Las democracias mueren y son los hombres quienes las matan, unas veces por acción  y otras por dejación: es por eso que hoy me veo obligado a cometer un magnicidio. Hace tiempo que los políticos nos perdieron el miedo a los ciudadanos y con ello el respeto. Ya no nos escuchan, no tienen necesidad de hacerlo: primero nos vendieron las bondades del pacifismo, luego de la parsimonia y hoy somos incapaces de rebelarnos. Como tú, yo cedí la libertad de tomarme la justicia por mi mano a cambio de que fuera el estado quien velara por ese derecho. Pero nos han traicionado, han corrompido las instituciones, saqueado la hacienda y roto el contrato social. Cuando no cumples con las obligaciones de tu puesto, tu jefe te despide, pero cuando no lo hace un gobernante, ni el siguiente, ni el siguiente… Es por eso que hoy me veo obligado a cometer un magnicidio, alguien tiene que recordarles para quién trabajan.

            Dejo en la bandeja de seguridad el móvil, la cartera y las llaves antes de pasar por el arco detector de metales. Un pitido estridente gime desde el aparato y uno de los cuatro vigilantes me da el alto de inmediato. Por un momento me pongo nervioso, si me cachean acabaré con mis huesos en la cárcel. Estoy en el acceso de visitas del  Congreso de los Diputados intentando colar un arma. La llevo desmontada en el interior de la chaqueta: una pistola impresa en 3D, de plástico, indetectable; al menos en teoría.

            — ¿Lleva algo metálico encima?— me pregunta el guardia mirándome de arriba a abajo con suspicacia.

            Lo pienso unos instantes. He estado tan preocupado de disimular mis intenciones que he pasado por alto quitarme el cinturón. Pido disculpas por ello y lo dejo en el contenedor, luego vuelvo a cruzar, esta vez sin sobresaltos. Mientras subo la escalera que da acceso al palco de visitas respiro llenando mis pulmones; he conseguido mi primer objetivo. Me siento en el lugar que me asignan y compruebo el hemiciclo: un piso más bajo se agolpan cientos de sillones de color rojo y azul, frente a estos la tribuna y las puertas de entrada. A cada lado de la grada  hay varios guardias armados. Disimulo mirando la bóveda, donde hay pintados un centenar de personajes históricos del país. Allí también puedo ver los tiros de Tejero. Sonrío: él lo hizo para acabar con la democracia, yo pelearé para que la recuperemos. Podría haber elegido otro lugar para mi alegato, un lugar con mejores vías de escape, pero allí están todos los partidos representados y todos son culpables de que hayamos tenido que llegar a esto. 

            Veo como uno a uno van llegando los diputados, charlan distraídos, ajenos a mis planes. Yo voy seleccionando objetivos en los distintos grupos, es importante que no sean todos de derechas o izquierdas, si no algún charlatán acabará por usarlo para hacer campaña y estaremos como al principio. La gente no lo sabe, pero en una democracia auténtica el trabajo de los políticos es un noventa por ciento de gestión y solo un diez por ciento de hablar, pero les votamos por lo que dicen y luego pasa lo que pasa. En una corruptocracia el esfuerzo de los partidos es elegir a un selecto grupo de bufones que acaparen la atención de los medios con continuos escándalos mientras que el verdadero poder opera en la sombra. ¿Tú en cuál crees que vives?

            El debate, o más bien el circo, da comienzo. Unos y otros se arrojan trapos sucios a la cara, como si en vez de en una institución pública estuviesen en un parvulario. He visto peleas de borrachos más argumentadas que lo que sale de las bocas de estos «ilustrados.» En vez de  resolver los muchos problemas del país, se esfuerzan en crear aún más. Tras media hora escuchándolos se refuerza en mí la idea de que la única solución es matarlos. Me excuso para ir al aseo y una vez allí monto el arma. Cuando regreso siguen enfrascados en una discusión muy actual: la guerra civil. Hace más de ochenta años que sucedió y todos los que participaron están muertos o seniles, pero para algunos el combate nunca terminó, a pesar de que no habían ni nacido cuando estos hechos se produjeron. Es como si en el Parlamento Europeo, franceses y alemanes empezaran a acusarse unos a otros de los muertos de la Segunda Guerra Mundial. Pero claro, es más fácil insultar que liderar y además se consiguen más likes en Twitter. Divide y vencerás o lo que es lo mismo, distrae al ciudadano de las cosas importantes y así podrás robar impunemente. Porque mientras estemos peleando entre nosotros no nos centraremos en derrocar al verdadero enemigo: nuestros políticos. Es por eso que hoy me veo obligado a cometer un magnicidio.

            Me siento en la butaca y dejo pasar las horas: cuanto más espere, más cansados estarán los guardias y más opciones tendré de lograr mi objetivo. Cuando veo que unos cuantos miembros del gobierno desatienden sus obligaciones para ver vídeos de gatitos en sus móviles o jugar al Candy Crush, asumo que ha llegado el momento. Saco el arma en silencio y sin levantarme del asiento ni perder el tiempo en apuntar demasiado, disparo al presidente. El tiro resuena en la sala como un petardo bien cargado, pero la cúpula semicircular se encarga de amplificar el sonido como si fuera un cañonazo. El hombre cae y muchos de los presentes empiezan a mirar hacia el techo intentando averiguar qué ha pasado. Yo me apresuro a dirigir la pistola hacia uno de los miembros de la oposición. A este lo tengo más cerca con lo que le acierto en pleno pecho. Es entonces cuando se produce el caos. Unos tratan de huir, otros de esconderse bajo la mesa y la policía me busca con la mirada: saben que estoy en el segundo piso. Por suerte para mí, en el palco de visitas reina la misma anarquía que en el hemiciclo y puedo refugiarme detrás del parapeto. En estos momentos podría arrojar el arma al suelo y tratar de huir camuflado por la estampida que empieza a formarse, pero no he terminado mi misión. Me levanto y apunto a un apelotonado grupo de diputados que trata de huir a la carrera. No tengo un tiro claro, pero pertenecen a una de las facciones más populistas. Aprieto el gatillo confiando en que acertaré a alguien: un grito confirma mi teoría.

            Un balazo me alcanza en el hombro, un segundo me sobrevuela  la cabeza y el tercero me roza el costado. Me arrojo por el balcón y aterrizo sobre una carga pública. Me incorporo y trato de avanzar entre tambaleos mientras apunto a un miembro de la cámara. Disparo. Sigo apretando el percutor hasta agotar las balas. Hay muertos de todos los bandos, mi justicia no ha discriminado a nadie. Caigo fulminado por una descarga que me atraviesa las entrañas, pero estoy contento: lo último que veo antes de morir, es miedo en los ojos de nuestros gobernantes. Me marcho sabiendo que a partir de ahora este será un mundo mejor.

Daniel Piniella

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