Nuestras miradas se cruzaron una última vez mientras el nudo de mi garganta se apretaba mucho más fuerte. Había demasiados sentimientos atrapados en mí: amor, angustia, miedo… Ninguno lo suficientemente fuerte para manifestarse sobre cualquiera de los otros. Mi respiración se cortaba a la vez que notaba que mis ojos se inundaban en lágrimas y se me nublaba la vista. Apenas quedaba aire en mi pecho. Todo era demasiado asfixiante, demasiado desesperante como para poder dar una rápida solución.

Las lágrimas comenzaron a desbordarse de mis ojos, rodando sin tapujos por la mitad de mis mejillas, marcándolas con humedad y arrasando con el poco maquillaje que quedaba cubriendo mi disgustado rostro. Era la última vez. Cada vez estaba más segura de esa idea. Intenté volver a hinchar mis pulmones sin tener un buen resultado. Su mano fría, casi inerte, limpió mi rostro una vez más, intentando calmar mi ansiedad. Él estaba tan nervioso como yo, aunque intentaba no mostrarlo por no ponerme más nerviosa.

‹‹Tranquila, saldremos de ésta›› dijo con el fin de animarme, pero ambos sabíamos que era imposible.

Miré por última vez el lugar en el que estábamos. Era una habitación estrecha de altos techos. Permanecía fría y en tinieblas, sin ningún mueble ni nada que pudiera indicarnos de dónde estábamos. Cualquier sonido del exterior hacía que nuestro cuerpo temblara. No nos quedaba mucho tiempo.

Él envolvía mi tembloroso cuerpo intentando calmarlo, dándome un calor que ni él mismo tenía. Cada vez todo estaba más perdido. No sabíamos cuánto tiempo llevábamos encerrados ni qué pasaba en el exterior. Habíamos viajado a otro país, muy diferente al nuestro, en busca de las vacaciones de nuestros sueños y, sin embargo, no entendíamos cómo habíamos llegado a aquel lugar, sin apenas recordar qué habíamos hecho la noche anterior. Sin embargo, ahí estábamos encerrados, involucrados en una guerra que no era la nuestra y sin saber por qué. Nos habían obligado a grabar un mensaje pidiendo auxilio, llorando, rogando, como si eso pudiera ablandar a alguna nación implacable, y, pese a todo, la ayuda no llegaba. La tensión cada vez era mayor y casi se mascaba en el ambiente. El tiempo se agotaba.

Él besó mis labios también temblando, asfixiándonos, reconfortándonos el uno al otro y entonces… todo pasó demasiado rápido. La puerta se abrió de golpe y me arrancaron de sus brazos. Grité con todas mis fuerzas, con angustia, con terror en mi voz, rompiendo el silencio de la habitación, pero tampoco sirvió de nada. Vi como a él le golpeaban intentando defenderme, sin embargo, eran demasiados. Podía escuchar como los golpes molían y destrozaban su cuerpo hasta que un mecánico sonido interrumpió los rítmicos golpes.

Él gritó mi nombre.

Todo explotó… y se hizo la oscuridad…

Virginia Rey 

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