El barco está a punto de zarpar. Me atuso el pelo con el objetivo de distraerme y mantener a raya el nudo de nervios que está formándose en mi estómago, pero no funciona. Odio el mar, pero hace ya seis meses que perdí mi trabajo en la agencia de viajes, así que cuando Laura me llamó para ofrecerme un puesto de camarera, no pude rechazarlo.

La verdad es que el navío es realmente imponente. La sala de fiestas en la que me encuentro está decorada en tonos granate, exceptuando las cortinas beige y las lámparas de araña. Laura se encarga de que todo esté perfecto, y yo solo puedo apiadarme de todo aquel que incumpla sus exigencias. Es mi amiga, pero sé reconocer que es demasiado estricta con los empleados de este sitio. Por supuesto, yo no soy una excepción.

—¡Sara! —Su voz me saca de mi ensimismamiento y me encojo instintivamente ante su inminente regañina—. ¿No piensas atender al caballero?

Miro en todas las direcciones y veo a un solo cliente. Un chico sentado al otro lado de la barra, aunque no parece querer pedir nada.

Tiene un pie apoyado en el taburete y los codos sobre la barra, con las manos cubriéndole el rostro. Desde aquí puedo ver como su pecho se hincha para emitir un hondo suspiro. Aunque no veo sus facciones, parece joven, está delgado (quizá demasiado), lleva ropa informal y tiene el pelo rubio ceniza.

Busco la mirada de mi amiga, que mueve la cabeza en su dirección y desde la lejanía consigo leer en sus labios rojo intenso:

—Ofrécele algo.

La incomodidad se apodera de mí al instante y cuando intento avanzar siento cómo el navío empieza a moverse bajo mis pies. Cierro los ojos y rezo en silencio para que las náuseas me permitan continuar con la jornada, pero no lo hacen. Dibujo una sonrisa de disculpa en mi rostro descompuesto y me sirvo un vaso de agua.

Al volver la vista veo cómo una chica que no parece superar mis treinta y dos años, se sienta al lado del joven acercando el taburete contiguo. No habla, pero posa la mano sobre uno de sus antebrazos y lo aprieta con cariño.

El pelo le cae en cascada hasta las caderas. Lo tiene negro como el azabache y le mira con ternura con los ojos más oscuros que he visto jamás. Lleva unos vaqueros negros y una americana a juego sobre lo que parece un top de flores. Es realmente alta, aunque desde aquí no puedo ver su calzado.

Él baja las manos y levantando la vista claramente sorprendido, descubre unos bonitos ojos verdes sobre una nariz respingona, además de un entrecejo y unos finos labios fruncidos.

—Perdona, pero… ¿Quién eres tú?

La expresión de la chica es de profunda vergüenza, la mía, de asombro. Habría apostado cualquier cosa a que era su novia, o a que se conocían al menos. Tras unos segundos de silencio, ella se aclara la garganta y se presenta:

—Me llamo Noelia. —Levanta la mano que aún tenía sobre su brazo y la estira, pero él no reacciona.

Continúa mirándola como si quisiera descifrar un enigma imposible de resolver. Así que la joven se apoya sobre la madera y suspira visiblemente incómoda, intentando fijar sus ojos en un punto lejano para evitar mirarlo.

—Disculpa, no sé por qué me he acercado. Vi en tu mirada que necesitabas hablar, y a veces un desconocido, alguien que no sepa nada de nosotros, es la mejor opción para compartir nuestros problemas sin sentirnos juzgados.

Dicho esto, se da la vuelta para marcharse, pero ahora es él quien la sostiene del brazo para que no lo haga.

—Espera, perdóname. —Ambas expresiones se suavizan a la vez que vuelven a sus asientos—. Me ha sorprendido mucho que alguien a quien no he visto nunca se acercara de esa forma, eso es todo. Me llamo Fernando.

Me encuentro a mí misma con una expresión soñadora mientras observo cómo se estrechan la mano. Sacudo la cabeza regañándome por estar escuchando su conversación, pero soy muy curiosa, y tras comprobar con sumo gusto que nadie reclama mi atención, me acerco un poco más con la excusa de colocar las copas.

—Tienes razón, necesito desahogarme. —Sus miradas se cruzan y me parece atisbar un destello de esperanza en la de él.

—A lo mejor puedo encontrar la solución. —Su voz refleja timidez, pero parece animarle, porque sonríe por primera vez.

Tiene una sonrisa preciosa y se le marca un pequeño hoyuelo en la mejilla derecha. No es de esos chicos que te llaman la atención a primera vista, pero puedo afirmar que esa sonrisa sería capaz de paralizar a cualquiera. Lo sé porque Laura me agarra del brazo separándome de la pareja y vuelve a reprender mi actitud.

Me excuso apelando a mis mareos, aunque la historia de mis no clientes había hecho que se me pasara el malestar. Pero eso mi amiga no tiene por qué saberlo. Pongo cara de pena y me agarro el vientre llevando a cabo una perfecta interpretación. Atiendo a la gente lo más rápido que puedo sin quitarle el ojo a esos dos, ya que un hombre de unos 40 años acaba de acercarse a Noelia. No puedo escuchar lo que dicen.

Sirvo la última cerveza y escucho aliviada cómo la orquesta empieza a tocar. El público toma asiento en las innumerables mesas de la enorme sala y estará entretenido durante un buen rato.

—Es mi hermano. —Mientras lo dice, Noelia coge su larga melena y la coloca sobre su hombro derecho—. Todos los años hacemos un viaje juntos, ya es una tradición.

—Soy un fraude. —Suelta él de repente, haciendo que la chica deje de juguetear con su cabello.

A su mirada ha vuelto la ternura inicial y se gira para apoyar las palmas sobre las de su acompañante. Él las cierra ejerciendo una ligera presión, apenas perceptible.

—Soy cirujano. —Prosigue con el relato sin que ella se lo pida—. Todas mis operaciones han sido brillantes… Hasta ahora. Nunca antes me había pasado, pero cuando el paciente comenzó a sufrir una parada cardíaca no supe reaccionar. El pánico se apoderó de mí, no era capaz de controlar el temblor de mis manos. Si no hubiera sido por la rápida capacidad de reacción de mi compañera… No sé qué habría ocurrido.

Desde aquí puedo ver cómo sus ojos se humedecen, agacha la cabeza y ella hace lo propio para colocarse a la altura de sus ojos.

—No voy a decirte que no eres el único al que le ha ocurrido algo así, porque eso ya lo sabes.

Veo la forma en la que Fernando comienza a acariciar la palma de su confesora con el dedo índice, muy despacio, y cómo, en respuesta, el bello de la nuca de Noelia se eriza como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Pero continúa hablando.

—Lo que parece que necesitas recordar son todas esas veces en las que has logrado la perfección para garantizar el mejor de los resultados.

La cadencia de su movimiento se detiene, separa los labios un par de veces mientras parece devanarse los sesos para darle una buena respuesta, pero no lo consigue.

—Cada vez que le has dado a alguien la posibilidad de respirar un día más has obrado la magia más codiciada. ¿Cómo no ibas a sentir presión?

—¿Y si me vuelve a ocurrir? Me he tomado el mes libre porque no soy capaz de enfrentarme a la posibilidad de que se repita.

Cierra los ojos con fuerza como si así los pensamientos que cruzan su mente pudieran desaparecer.

—No los abras. —Noelia se levanta, se coloca detrás de él, sujetándole por los hombros—. Regresa a ese momento, descríbeme lo que habrías hecho si la inseguridad no se hubiera apoderado de ti.

El joven médico relata el que debería haber sido el final de otra perfecta intervención sin despegar los párpados y cuando lo hace, una increíble sonrisa vuelve a dibujarse en su rostro.

—Puedes hacerlo. —Apenas puedo escuchar las tímidas palabras de la chica, que no ve la expresión de su compañero, por lo que no sabe si ha empeorado las cosas.

Entonces Fernando se levanta, le retira un mechón suelto de la cara, terminando la acción con una leve caricia, y se quedan en silencio mientras sus miradas se cruzan con una intensidad que hasta ahora pensaba que solo existía en las novelas.

—Creo que tú eres mi solución. —Aguanto la respiración mientras acerca con una lentitud insoportable sus labios a los de ella.

Se besan con tanta ternura que tengo que luchar por retener mis lágrimas.

—Y que voy a necesitar tu ayuda durante mucho más tiempo. —Ahora sujeta el rostro de Noelia con ambas manos, mientras las sonrisas de ambos iluminan la estancia.

Sus bocas vuelven a fundirse y yo me alejo dándoles privacidad.

María Galindo

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