Las palabras brotan hoy de mi pluma,alejadas de huracanes y terremotos que llenan la estancia. Como suele ocurrir,tiene vida propia. Las letras surgen unas tras otras. Narran una nueva historia. Empieza y termina con una maleta. Si es ficción o real, nunca se sabrá.

            En un lugar sin nombre, habita solitario un hombre. Todos los días, camina por senderos lejanos hasta llegar ala cima del monte. Allí, contempla los primeros rayos de sol alumbrando poco apoco campos y casas blancas; siempre lleva consigo una maleta marrón de pestañas doradas que mima con ternura como si fuese un gran tesoro, en ella guarda sus recuerdos más preciados. Allí, en la montaña, se queda de pie admirando el paisaje un rato hasta que las nubes de la noche desaparecen por completo. Estas dan paso al fulgor de la luz del nuevo día. Entonces, regresa sobre sus pasos hacia una vieja choza que le sirve de refugio y que, antaño,fue lugar de reuniones y festejos.

            Este año las nieves llegan pronto.El frío acecha cada vez más fuerte. A pesar del hogar recién encendido, de esas hermosas llamas que iluminan la habitación, la cabaña aún está fría. En el camastro, abre su maleta despacio. Enfrente, un espejo curioso descubre el perfil de un varón en edad entrado, de rostro serio y ojos cansados.  Sobre la cama expande algunas fotos y un traje de color azulado. En la maleta todavía sobresale unos enseres, en este caso, femeninos muy bien cuidados. Los coge, los huele, los abraza. Entre ellos un pequeño cuadro al óleo, no mayor de un folio, puede entreverse una manodesnuda de aspecto suave que da la sensación de poder tocar. Deja los ropajes y lo saca. «Aurora». El retrato de una mujer joven, de rasgos angelicales y ojos vivos el cual coloca encima de la alcoba. «¡Cuánto tiempo ha pasado ya desde que te retraté, ¿verdad? Lástima que estas manos ya no puedan pintar…» Expresa mirándoselas, unas manos dobladas por la avanzada artrosis y temblorosas.«…Todos fuimos jóvenes… Y tú, te fuiste demasiado pronto» Con ese pensamiento,se pone el traje y ordena las fotos. Se volvió hacia el retrato y dijo: «Hoy es nuestro aniversario, brindemos» Prepara la comida y descorcha un vino tinto añejo.

            Tras la ventana, el viento ulula feroz, los primeros copos de nieve caen aun sin llegar a cuajar. Una voz, dulce y cálida, canturrea cánticos olvidados por los seres humanos, tan inaudibles que se confunden con el propio sonido del vendaval. Unas pisadas se acercan al lugar pero mantienen las distancias. Quien quiera que sea, se oculta entre los matorrales mientras observa salir el humo de la pétrea chimenea y sigue con su canto. Cuando la tarde se acerca, ese ser se mueve con suavidad, lleva un vestido blanco de seda y un abrigo mullido del mismo color por el que caen mechones dorados a los lados. Se para junto al ventanuco desde donde percibe las imágenes que componen una vida entera: las fotografías estaban repletas de momentos especiales llenos de risas entre dos personas que se amaban.Sigilosamente, llama a la puerta: «toc-toc».

            El que fuese esposo antes, se despereza sentado delante de la llameante chimenea mirando aturdido hacia los lados. Al no escuchar nada, se acomoda y relaja. De nuevo, la llamada: «toc-toc».

—¿Quién va? —pregunta gruñón, pues sabe con certeza que poca gente paseaba por estos lares. Un silencio invade el tiempo y el espacio. A continuación, un canturreo que él percibe como el siseo del aire. Otra vez, tocan a la puerta.

—¿Quién es? —vuelve a preguntar molesto.

—No tengo nombre, caballero, y sin embargo, muchos. No vengo para importunarlo, solo para acompañarlo. —Y retoma su cancioncilla indómita.

—¡Vete! No molestes —echa un madero al fuego que arde con una llamarada como nunca antes se hubiese visto. Tras unos minutos, nuevamente ese «toc-toc». Esta vez,la visitante no obtiene contestación. Fuera, la nieve cae feroz y las ramas delos árboles empiezan a doblarse. «Toc-toc»

—¿Qué quieres? —reacciona con más calma.

—Acompañarlo y, si me lo permite, deleitarlo con mi canto —La voz suena feliz y continúa tarareando llenando el alma del que la escucha de una gran calma. El señor,cansado, abre la puerta para dejar entrar a la extraña.

—Entra y caliéntate. Hace frío, mucho frío y la niebla ya está bajando.

Ambos se sientan, uno al lado del otro, y ella canta.

Elcrepúsculo hace su entrada y, con él, un suspiro escapa. Un aliento que esperala llegada de la persona amada. La noche aparece con su oscuro manto cubiertode estrellas plateadas y en la cabaña quedan ropa, fotos y maleta solitarias.     

Alicia Martín López

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