La reserva en el restaurante había sido para quince personas. Prometía ser una noche dura. Tenía toda esa mesa solo para mí. El jefe pensaba que era más que suficiente. Sin embargo, no diré si por buena o mala suerte, solo vinieron ocho de esos quince. Según escuché más tarde, debían de haber rondado cerca de los treinta en aquella clase, pero solo la mitad había dicho que iría a esa cena de reencuentro, y qué alivio. Supongo que, en caso de haber ido todos, habría tenido ayuda. Pero si hubiera sido así… Es muy probable que hubiera sido Rubén mi compañero, y no habría sido una buena idea, teniendo en cuenta lo que ocurrió.

A lo mejor ni siquiera se habría dado cuenta de lo que estaba ocurriendo, pero, si hubiera sido así, habrían pasado dos cosas: habría acabado la noche con alguien en el hospital y este con una denuncia bien merecida. ¿Que por qué? Porque es un desgraciado, simplemente.

Llevaba buen ritmo a la hora de anotar los pedidos y llevarlos. Me aseguraba de tener siempre los vasos llenos de cada uno de los comensales, y lo hacía con gusto. Las personas que allí se juntaron reían y charlaban muy animados. De vez en cuando hasta me metían en la conversación, ya fuera como parte de una broma que se estaban gastando entre ellos o para preguntarme la opinión sobre un tema irrelevante. Me gustaba su trato, me hacía sentir cercano.

Hablaron de cómo les había ido todo, qué habían estudiado al final o en qué habían estado trabajando, si tenían hijos, si habían viajado, si recordaban a tal profesor… y fue aquí donde se hizo un paréntesis. Una de las mujeres, que se había casado con su compañero de instituto, preguntaba a otro de ellos qué fue de un tal Alberto. Al hombre, al escuchar el nombre, le cambió la cara durante unas décimas de segundos. Por un momento sus ojos quedaron fijos y una media sonrisa triste se dibujó en su rostro para luego dar un trago a su bebida y reír como si no hubiera pasado nada.

—Puff… Ni idea. Éramos adolescentes por aquel entonces, muy idiotas. —Reía—. Nos acabamos peleando a final de curso por alguien y no nos volvimos a hablar.

—Uy, eso nunca nos lo contaste. Habla, habla —exigió el marido de la mujer.

—Ah, no fue nada, de verdad, una tontería. A él le empezó a gustar una persona y yo, en lugar de decirle que siguiera adelante o algo, lo frené, le dije que dejara de intentarlo.

—No parece tan malo. ¿Quién era? Venga, cuenta.

Todos los de la mesa habían dejado de hablar y se habían centrado en la historia que estaba contando el hombre. Las historias de amoríos siempre eran las que más interés producían, y lo digo por experiencia, no había momento en el que no se acabara hablando de esto en este tipo de reuniones.

—Ah, no, se dice el pecado, pero no el pecador —dijo, intentando escabullirse. No había que ser muy listo para darse cuenta de lo incómodo que se sentía.

—Vamos, Fer, no nos dejes así. ¿La conocíamos? —preguntó otra mujer en la otra punta de la mesa—. Dinos solo si está ahora aquí. Alberto no está, no tiene por qué enterarse de que lo sabemos.

—Además, es una historia de instituto, hace mucho de aquello. Seguro que, si se enterara, hasta se reiría —continuó el marido de la primera que preguntó.

—Sí, seguramente —respondió Fer.

—Venga, di solo si esa persona está ahora aquí, nada más, no te hagas de rogar —bromeó la mujer de la otra punta de la mesa. Habría jurado que estaba deseando que dijesen su nombre.

Fer suspiró vencido y asintió con la cabeza, lo que provocó una ola de aplausos, gritos y sorpresa. El hombre, angustiado, aunque siempre sonriente, se levantó y se dirigió al baño. Probablemente necesitara lavarse la cara más que hacer alguna necesidad primaria.

Al poco tiempo, la puerta del restaurante se abrió y entró otro hombre con sonrisa agradable y cara de agotamiento. Este se acercó al grupo de gente, lo que, de nuevo, provocó nuevos gritos: «¡Hey, pensábamos que ya no venías!», «Pero, hombre, Alberto, ¿cómo tardas tanto?», «Pero respira, chico, estás fatigao»…

—¿Hay alguien aquí? —preguntó.

—Sí, está Fer. La de su lado está libre —dijo alguno de los hombres que estaban de espaldas a mí, por lo que no pude distinguir cuál era el que lo decía.

—Ah, perfecto, entonces me pongo aquí.

Siguieron hablando unos minutos entre todos hasta que Fer salió del baño. Tenía la cara todavía un poco húmeda y parecía más serio que antes. Al acercarse de nuevo a la mesa y ver a su amigo de la adolescencia, la expresión le cambió repentinamente. Ninguno de sus compañeros se hizo eco de ello, seguían a lo suyo, poniéndose al día. Solo los dos protagonistas estaban en cuerpo presente, pero seguramente recordando momentos no contados.

Alberto se levantó y se acercó al atónito Fer. Le sonrió y se abrazaron. Yo me disponía a tomar nota de lo que iba a pedir Alberto, pero me paré en seco. No quería interrumpir un momento tan íntimo. Supuse que se estarían disculpando, porque logré leer los labios de Alberto después de que el otro dijese algo apenas audible. Este dijo «No importa, fue culpa de los dos». No tenía claro si la historia que había contado Fer era real o no, o si lo era a medias. Nunca dijo que a su amigo le gustara una mujer. ¿Y si…?

Antes de separarse, Alberto se atrevió a dar un beso rápido en la mejilla a su amigo:

—¿Vienes fuera?

—Claro…

—Gente, ahora volvemos, voy a fumar. Os secuestro a este, que me haga compañía con el frío —dijo Alberto como excusa.

—A ver de qué habláis, ¿eh? —intervino la mujer del final de la mesa. Ante esto, Alberto le guiñó un ojo, lo que provocó una sonrisa pícara que recorrió toda la mesa, y entonces salieron del local.

Me habría gustado escuchar la conversación, la verdad, pero entendí que eso ya habría sido presentarme como alguien extremadamente cotilla, además de que estaba trabajando y no podía dejar mi puesto. Seguí rellenando vasos y copas conforme me llamaban, pero siempre prestando atención a los hombres de fuera. No sabía bien por qué, querían que arreglasen las cosas. La historia en mi cabeza cada vez tenía más sentido, y me alegraba enormemente que se arreglara en una noche tan anodina para el restaurante como esta.

Veinte minutos después volvían a entrar con la cara roja del frío.

—Bueno, señoras y señores, nos tenemos que ir.

—Anda, ¿y eso? —preguntó la primera mujer.

—Aquí, el señorito —dijo Alberto señalando a Fer—, parece que no aguanta un poquito de frío y se está poniendo malo. Voy a ver si lo llevo a casa.

Mientras decía esto, Fer se me acercó para que le cobrara su parte de cena. Cuando pagó, no pude evitar soltar un «Buena suerte». El hombre se sorprendió y yo me callé, avergonzado. No había sido mi intención molestar. Por suerte, al momento su cara volvió a ser plácida y me sonrió:

—Gracias —respondió.

Ambos hombres se marcharon y dejaron a toda la mesa cuchicheando. ¿Y si resultaba que sí eran conscientes de todo? Bueno, no importaba. Estos dos ya habían hecho las paces y a mí me quedaba un par de horas antes de salir de trabajar. Me tocaba buscar otro entretenimiento.

José Santínez

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