El viejo Coco se pasaba todo el día maniobrando. Palanca para arriba, palanca para bajo, su trabajo consistía en controlar las corrientes marinas. Siempre se podía ver a Coco sentado sobre su modesta plataforma en medio del Atlántico, bajo la sombra de una palmera, toqueteando sus herramientas y rascándose de vez en cuando el cogote en señal de concentración. Y es que su tarea era sumamente importante para todo el planeta, aunque no por ello sentía la presión asfixiante que suele ir asociada a este tipo de trabajos.

Hemos de admitir que Coco ni siquiera era consciente de la magnitud de su labor, pues su inteligencia no era tan grande como su maña y, por tanto, sus pensamientos no iban más allá de: “¡ahora va la corriente del Golfo!”, y entonces Coco movía la palanca roja; “¿Y la de Labrador? ¡Aquí viene!”, y Coco empujaba la palanca azul.

Si hubiésemos sido pájaros, habríamos sobrevolado el océano y, en medio de nuestro viaje —y siendo muy intrépidos—, visto a una criatura marrón ir de aquí para allá con su cabeza redonda y sus manos vegetales. Habríamos descendido para observarla de cerca y, solo entonces, descubierto sus maravillosos rasgos un poco camuflados entre las hebras que son características en la piel de esas frutas. ¡Qué entrañable nos resultaría Coco!, con sus arrugas octogenarias, sus movimientos oxidados y su existencia imposible de concebir para cualquier ser humano que olvidó ser niño. ¡Un coco que habla! Gritaría. Me habré vuelto loco. Pero nosotros no dudaríamos de su existencia, sino que miraríamos a Coco trabajando afanosamente y, sin duda, nos parecería un viejecito risueño y conmovedor entusiasmado aún, en el epílogo de su vida, por aquello a lo que siempre se había dedicado.

Solía cantar de vez en cuando canciones sobre viajeros que amaban el mar:

Y Coco conoce a un viajero

que trató los mares con energía,

que amó las aguas por siempre

y que, a su muerte,

a ellas entregó su propia vida

 

A veces, entonaba cánticos que le permitían refrescar sus lecciones:

 

Por la mañana, las palancas pongo a funcionar,

el sol me alumbra los colores,

las sombras me hacen descansar.

 

Del alba hasta el ocaso

varias tengo que empujar:

la roja son el Golfo y Noruega,

la azul, Labrador, Canarias

y, más tarde, Groenlandia Oriental.

Por último, la negra

para el Atlántico Norte y el Norte Ecuatorial

Y de esta forma, el viejo Coco, que ya iba por los seis meses de edad, alegraba la soledad de los mares.

El último cántico se produjo a las seis de la mañana bajo la luz de un cielo copado de nubes grises. Algunos rayos conseguían filtrarse por entre los descosidos de aquel velo celeste, lánguido y plomizo que, ya con su color amortiguado, aventuraba algún tipo de desgracia. Coco bostezó, arrastrando aún la letanía del sueño, y entre estiramientos y tarareos musicales, se repeinó las últimas hebras del cogote una vez más. Con ternura, miró la palmera que, desde siempre, le había dado cobijo, se situó a sus pies y proclamó: ¡allá va este viajero…! Y ¡plaf!, un golpe seco y el cráneo de Coco se partió por la mitad, quedando expuesto ante el inacabable horizonte del Atlántico con sus dos mitades rendidas a cada lado de la plataforma y derramando su agua vital hacia el océano. Coco había muerto.

Pero, sobre el viejo, un nuevo Coco recién caído del árbol le rindió homenaje y, haciendo deslizar los restos hacia uno de los flancos de la plataforma, cantó por primera vez:

Y Coco conoce a un viajero

que trató los mares con energía,

que amó las aguas por siempre

y que, a su muerte,

a ellas entregó su propia vida

No se demoró mucho, ahora le tocaba a él controlar los senderos. 

Rosa A. Gisbert 

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