En esta vida, todo tiene un principio y un final, pero esto no siempre fue así. Hubo una vez, mucho antes de que el mundo tal y como lo conocemos fuese creado, en la que nada cambiaba. Los moradores de aquellos tiempos vivían sin miedo, hambre, enfermedad ni destino. Habían existido desde siempre, por lo que para ellos el tiempo era un concepto desconocido.

Una vez, mientras jugaban a crear todo aquello que imaginaban, uno de ellos inventó el sonido en forma de una hermosísima canción que todos disfrutaron de escuchar. La melodía los acompañó desde ese momento, sonando incansable, y, lo que les había parecido tan hermoso pasó a convertirse en la fuente de su amargura. Ya no disfrutaban, hicieran lo que hicieran y fueran donde fueran, la música seguía sonando. Dejaron de crear y de compartir, tan solo deseaban que algo pasara para que volvieran a estar como estaban antes del comienzo de aquella canción. La situación se volvió tan insostenible que decidieron reunirse todos juntos y para pensar una solución

—Algo tenemos que hacer para que esta melodía vuelva a no existir —inició uno la reunión denotando en su voz la desesperación que todos sentían.

—Eso no es posible. Lo que existe es, no puede no ser. Al crear la canción comenzó a ser, no hay solución —decía otro usando la lógica.

—Pero si antes no era, ¿no puede volver a ese estado?

—¿De qué manera podría eso pasar? Todos la hemos oído. Desde el momento en que fue creada se convirtió en una realidad.

—Algo tenemos que hacer…

—No se puede hacer nada…

Las voces empezaron a surgir de forma desordenada. Unos y otros querían dar su opinión, pero ninguno ofrecía una solución al problema. El jaleo se hizo tan fuerte que ya ni siquiera se escuchaban unos a otros. Uno de ellos, que no había hablado en toda la reunión, se puso en pie, repentinamente sobresaltado.

—¿Lo habéis oído? —preguntó. Tuvo que repetir la pregunta cuando los demás guardaron silencio para escucharlo.

—¿El qué? No se oye nada salvo la melodía.

—Ahora mismo, mientras hablabais, no estaba —explicó emocionado.

—¿Cómo es eso posible? Si ha sido creada, existe.

—Por un momento existió de una forma diferente. Yo la conocía, pero no podía oírla. Al igual que vuestras voces cuando guardáis silencio.

Se extendió un murmullo general que fue aumentando según las voces se alzaban unas sobre otras para ser escuchadas.

—¡Es cierto! —exclamó uno de ellos—. ¡No podía oírla!

El entusiasmo se generalizó y la esperanza comenzó a extenderse como el agua que se desborda.

—¿Y cómo hacemos para que no se pueda escuchar? ¿Creamos otra cosa que nos impida oírla?

—Tengo otra idea —dijo aquel que se había percatado de la solución en primer lugar—. Al igual que usamos cuanto nos rodea para crear aquello que imaginamos, convirtamos la melodía en algo diferente. Así seguirá siendo, pero lo hará de una forma nueva.

Y así fue como crearon el recuerdo. La melodía siguió existiendo en su memoria y tan solo tenían que desear hacerlo para que apareciera en su mente, tan clara como si la estuvieran escuchando.

Aquello les permitió crear nuevas melodías y canciones, que después convertían en recuerdos. Aprendieron a hacer lo mismo con algunos de los objetos que habían creado y que ya no utilizaban. Descubrieron que, en ocasiones, sus recuerdos eran mejores que la propia realidad. Aprendieron a disfrutar de las cosas mientras estaban presentes y a dejarlas ir llegado su momento. Sin darse cuenta, habían creado el paso del tiempo.

Cuando ya no les quedó ilusión por crear, poco a poco todos ellos fueron formando un nuevo deseo. Habían disfrutado de la existencia y, como todo lo demás, había llegado el momento de dejarla ir.

—Quiero convertirme en un recuerdo —dijo uno al fin en voz alta.

A su voz se fueron sumando uno a uno todos ellos, sin que ninguno discrepara de la decisión general.

—Debemos dejar de ser, para que otros puedan comenzar a serlo. Tenemos que transformarnos.

—¿Pero cómo? Alguien debe encargarse de hacer el cambio.

Inventaron entonces el azar para decidir quién de entre todos ellos sería el guardián de los recuerdos. La recién creada suerte decidió que fuera una quien se encargara de hacer el cambio. Ella habría de quedarse para que los demás pudieran marcharse. Convirtió a todos los seres en recuerdos y fue destruyendo todo cuanto había sido creado. Nada quedó salvo ella misma. Cuando terminó, con sus propias manos fue creando un nuevo universo lleno de mundos y seres que más tarde volvería a destruir para volver a empezar. Hizo esto tantas veces que no soy capaz de contarlas. En cada ocasión creaba una serie de ayudantes en cada mundo que se encargaban de velar por los ciclos que ella misma había creado.

Algunos seres, no los más inteligentes, pero sí los más creativos, llegaron a percibir de su existencia y la de sus ayudantes, a quienes llamaron dioses. Ella ha sido denominada de muchas formas, a veces incluso ha sido percibida como si fuera muchas cosas a la vez: la Madre y la Muerte, Gaia y Caos, Brahma y Shiva… Los seres más humildes también la reconocían en las cosas más cotidianas y la llamaban por sus propios nombres: primavera y otoño, lluvia y sequía, infancia y vejez… Sus nombres eran tan infinitos como lo era su existencia, pero esos nombres, igual que los seres que los pronunciaban, tenían una vida finita. De su mente habían sido todos creados y a ella todos volvían al terminar su ciclo en forma de recuerdo que guarda alguien que no ha tenido ni un principio ni tendrá un final.

Marta González Peláez 

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