Nota: dado que no voy a mencionar el nombre del monstruo, adjunto el link a Wikipedia para el que quiera más información. Recomiendo leerlo después del relato.

Tobías observaba como el gatito que su hermana había rescatado dejaba finalmente de moverse. Durante todo el proceso, había sentido un gran placer, pues era su venganza personal. Siempre le había caído muy mal su hermana Lena: ella siempre era el centro de atención, siempre la niña más bonita y más buena, siempre conquistando con sus buenos actos. Como el de la semana pasada de rescatar al gatito de la tubería. Tobías odiaba que cuando él hacía algo bien, todo el mundo le ignorara. Y, en cambio, cuando lo hacía Lena, por mínimo que fuera, todo el mundo aplaudía. Tobías había llegado a la conclusión de que intentar agradarles con sus buenos actos era inútil, ahora se dedicaba a disfrutar de hacer sufrir a los demás. Era más placentero que la atención ajena y se le daba mejor. Por eso acababa de ahogar al gatito rescatado. Cuando la mimada de Lena encontrase el gatito ahogado en su bañera, se culparía pensando que no la vació. Tobías lo había pensado todo y hasta había echado jabón. Esa maldita mocosa sufriría si tenía que seguir en su vida.

Con un vicioso sentimiento de odio, Tobías salió del baño. Ahora iría a atormentar a algún perro de la calle. Sí, eso sería agradable.

Muchas horas más tarde, Tobías le había tirado piedras al perro del vecino, había conseguido que una anciana se cayera, había rayado el coche de sus padres con palabrotas y, ahora que la noche había caído, no tenía ganas de volver a casa, dónde se aburriría fingiendo ser un hijo modelo o se hastiaría de las eternas regañinas de sus padres por no serlo. Así que siguió vagabundeando por el barrio, imaginado el susto de infarto que sus padres se llevarían. Aunque en el fondo de su ser, el miedo a que sus padres no notase su ausencia o, incluso, que lo prefirieran, le atenazaba las entrañas.

Cuando las calles empezaron a vaciarse y ya no era divertido esconderse de los adultos, Tobías fue hacia el colegio y se coló dentro. Había decidido dejarlo un poco patas arriba: rompió cristales con piedras, lanzó papeles al aire, y si eran exámenes sin corregir, mejor que mejor, escondió todas las tizas que encontró y atoró varios inodoros del cuarto de baño de las niñas con papel higiénico.

Se lo estaba pasando en grande cuando el arrastrar de cadenas le heló en el sitio. Al principio, creyó que eran su imaginación e ignoró el ruido, pero, conforme se aproximaba, cada vez le costaba más no atenderlo. Cuando las cadenas se detuvieron, Tobías se giró hacia la puerta con los ojos dilatados por el miedo, pues una figura inhumana se recortaba en el marco de la puerta. Parecía una montaña enorme llena de pelo, con dos enormes brazos como los de un simio cayendo casi hasta el suelo, unos muslos inmensos, unos pies con una forma rara y de la cúspide de la montaña salían dos cuernos retorcidos. Tobías sintió un líquido caliente en los pantalones a la vez que una solitaria campanilla era tañida y sus instintos más profundos le instaron a correr.

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Y Tobías corrió. Corrió como en su vida había corrido, girando esquinas, recorriendo largos pasillos. Y el sonido de cadenas siendo arrastradas nunca desaparecía. ¡Ni siquiera se alejaba! Desesperado, Tobías decidió esconderse en la cocina, así que corrió dentro y se metió en el primer armario que pilló. Era un armario bajo con un par de cacerolas enormes apiladas. De una patada, apartó las cacerolas sin detenerse por el ruido generado y se metió dentro.

Allí estaba, acurrucado en un armario en mitad de la noche, con la puerta entreabierta porque las cacerolas y él no entraban juntos dentro del hueco, escuchando el repiqueteo de las cadenas de aquel ser conforme éste se acercaba, lentamente, hacia él. Una campana volvió a ser tañida y Tobías pudo ver al monstruo parado en puerta de la cocina.

Eran una mole enorme, con una chepa que sobrepasaba su cabeza. Un pelaje blanco como el del perro de su vecino cubría a la criatura. De su pequeña cabeza, salían dos largos cuernos retorcidos y de su boca colgaba una muy larga lengua que se ondulaba en el aire, haciendo un sonido de chasquido húmedo bastante repugnante. Tobías estaba casi seguro de que sus patas eran pezuñas, pero no podía verlas bien.

Tobías se estaba poniendo malo. No podía contener más la respiración y quería echarse a llorar y correr lejos. Pero el monstruo le seguiría, lo sabía, muy dentro de él, Tobías sabía que el monstruo venía a castigarle por ser malo, como su madre le había prometido tantas veces.

La campana sonó una vez más y el monstruo volvió a moverse, arrastrando las cadenas, volviendo loco a Tobías. Hasta que ya no pudo más y soltó su respiración. Y empezó a respirar muy fuerte y muy rápido. Llorando con un llanto histérico. Pero nada de eso le iba a salvar.

Y el monstruo abrió la puerta del armario. Sin dejarle a Tobías tiempo de reacción, la viscosa lengua se enredó a su alrededor y le sacó de su escondite, izándolo sobre la cabeza del monstruo directo a la cesta que llevaba a su espalda. Y ya no se volvió a saber de Tobías y sus fechorías.

Kio Somniara

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