El Patio

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—Poned las apuestas. Antonio, tú pones la ciega pequeña.

Miguel barajaba las cartas con las dos manos sobre la mesa como un profesional. O lo intentaba. Los cartones tenían las esquinas dobladas y algunas tenían las caras pegajosas del jerez que escurría de los cuatro vasos tras cada sorbo. Antonio y Saúl, el hombre que estaba inmediatamente a su  derecha, pusieron unos pedacitos de cartón del tamaño de la yema de un dedo frente a ellos. Cada uno tenía un montón a su lado.

—¿A cuánto la mínima? —preguntó Tomás, el cuarto jugador, mientras le cortaba la punta a un puro de mala calidad y aroma a madera tostada.

—Cinco —respondió Miguel con expresión seria—. ¿Te importa no encender eso? Al menos hasta que acabe el juego.

El del puro mostró el mechero a sus compañeros y lo dejó, a la vista de todos, en el centro de la mesa. Se llevó el puro a la boca, por el simple placer de notarlo entre los labios y calmar un poco su ansiedad. Se repartieron las cartas. Dos para cada uno.

Con cuidado de no poner ninguna expresión y de que sus vecinos no pudieran verlas, las ojearon detenidamente, como si por el hecho de mirarlas más tiempo pudieran adelantarse a lo que pasaría en el juego.

—Veo las cinco —dijo Tomás poniendo dos pedazos de cartón frente a él.

—Paso —dijo Miguel, el que barajaba, tirando sus cartas bocabajo sobre la mesa.

—Lo veo —Antonio, el que tenía un solo cartón frente a él añadió un segundo a su apuesta.

El último jugador mantuvo su apuesta, sin aumentarla, dando por terminada la primera fase del juego. Miguel recogió las apuestas en el centro, cogió el mazo y, descartando una carta, levantó tres más en el centro de la mesa, a la vista de todos.

—Dos de tréboles, dama de diamantes y siete de tréboles —anunció en voz alta.

—Las damas nunca van solas —dijo con una sonrisilla Saúl.

—¿Intentas asustarnos? —preguntó Antonio y puso cuatro cartones frente a él—. Apuesto diez, a ver si eres tan valiente.

—Mi corazón no está para ir tan fuerte. Paso.

Saúl dejó las cartas bocabajo sobre la mesa y se recostó en el respaldo a observar el resto de la partida. Tomás miró a su único contrincante, aspirando un par de veces del puro apagado.

—Veo tus diez y subo a veinte —lo retó, añadiendo ocho cartones.

Antonio miró sus cartas. Estuvo tentado de subir la apuesta, pero con su nueve y su as de tréboles aún no tenía ninguna jugada asegurada.

—Veinte —confirmó al fin, sumando cuatro cartones a su apuesta y dejando que Miguel las recogiera y descartara otra carta antes de sacar una más a la mesa.

—Dama de corazones.

—¿Lo veis? ­—Saúl soltó una risa al ver a la segunda dama.

Los dos hombres que se mantenían en el juego se miraron el uno al otro. El hombre del puro no pudo ocultar una sonrisa. Se lo quitó de la boca y se acercó a la mesa, pendiente de la jugada. Antonio se sintió acobardado. No tenía ni una simple pareja. Dio un par de golpecitos en la mesa con los dedos, cediendo el turno de palabra a su contrincante.

—Pongo veinte —dijo Tomás con una amplia sonrisa confiada.

—¡Va de farol! —exclamó Miguel—. ¿No lo ves? No hay ninguna buena jugada en la mesa todavía.

—Cuarenta —Sin pensarlo demasiado Antonio contó y separó dieciséis cartoncitos.

—Ochenta —respondió de inmediato el fumador.

—No tienes ochenta puntos —dijo, asustado, su contrincante.

—Pues todo lo que tengo. All in.

Empujó hacia delante todo su montón de cartones. Antonio notó una gota de sudor frío cayendo por su mejilla mientras esperaba a que Miguel contara los puntos de la apuesta.

—Setenta y dos y medio —anunció el que repartía.

Los dos hombres que no participaban en esta mano miraron a Antonio sin hacer un solo ruido. Este estaba haciendo cálculos de cabeza. En las partidas anteriores había tenido algo de suerte y tenía un total de noventa puntos. Si apostaba y perdía se quedaría con diecisiete y medio, pero si ganaba, sus ciento sesenta y dos puntos y medio le darían una enorme ventaja sobre el resto de jugadores. Si se retiraba perdería los cuarenta que ya había apostado, pero si seguía en el juego corría el riesgo de perder mucho más. Le temblaba la mano con la que contaba sus cartones. No con un temblor sutil, como cuando se tiene frío. No. Un temblor de esos que parecen imposibles si no son a propósito.

—Setenta y dos y medio… —murmuró juntando trece pedazos más a su apuesta. Los siete cartones que le quedaban en la mano le parecían una miseria, pero le reconfortaba al menos que quedase algo.

—Estás loco —masculló Saúl riendo entre dientes.

—Levantad las cartas —pidió Miguel, el de la baraja. Ambos jugadores obedecieron. Comenzó cantando las cartas de Antonio—. As y nueve de tréboles… Tres de corazones y… ¡Uf! Dama de picas.

—Qué hijo de puta —dijo Saúl—. Trío de damas. Ya os dije que las d…

—Que las damas nunca vienen solas. ¡Cállate, coño! Ya lo veo. —Antonio no estaba de humor para comentarios evidentes. Si la última carta no era un trébol podía dar por perdida la partida. Cerró los ojos, concentrándose en respirar despacio. Abrió los ojos cuando escuchó como Miguel hacía el último descarte, esperando la última carta.

—Diez de tréboles.

Antonio se levantó tirando la silla a su espalda.

—¡Color! ¡Tengo color! —su voz estaba contenida, pero expresaba todo su alivio.

Su contrincante se quitó el puro de la boca y en su lugar puso el puño. Miraba la jugada con incredulidad. Tenía trío de damas. Perder con eso era una posibilidad remota. Su mandíbula comenzó a temblar. Acercó la mano hacia el mechero que había dejado en la mesa.

—¡Eh! —lo regañó Miguel—. Siento que hayas perdido, pero ahora debes cuidarte. Ya sabes lo que tienes que hacer.

El hombre se levantó y dejó el puro en la mesa.

—Al que le corresponda que se lo fume a mi salud.

Salió de allí y se movió a hurtadillas por los pasillos del hospital hasta llegar a su propia habitación. La recorrió con la mirada. No había esperado salir de aquel lugar con vida, pero tampoco que todo fuera a acabar tan pronto. Necesitaba un hígado y, al igual que sus tres compañeros, estaba muy abajo en la lista de donaciones de órganos. Sus pulmones, su corazón y sus riñones estaban sanos y los había perdido contra un puñado de tréboles. Fue al baño y descargó la vejiga. Después escribió en un papel su última voluntad antes de colgarse con el cinturón al cuello.

Marta González Peláez 

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