Hace mucho, mucho que no pongo mis pies en estos lares. Aquí parece que el tiempo se congela, no existe nada más que lo que se vislumbra a tu alrededor. Voy dando los primeros pasos despacio casi con miedo a hacer el más mínimo ruido. Un silencio absoluto reina en ese lugar perdido y trae a mí una antigua reminiscencia de una etapa casi olvidada.

bosque en otoño

Caminaba por las veredas de los montes cubiertos de colores ocres, anaranjados, rojizos y marrones que recordaban la madurez, el transcurso de los años; los árboles empezaban a entrar en el sueño eterno. En mitad de la arboleda, me senté sobre las hojas secas. Alcé la vista y, entre las sombras ofrecidas por las plantas, el sol brillaba con fuerza trayendo a mis recuerdos el día en que te conocí. Te pusieron en mis brazos aún colorado y arrugado, temblando y llorando con fuerza. Al abrazarte, dejaste de llorar y aferraste mi dedo índice con tu manita. Jamás olvidaré ese día: el nacimiento de mi hijo. Con ese pensamiento, observo el juego del viento con las ramas, su sonido me embriaga. Regresando a la imagen anterior, un deseo surge: ojalá hubieses podido estar con nosotros… Ojalá ella hubiese sobrevivido al parto…  Con resignación, acepté tu partida no sin dolor. Pasé mucho tiempo sin saber qué hacer. Sin embargo, esa criaturita tan pequeña hacía que mis penas fueran más llevaderas, necesitaba de mis cuidados. Ahora, se parece mucho a ti.

¿Por qué vine aquí? Quizá tenía la necesidad de pensar o, tal vez, buscándote o, simplemente, por desconectar de la rutina. ¿Quién sabe? Este lugar fue espectador de reencuentros mágicos llenos de risas e ilusiones de futuro. A veces, eran escapadas furtivas de fines de semana que acababan en merendolas; otras, paseábamos por los senderos con la mochila a cuestas hasta llegar a la cumbre. Allí descubríamos siempre vistas nuevas. Recuerdo una de ellas especialmente: la cima de la montaña estaba cubierta por la nieve que brillaba como el cristal. El viento soplaba fuerte y nuestros pies se hundían en esta dejando tras de sí las huellas de las botas. Las nubes parecían bajar a saludarnos y bajo nuestros pies el valle recibía los rayos del gran astro que caían desde el cielo. Allí, en medio de esa belleza que te hacía sentir insignificante, fue cuando nuestra relación se formalizó. Por supuesto, los picos quedan mucho más altos de donde me hayo en este momento. Una sonrisa se escapa de mis labios.

Un trino rompe el silencio y me hace regresar a la realidad. Un pajarillo azul brillante con el pecho blanco y las puntas de las alas negras canturrea como si fuera primavera, curioso para la época del año en la que estamos. Cierro los ojos para escucharlo, su canto es reconfortante y alegra mis oídos. Hace que me sumerja en un mundo sin parangón en donde nuestros antepasados bailaban alrededor del fuego… Otro se le une, éste canta diferente. Abro los ojos. El color de la segunda ave es más pardo mezclado con tonos dorados. Va de un extremo a otro del árbol y observa con ojillos curiosos a su compañero.

 Mis dedos juguetean con las hojas caídas. Mi mirada se centra en el juego inconsciente de mis manos. Me percato de que aún hay algunas verdes. Perfectamente, puedo hacer un abanico de colores con ellas pasando desde los tonos verdes oscuros hasta el más terroso color de las que están secas e, incluso, se podría hacer un círculo enlazando de nuevo con los primeros tonos.

círculo de hojas

Vuelven a mi mente tu sonrisa y tus ojos dorados llenos de vida. Una luz ilumina tu rostro. Pero también aparecen los primeros meses de vida de mi hijo, sus risas y sus primeras palabras recordando que la vida sigue, que nada se detiene. Tiene ya tres años…

Lentamente me pongo en pie y regreso sobre mis pasos. El día casi ha pasado y el crepúsculo cae sobre el horizonte cubriéndolo de tonos llameantes. El monte queda atrás; entonces es cuando me despido del bosque. Pronto llegará el invierno y, tras él, el resto de las estaciones. Una vez más, como un ciclo, la muerte volverá a dar paso a la vida.

Alicia Martín López

Ir al contenido