Recordaba el sudor nervioso de la palma de mi mano mientras sujetaba el cúter. El dolor y el miedo de la anticipación. El aroma metálico de la sangre sobre mi brazo mientras le abría la garganta. Hasta podía repetir dentro de mi mente el sonido de su último aliento que, a borbotones líquidos, se le escapaba del cuerpo.

Lo recordaba. Sí. Por eso resultaba tan desconcertante que Alberto estuviera allí. Vivo. Con un café en una mano y un cigarrillo en la otra. Diciendo las mismas estupideces de siempre, con su séquito riendo cada historia que contaba.

Consideré que aquello pudiera ser un sueño. Lo descarté. También pensé que aquella escena de tertulia, normal a estas horas en la esquina de la planta de arriba del taller, pudiera ser una burla en forma de pesadilla, destinada a recordar mis actos de la noche anterior. Sin embargo, el dolor y las agujetas de mis brazos me devolvieron a la realidad.

Alberto se giró y me miró, con ese gesto burlón y prepotente que tanto detestaba. Sí, no había duda. La persona que estaba ante mí era la misma cuyo cuerpo había arrastrado la noche anterior escaleras arriba. La misma que había metido en el maletero de mi coche y que había apretujado entre bolsas de basura.

Verlo allí me dejó bloqueado, sin saber qué hacer, boquiabierto. Cuando vi que todos se giraban hacia mí, me di cuenta de que estaba dejando escapar un débil gimoteo. Bajé la mirada y me escabullí hasta mi puesto, en el otro extremo del taller.

Intenté concentrarme y trabajar. Fracasé. Lo cierto es que me pasé el día dándole vueltas a lo sucedido, distraído y sin prestar atención. Cuando sonó el timbre de fin de jornada, todavía me quedaba faena por terminar. Absorto en mis pensamientos, continué trabajando hasta bien entrada la noche.

Cuando el hambre se apoderó de mis fuerzas, me levanté y fui al dispensador a por un bocadillo. Caminé por la sala vacía y sumida en el silencio de la noche, iluminado por los pequeños focos de las mesas de trabajo. Me gustaba trabajar hasta tarde. Era el momento más tranquilo del día, cuando no tenía que aguantar tonterías y burlas.

Entré en la sala de descanso e introduje un par de monedas en la máquina de café. Observé caer y llenarse el vaso, perdido en mis recuerdos de anoche. Cuando me inclinaba para cogerlo, alguien entró en la sala.

—Vaya, vaya, vaya, Antonio… —dijo Alberto desde la puerta.

Me giré y derramé el café en el suelo.

—Ja, ja, ja… Eres tan asustadizo. Pringao y asustadizo —me espetó él, entre risas—. ¿Qué haces aquí, a estas horas?

—Pu, pu, pu, pu… Puedo est… est… —traté de decir. Cuando me ponía nervioso era incapaz de controlar el tartamudeo.

—Pu, pu, pu… ¡Ja, ja, ja! —se burló Alberto—. Venga, arranca ya, hombre.

Me puse rojo como un tomate, cargado de ira. Sin poder contenerme, estrujé el vaso de papel con la mano que lo sujetaba, ignorando el café caliente sobre mi piel y manchándome la camisa blanca con los restos de líquido que quedaban en su interior. Salí de la habitación sin mirarle, empujando el hombro de Alberto a mi paso.

—¡Venga ya, pringao! Eras un raro…

Ignoré a Alberto y volví a mi puesto. Recogí el termo que me acompañaba a todas partes y lo guardé en mi macuto. Abandoné a todo correr el taller y me dirigí al aparcamiento. Cuando llegué al coche, saqué la llave del bolsillo y, al fallar mi intento de introducirlo en la cerradura, se cayó dentro de la alcantarilla que había justo debajo de la puerta. Maldije en silencio.

—¿Lo ves? ¡Eres un pringao! —me gritó Alberto. Justo había aparecido detrás de mí.

—Ve… ve… ¡¡¡veeeeee…!!! —grité, frustrado, intentando decirle que se marchara.

—Beeeeeeeeee, ¡como una oveja! —continuó él, entre risas.

No pude contenerme. Metí la mano dentro del macuto, saqué mi termo y, jadeando y sin miramientos, se lo estampé en la cara. Él, aturdido, se llevó la mano al rostro, trastabilló y cayó de espaldas al suelo.

Perdí el control de mi respiración y de la razón. Con el termo todavía en la mano, me abalancé sobre Alberto y le golpeé en la cara con el envase. Una, dos, tres, cuatro veces. Perdí la cuenta. Cuando los espasmos de sus miembros cesaron, dejé de golpearle y contemplé el desastre.

Miré en todas direcciones. Era noche cerrada. Con la misma calma inconsciente que se hizo conmigo la noche anterior, recuperé las llaves de la alcantarilla y arrastré el cuerpo de Alberto al maletero donde, una vez más, lo apretujé entre mis cosas.

Justo antes de montarme en el coche, miré los restos de sangre y sesos que cubrían el suelo y que formaban un rastro, allá por donde lo había remolcado. Ahora mismo no podía hacer nada al respecto, al igual que no había nada que hacer con la cámara de vigilancia que, a buen seguro, había grabado mi pérdida de papeles. No importaba demasiado.

Conduje hasta el mismo descampado que la noche anterior, metí el vehículo por el terraplén y paré justo delante del lugar donde, pocas horas antes, creía haber enterrado el cuerpo de Alberto. Cogí del portamaletas la pala que había traído conmigo el día anterior y que había olvidado devolver y empecé a cavar.

Uno nunca es consciente de lo duro que es enterrar un cuerpo tan grande como el de un adulto hasta que, bueno, lo tiene que hacer. No estaba en forma y mi constitución física era lamentable. Por suerte, esta vez el suelo parecía estar más blando.

Pasados unos minutos, la herramienta topó con algo blando. Aparté la tierra que lo rodeaba e intenté esquivarlo. Al ver que no era capaz, volví al coche a por mi teléfono e iluminé el interior de la fosa. Allí, en el centro del halo de luz, había una especie de tejido rojizo. Me agaché y aparté la tierra con la mano libre, sin dejar de iluminar.

Di un salto atrás, caí sobre mi trasero y me quedé petrificado. Iluminé de nuevo aquel parche de color blanco sobre azul, donde, de manera clara, se podía leer un nombre. Alberto. Me giré y alumbré el maletero del coche. No había sido un sueño. ¿Lo era esto?

Mientras sollozaba y temblaba, enterré el nuevo cadáver al lado del antiguo. El mismo cadáver. De la misma persona. De lo que fuera aquello. Lo tapé como pude y volví al taller. Aparqué el coche justo encima de los restos de fluidos de Alberto que seguían sobre el asfalto. Entré corriendo en el edificio, me dirigí a mi puesto y me metí debajo de la mesa, abrazado contra mi macuto y la forma abollada que quedaba de mi termo.

Tras horas de llanto, caí dormido. No sé muy bien a qué hora me desperté, pero todavía estaba oscuro. Desde debajo de mi mesa pude ver los pies de Rodrigo y la parte delantera del aspirador que, con tesón, pasaba cada mañana por los suelos del local.

—Antonio, por Dios. Otra vez no —dijo él, con tono amable—. No puedes volver a dormir aquí dentro. Si se repite, me temo que tendré que decírselo al supervisor. Bastante me cuesta mantener este empleo.

No le respondí. Apreté el macuto contra mi pecho hasta que me dolió y esperé a que se marchara.

—Vale, como quieras —añadió. Vi cómo sus pies se daban la vuelta y se alejaban entre los puestos.

Esperé a que amaneciera. Cuando oí que la gente entraba para ocupar sus puestos, salí de debajo de la tabla y, con sigilo, me deslicé hasta los baños. Me miré en el espejo y revisé mis manos. Estaba sucio, lleno de tierra y manchado de sangre. Recuerdo que pensé que esta vez no podía haber sido un sueño. Me recordé a mí mismo que tampoco lo podía haber sido la primera vez.

Me limpié como pude con el jabón y el papel de baño que Rodrigo acababa de cambiar. Ordené mi pelo y me quité la chaqueta que cubría el uniforme que me había puesto el día anterior. La doblé con cuidado, intentando ocultar las manchas de sangre y tierra.

Cuando comprobé que mi aspecto era pasable, respiré hondo y examiné mi reflejo en el espejo.

—Tú puedes. Espera a esta noche y limpia el asfalto. Todo saldrá bien —le dije a mis ojos.

Salí a la sala de trabajo, donde varias personas ya ocupaban sus puestos. A lo lejos, podía escuchar el chirrido perezoso de la maquinaria empezando a trabajar.

Entre aquellos quejidos mecánicos, pude oír de forma clara una risa. Una risa odiosa y repetitiva. Bajé la mirada y contemplé, con sensación de pánico, un resto de sangre en una de mis uñas, mientras una gota de sudor bajaba por mi espalda.

¿Había sido otro sueño?

Alfonso Moure

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