–Vale, docto…

No pude terminar de decir aquella sencilla frase. Las lágrimas se apoderaron de mis ojos al escuchar mi propia voz por primera vez en tantos años. La doctora me miró con ternura y satisfacción, pues el tratamiento había funcionado y gracias al implante cloquear estaba distinguiendo sonidos sin problemas.

Siempre me había resultado un tanto difícil de explicar lo que puede sentir alguien como yo al pertenecer a la comunidad sorda. Realmente, siempre hemos sido personas normales, que sentimos, soñamos y aspiramos a una vida igualitaria como el resto de personas pero, por desgracia, vivimos en un mundo que en muchas ocasiones está muy poco (o nada) adaptado a nuestras condiciones. Debido a todo eso, no me cabe duda de que aquel frío día de febrero marcó mi vida para siempre.

Cada noche antes de dormir soñaba con poder escuchar aquella canción, aunque solamente fuera una vez más. La tenía grabada a fuego lento en mi memoria. Era una dulce melodía que me había acompañado durante mis primeros años de vida y que de pronto un día se vio obligada a desaparecer. Con solo  cinco añitos comencé a perder la audición debido a ciertos problemas hereditarios que me acompañaban desde mi nacimiento, por lo que poco a poco me vi obligada a aprender la lengua de signos y a adaptarme a esta nueva vida. En cambio, siempre me di cuenta que los humanos vivimos a base de sueños, y mis sueños no habían desaparecido. Durante mis cinco primeros años era una niña normal, sin dificultades al escuchar, por lo que la voz de mi madre se convirtió prácticamente en mi calma y bienestar. Todas las noches, para tranquilizar mis lloros o mis ganas de no dormir, entonaba aquella canción hasta que por fin conseguía conciliar el sueño. Con el paso del tiempo, logré memorizarla e incluso muchas veces la acompañaba cantándola. Aquellos momentos llegaron a ser tan importantes para mí que perder el sentido del oído no resultó ser un impedimento, sino que mi cabecita loca lograba entonar aquella canción cada vez que lo necesitaba.

Un buen día supe que existía la posibilidad de empezar un nueva vida gracias a un implante cloquear. Un mágico aparato me permitiría recuperar parte de mi audición, por lo que no dudé ni un solo segundo en aceptar ese reto. Fueron meses de preparación, de visitas médicas, de información y, a veces, de pérdida de ilusiones. Pero finalmente supe que mereció la pena.

Era una mañana de mediados de febrero. Los nervios corrían por cada parte de mi cuerpo al desconocer el futuro. Gesticulando con delicadeza, la doctora me avisó que comenzaría a hablar y decir algunas palabras, para de ese modo poder comprobar que mi audición era la correcta. Casi sin darme cuenta, comencé a distinguir sonidos y de repente una cálida voz acarició mis oídos, anunciándome que había llegado mi turno para intentar articular unas palabras. Lo hice, pero la emoción se apoderó de mí. Jamás había sentido tanta felicidad. ¡Estaba escuchando después todos esos años de espera!

A partir de aquel día, comencé una nueva vida todavía más especial. No voy a negar que fue un proceso de adaptación importante, de acostumbrarme a mil cosas nuevas como si fuera una niña pequeña, pero fue el aprendizaje más bonito de mi vida. Mi audición no era la más perfecta, pues es cierto que todavía sufría algunas dificultades, pero al menos podría volver a sentir cómo la voz de mi madre me besaba el alma.

Retomé sueños perdidos. A pesar de las advertencias sobre las posibles complicaciones que podrían presentarse al asistir a un concierto de música, lo hice. Puede que mis oídos no estuvieran al cien por cien preparados, pero mi corazón sí lo estaba y, por tanto, me dejé llevar por esa sensación. Sin duda, la visita a aquel teatro me acarició por dentro. Cada nueva nota que salía de esos instrumentos musicales me hacía cosquillas. Lloré y a la vez reí, sintiendo que aquel era el lugar que me habían robado años atrás.

Noches después, tumbada en la cama, la silueta de mi madre se asomó por la puerta de la habitación.  Se acercó lentamente al viejo radiocasete y con una sonrisa pulsó el botón para que la canción empezase. No sé si me sentía interiormente preparada, por lo que cerré los ojos para dejarme llevar por la melodía. Fue entonces cuando recordé cada una de las noches compartidas en la infancia con mi madre, dándome cuenta que su voz ahora sonaba más bonita y especial que nunca. Poco a poco, aquella nana se fue desvaneciendo. Abrí los ojos y, como esperaba, ella no se encontraba en aquella habitación. Supe que estaría observando la escena desde el cielo, con la sonrisa más grande y bonita que jamás podría existir. Y sí, se sentiría la madre más orgullosa del mundo. Por fin su pequeña había recuperado el sentido de la audición y ahora podría escuchar por última vez aquella canción tan especial para ambas.

Cristina Sánchez

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