Cuando pensaba en el miedo, en el terror, imaginaba cientos de monstruos, fantasmas, criaturas o sucesos extraños. El miedo era violencia, era acción. Un caos incomprensible y lleno de locura. Sin embargo, el verdadero horror puede ocultarse en un silencio que no debería estar ahí.

Anoche, Iván y yo fuimos a celebrar nuestro aniversario a un restaurante internacional carísimo, de esos a los que tienes que ir elegante. Era un día especial y gastamos más de lo que nos podíamos permitir, pero lo hicimos con gusto.

—Cielo, esto no tiene muy buena pinta, ¿estás segura de que se come?

Me reí de la ocurrencia de Iván. Él, por el contrario a mí, era mucho más clásico y le costaba probar cosas nuevas y diferentes.

—Claro que se come —dije riendo—. Es “shanja… shaka…”

—Shannakji.

—Eso. Está en la carta, así que es comestible.

—Pero se está moviendo en el plato. —Iván no podía ocultar su cara de asco.

Para demostrarle que no había de qué preocuparse cogí un trozo de lo que parecía pulpo y me lo metí a la boca. Fue una sensación muy extraña notar como seguía moviéndose en mi boca, pero tuve cuidado de que pareciera que me estaba gustando.

—¿Ves? —dije después de tragar—. Se come.

Iván puso una mueca mientras se reía de mí.

—No pensarás besarme después con esa boca, ¿no?

—¿Después? ¡Y ahora!

Tiré de su mano para que se acercara. Se quejó de que la mesa se le clavaba en la tripa, pero se calló cuando lo besé.

—Vamos a acabarnos este “sakaniyi” de setenta euros y volvemos a casa a ver qué más se mueve en mi boca esta noche.

Iván soltó una carcajada mientras yo ponía una cara exagerada de seducción. A estas alturas de nuestra relación no hacían falta muchas delicadezas para saber lo que queríamos. Nos acabamos la mitad del plato, hasta que por fin admitimos que era incomible. Pagamos la cuenta y decidimos tomar el postre por el camino. Subimos a un taxi y le dimos la dirección de nuestra casa antes de empezar a echar cuentas el uno del otro en la parte de atrás. El vino blanco siempre tiene ese efecto en mí. Estaba tan excitada que me olvidé del taxi, del conductor y de la ciudad, tan solo tenía ojos y manos para Iván. No sabía ni por dónde íbamos. Solo quería llegar a casa.

Sin embargo, al bajar del taxi mis prioridades cambiaron de golpe.

—Iván, necesito subir deprisa. Creo que voy a vomitar.

No me había dado cuenta porque había estado distraída, pero cuando me puse de pie noté que estaba mareada y fría, como si la sangre no me llegar a las manos ni a la cara.

—Iván… —repetí, pues estaba pagando al taxista y no me había oído.

Decidí adelantarme, él sabía el camino.

Por poco vomito en el rellano de la escalera, pero logré retenerlo en mi garganta hasta llegar al baño. Después de echar toda la cena, mientras me preparaba para empezar a deshacerme de lo que había comido a mediodía, escuché la puerta de casa al cerrarse.

—Estoy aquí —lloriqueé sufriendo una arcada.

Nadie respondió.

—¿Cielo?

—Perdona —respondió Iván desde el otro lado de la puerta del baño—. No te había oído. ¿Cómo estás?

—Creo que algo me ha sentado mal. Vamos a tener que dejar nuestros planes para mañana. ¿Tú estás bien?

—Sí, creo que se me ha quedado algo en la garganta, pero no me encuentro mal. Beberé un poco de agua. ¿Quieres que te prepare una infusión para la tripa?

—No, no. Gracias. Acuéstate, anda, que mañana te levantas muy pronto. Yo voy a la cama en seguida.

Me estaba costando hablar sin vomitar y quería que se fuera para poder seguir sin que me oyera tan de cerca.

—Te espero en la cama. Avísame si te puedo ayudar.

Tardé aún un rato en sentirme preparada para salir del baño. Me escocía la garganta y estaba completamente débil. Fui a la cocina a tomar algo de agua que me quitara un poco del mal sabor que tenía y fui a la habitación. Iván ya estaba dormido. Escuchaba sus ronquidos en la oscuridad. Me tocó desnudarme a tientas y buscar el pijama de invierno al tacto. Estaba destemplada y necesitaba algo más que la manta para entrar en calor, así que me abrigué y me metí rápidamente en la cama para pegarme al cuerpo de Iván. Estuve tentada de despertarlo para que me hiciera algunos mimos, pero me dio pena. Me tumbé mirando al techo, pero no estaba cómoda. Me puse de lado, volvían las arcadas. Giré, cambié de posición, intenté relajarme, pensar en cosas, no pensar en nada… No funcionaba. Hasta que me di cuenta de cuál era el problema. Normalmente yo me dormía primero y no me molestaban los ronquidos de Iván, pero esa noche, su rugido profundo me estaba sacando de mis casillas. Al principio solo me ponía nerviosa, pero después me inundó una verdadera furia.

Me levanté un par de veces más a lo largo de la noche para vomitar y cuando volvía me enfurecía un poco más el irritante sonido que salía de su garganta. Estaba cansada, dolorida, enfadada. Volvía del baño por quinta vez cuando por fin empecé a sentirme cómoda en la cama. Mi mente empezó a divagar hacía pensamientos cada vez más inconexos y abstractos. Me sentí pesada y a la vez flotando.

Desperté a media mañana. Una luz muy molesta entraba por la ventana que no habíamos cerrado. Me encontraba mucho mejor de la tripa, pero necesitaba dormir más. Me giré, intentando evitar la luz y vi que Iván seguía durmiendo a mi lado.

—¡Iván, que vas tarde! —Me incorporé de golpe alarmada por encontrarlo allí a esas horas—. ¡Iván! Despierta.

Como no decía nada lo moví un poco.

—Sé que no estás dormido porque no estás roncando —le advertí con tono serio—. ¿Estás enfermo? ¿Has llamado al trabajo? —Me quedé esperando una respuesta que no llegaría—. ¿Iván… estás bien?

Nada.

Silencio.

Y del silencio nació el horror más grande que había sentido en mi vida.

Marta González Peláez 

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