieron una curva bien cerrada que casi tumbó el autobús. Y después otras tantas, callejeando por el casco viejo de la ciudad. Tenían a la policía pegada al culo y un hombre en mallas les pasaba de vez en cuando. Pero ellos, impertérritos, siguieron la ruta que habían planeado.

Y, cuando llegaron al destino, Tomás se volvió y oteó el paisaje.

—Todo libre —aseguró después de unos instantes achinando los ojos.

Entonces, María aceleró por última vez el autobús y le hizo atravesar unas verjas verdes para detenerse dentro del recinto. Los dos ancianos, como si fueran uno, salieron del autobús con las manos en alto y esperaron.

Delante de ellos, a la vez que empezaban a bajar los estudiantes, aterrizó un hombre musculoso vestido con unas mallas ajustadas rojas. Tenía pinta de ser un tipo duro listo para golpear al mal y también parecía bastante cabreado. Sin cruzar ni una palabra agarró la máscara de María y la levantó de un tirón, para quedarse boquiabierto ante el rostro de su madre.

—Como no venías a visitarnos… —comenzó ella mientras Tomás se quitaba su máscara.

—…decidimos hacerte compañía en tu trabajo —terminó entonces él.

En todos los periódicos de la nación fue primera plana: “los padres de Super Llama secuestran un autobús escolar”. Pero, dado que nadie salió herido y los niños solo perdieron una hora de clases, María y Tomás fueron perdonados y, lo más importante, volvieron a ser tres para la cena.

Kio Somniara

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