–Cierra los ojos e imagina tu mente como una enorme inmensidad negra –ordenó el maestro Garrik con esa voz rasposa y pausada que tiene. –Dime cómo te hace sentir.

Con un suspiro poco disimulado, cerré los ojos y me puse a pensar en qué haría después de esta sesión. Iba a fracasar, como la gran mayoría de los jóvenes que accedían a esta prueba. Como todos mis amigos. Los magos son raros. Y yo solo quería terminar y salir a corretear por las calles de Ulam con el resto de niños. Me imaginé los colores y sonidos del mercado y cómo iría con mi amigo Jaffar a intentar conseguir alguna fruta de los puestos…

Un golpe de caña contra piedra me hizo pegar un pequeño bote. Y, con otro suspiro, me dispuse a hacer caso al hombre mayor que tenía delante.

Me imaginé una noche sin luna, la situación más oscura que conocía. Miré al cielo para no ver nada más que estrellas y después quité cada estrella. Hasta que todo quedó de un morado muy oscuro.

–Siento el fresco de las noches de verano –le relaté cuando consideré que era lo suficientemente negro.

–Entonces no estás pensando en una inmensidad negra –me contestó algo resignado, –pero esto nos podrá valer. Ahora, señorito Merrin, imagínese una casa entre la negrura. Puede ser grande, pequeña, decorada, sencilla. ¡Da igual! Solo imagínesela. Y cuénteme cómo es.

Hice cómo me decía y me imaginé una casa. Primero me imaginé una estructura grande de piedra y con muchas esculturas. Pero me di cuenta, con desagrado, que la imagen era mi propia casa, y eso no me gustaba nada. Así que rápidamente cambié a algo completamente distinto.

–Es una estructura pequeña compuesta por cubos. Cuatro, uno central y los otros tres en las esquinas. Las paredes son de adobe y el techo es plano, con una especie de azotea. La casa solo tiene un piso.

–Muy bien, muy bien. ¿Y cómo es la puerta?

En mi mente, miré fijamente la casa, buscando una puerta y al cabo de unos instantes, esta empezó a formarse en una de las paredes del cubo central. La puerta era de un azul muy característico y con cierta aprehensión me di cuenta que la casa era la de mi amigo Jaffar.

–Es una puerta sencilla, de madera y es un poco más pequeña que el marco de adobe, pero es de un azul intenso muy bonito.

–Abre la puerta, Merrin. Abre la puerta e imagínate la casa completamente vacía por dentro.

Hice como el maestro Garrik me decía. Me imaginé acercándome a la puerta y empujándola. La puerta se deslizó con suavidad sobre el suelo de adobe. Al otro lado del umbral no había nada, solo suelo, techo y paredes de adobe. Ningún adorno, ninguna pared interior. Ni siquiera el hogar. Y me sentí enormemente… ¿asustado? ¿vacío? Una sensación de angustia, similar a las náuseas, empezó a ascender desde mi vientre. No era correcto que la casa de Jaffar estuviese tan vacía. Su casa siempre había sido el lugar más feliz y vivaz de toda Ulam.

Un par de lágrimas debieron de brotar de mis ojos porque notaba un sabor a sal y un cosquilleo en las mejillas.

–Tranquilo Merrin. Pronto la llenaremos.

Sin poder evitarlo, imaginé el hogar de la casa de Jaffar. Una estructura cavada en una pared. Una oquedad con piedras en la parte baja, una fina losa de pizarra en un lateral y un gancho en la parte superior. Del gancho colgaría el caldero y sobre la piedra, Alissa, la madre de Jaffar, haría que rodajas de verduras se convirtieran en crujientes explosiones de sabor…

–Te estás adelantando, Merrin. –El maestro Garrik parecía algo más resignado que antes. –Bueno, supongo que ya estás respondiendo a la siguiente pregunta sin que te la haya hecho –decidió con un suspiro.

–¿Y cuál era la siguiente pregunta? –No podía evitarlo. Mi mente había ido rellenando los detalles del fuego crepitando, el caldero burbujeando, un par de rodajas de berenjena dorándose en la losa y un increíble e intenso aroma a curry, el olor característico de la casa de Jaffar. El olor de mi comida favorita.

–Que cuál creías que era el centro, el corazón, de una casa. Veo que piensas que es la cocina.

Sobresaltado, abrí los ojos. El maestro Garrik estaba sentado delante de mí, con las piernas cruzadas y mirándome con curiosidad y una gran sonrisa. ¿Cómo había podido saber lo que estaba imaginando si no se lo había dicho?

–No te preocupes Merrin. Esta prueba consiste precisamente en que mi mente guíe a la tuya en el proceso. Por eso he podido ver lo que estabas imaginando. Ahora cierra los ojos y vuelve a la imagen que tenías en tu mente. Lo estabas haciendo muy bien.

Tardé un par de segundos en volver a cerrar los ojos. A pesar de su intento de tranquilizarme, solo había conseguido alterarme. Pero al final decidí seguir, aunque eso significase que el anciano de barba puntiaguda y cabeza rapada supiera mis pensamientos y anhelos más profundos. Algo… algo me impelía a seguir.

Así que cerré los ojos y me concentré en la cocina luminosa y llena de olores y sonidos bienvenidos. Aunque la sentía algo vacía. Así que le añadí a Alissa, una mesa llena de cosas, una tira de plantas secándose sobre el hogar y un bebé igual que Luana moviéndose y gorjeando en un hatillo sobre una silla. Esperé algo asustado a que el maestro Garrik me regañara por hacer de más. Pero él no me regañó y el silencio se prolongó hasta tal punto que sentía como crujía mi cuerpo en tensión.

–¿Y ahora? –no pude evitar preguntar.

–Ahora explora esa casa y llénala con lo que sientas correcto.

Dudé durante unos instantes.

–¿Qué tiene esto que ver con la magia? –me atreví a preguntar, aunque muy bajito.

Volví a abrir los ojos y el maestro Garrik seguía igual, en la misma postura, con una sonrisa de ternura. Bueno, lo que entendería con el tiempo que era ternura. Ahora era solo una sonrisa.

–Estoy guiando a tu mente hasta el centro de tu poder, si es que lo tienes. Si ese centro se intenta destapar sin más, cosas muy malas pueden ocurrir.

–¿Qué tipo de cosas? –Necesitaba saber.

–Ahora no importa, Merrin. Tu concéntrate en la casita y llénala, anda.

Con un suave suspiro, volví a cerrar los ojos y la escena que me estaba imaginando volvió a mí. La mamá de Jaffar estaba cortando cebolla en la mesa y Luana gorjeaba en su hatillo. Me di la vuelta en redondo para construir el resto de la casa. Ahora había paredes interiores y en algunas había dibujos a carboncillo de un Jaffar más joven. No había puertas, solo telas. Sabía que a través de la tela de la izquierda se iba a la habitación de los padres de Jaffar y a través de las de la derecha, a la del propio Jaffar y su hermanita, y a la de sus abuelos, una pareja arrugada pero amable. Mi mente llenó la casa con cada detalle que recordaba, y mi pecho fue hinchando con un sentimiento cálido. El mismo tipo de sentimiento que sentía cuando estaba en la casa real. Un sentimiento de ser querido… un sentimiento tan contrario al que sentía en mi propia casa…

–Muy bien, muy bien. Hemos quedado en que el corazón es la cocina. Pero, para que la cocina y esa casa sigan en movimiento, algo tiene que alimentarla. Algo tiene que insuflar la energía necesaria. Puede ser el fuego, o la madre de tu amigo. Acércate a la cocina y busca esa fuente de vida.

Hice lo que me pedía. Tenía sentido que la fuente que alimentara la casa fuera el fuego, pero no se sentía bien. Así que me dirigí hacia Alissa, que estaba removiendo el caldero que olía a curry. La miré fijamente mientras removía y tarareaba. Pero tampoco era ella. Entonces lo oí: los gorjeos de Luana.

Me volví despacio y del hatillo salían pequeños rayos de luz anaranjada. Me acerqué. Luana refulgía mientras se mordía el piececito. Luana era el centro de esa casa. Lo sabía en lo más profundo de mis entrañas, con un peso en el estómago.

–Coge a la niña, Merrin. Toca el corazón de la casa.

Con cierta aprehensión cogí a Luana. Nunca la había cogido y me preocupaba hacerle daño o que se me cayera.

Cuando la cogí, un calor me invadió. Una sensación muy agradable y llena de ternura. Y con un profundo sentido de que eso era lo correcto…

–Abre los ojos, Merrin –me instó suavemente el maestro Garrik.

Y lo que había al otro lado de mis parpados cambiaría mi vida para siempre. Todos esos guijarros elevados en el aire rotando suavemente decían a gritos algo que mi corazón se atragantaba por entender: ¡soy un mago!

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