UntitledEva está protestando. Lleva así la hora que llevamos de viaje y ya no sé qué hacer para ignorarla. Desde que se ha hecho “mayor”, se ha vuelto aburrida e insoportable. Cómo echo de menos a la hermana increíble con la que jugaba a todo lo imaginable.

–No quiero ir. Seguro que es superaburrido. Un pueblo lleno de viejos y sin nada que hacer. ¡Quiero volver a Madrid! Allí tengo a mis amigas. ¿Qué voy a hacer dos semanas allí? ¡Morirme del asco!

La letanía seguía y seguía. Y no lo entendía.

Estábamos de viaje hacia el pueblo donde creció el abuelo José, un pueblo en Salamanca y, según mamá, con un río y un castillo. Yo me moría de ganas de ver el castillo. ¡Un castillo de verdad! Y de bañarme en el río. Y de corretear por el bosque. Mamá dice que el pueblo está en mitad de un bosque de castaños. ¡Nunca he visto un castaño! Y, además, el río se llama Cuerpo de Hombre; un río con ese nombre tenía que ser interesante. ¡Seguro!

Aunque fuese verdad que no iba a haber más niños en el pueblo, al menos estaríamos nosotros dos y nuestra imaginación. Eso nunca había sido algo malo, nos lo habíamos pasado muy bien juntos imaginando grandes aventuras… Pero Eva se había hecho “mayor” y ya no hacía cosas de “niños”. No lo entiendo… ¿Pasarlo bien explorando lo inexplorado es “cosas de niños”?

Ya estamos, ya estamos. La carretera ha empezado a bajar y serpentear. Los árboles nos han engullido. ¡El bosque nos devora!

Entre unos árboles puedo ver una montaña cubierta de construcciones, como si fuera el único lugar seguro entre esos árboles devora-hombres y tuviesen que apiñarse todos allí. Y eso de arriba debía ser el castillo. No lo veo bien entre las ramas, pero seguro que es un castillo increíble.

La carretera sigue serpenteando y ya no veo el pueblo, solo árboles e insectos zumbando. Bajo la ventanilla, a pesar de las protestas de Eva. El bosque habla con el canto de los pájaros y el borboteo del agua. ¡Agua!

Como si fuéramos una nave espacial que sale del hiperespacio después de la persecución más peligrosa de la historia, salimos del bosque. Delante había un puentecito de piedra y, más allá, la montaña de casas, con el castillo como corona. El río se oye cada vez más fuerte y me asomo por la ventanilla al pasar el puente para ver el río. ¡Es muy ancho!

Al otro lado del puente, un poco más adelante, hay una placita con una cruz. Mamá duda qué camino coger, deja el coche parado al lado de la plaza intentando hacer memoria. Un hombre mayor muy arrugado con bastón se levanta del poyete de la cruz y se acerca a nosotros. Papá baja la ventanilla y la cosa más sorprendente sucede.

–¿Os habéis perdido? –pregunta el anciano amable. –Me conozco esta zona como la palma de mi mano, os puedo dar indicaciones.

–¿Mariano? –le pregunta mi madre con cierta duda. Cuando el hombre alza las cejas, mi madre sonríe. Se enciende como un tronco de navidad, todo llena de luz. –Soy Carmen, la hija de Eusebio –se presenta ante la expresión de desconcierto de amable señor.

Y así es como terminamos tomando un aperitivo con Mariano, un amigo de la infancia de mi abuelo. Nos había llevado por las calles estrechas del pueblo hasta la vieja casa de piedra del tío abuelo Miguel, que estaba solo unos 20 metros calle abajo del único bar del pueblo. Así que dejamos el coche en la puerta y subimos con Mariano hasta el bar. Allí estuvieron hablando mucho, de nosotros, del trabajo de mis padres, de cómo está el abuelo, de sus batallitas de joven con Mariano… Y era precisamente esa parte la que más me llamaba la atención. ¡Se encontraron un alijo de armas cuando tenían 8 años! ¡Intentaron montar sobre una vaca!

El abuelo no habla mucho del pueblo, me di cuenta con tristeza en algún momento. ¿Le daría pena haberse ido a Madrid a estudiar y no haber vuelto y por eso no hablaba de lo increíble que era?

Al final nos dio la hora de la comida y nos despedimos de Mariano. A mí me hubiese gustado seguir hablando con él. Afortunadamente habíamos quedado que por la tarde nos enseñaría el pueblo, no sin antes avisar a todos los viejos amigos del abuelo.

La casa era vieja, de piedra y con ventanas de madera verde y cristales tan gordos como mi muñeca. La cocina era pequeña, con una mesa redonda en una esquina y con una especie círculos con dientes en el lugar en el que en casa tenemos la vitrocerámica. Las habitaciones eras muy frescas y muchas no tenían ventana. Escogí la más fría, una con una puerta cerrada hacia un gran misterio. Eva protestó mucho porque la casa era muy vieja, la decoración estaba superanticuada y por cualquier cosa más que pudiese.

Y después de comer, fui libre. Tanta libertad me mareaba. Podía ir a donde quisiera. Podría explorar a mi antojo. Sin adultos.

Así que, mi primera parada sería el castillo. O el río…

Salí de casa y el calor del verano quemó mi piel. ¡Era un vampiro bajo el sol y me quemaba! Debía buscar refugio. Mi decisión era muy clara: el agua tenía propiedades curativas.

Salté calle abajo y corrí hacia el río. Era muy grande y ancho. Y me eché al agua como si fuera mi única salvación. No era profundo, pero era el lugar perfecto para una guerra de agua. Parado en mitad del río, me sentí un poco solo sin mi hermana Eva, pero un movimiento captó mi atención y me olvidé de ella. ¡Porque allí había un columpio! Una rueda cogida por una cuerda se sostenía sobre el agua.

Fui hacia él. Allí el agua cubría más y podría incluso tirarme desde el columpio. Y jugar a un naufragio. ¡Esto era el paraíso!

Papá llegó en algún momento de la tarde, cuando mis dedos estaban tan arrugados que parecían la cara del señor Mariano.

–¿Has visto ya el castillo?

–¡No! Estoy en el Amazonas –le explico mientras intento mantenerme en la rueda sin tocar el agua –y todo el río está lleno de pirañas. ¡No! ¡No entres! Te devorarán a ti también. Como devoraron a toda mi expedición.

Al final me caí y fui devorado como el resto de la expedición, pero bueno, me quedaba mucho por explorar.

Kio Somniara

Nota de la autora:

Dedicado a mis primos.

Pensé que iba a ser el peor Halloween de mi vida y con su imaginación consiguieron que aquel pueblecito casi deshabitado se convirtiera en uno de los mejores fines de semana de mi vida.

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