Siempre fueron los mandamases, los envidiados, el mayor ejemplo de lo que una pareja querría ser. Enrique trabajaba en la editorial Salamandra, rodeado muchos volúmenes que de vez en cuando tomaba para leerle a Palomino cuando naciera. Lidia, por otro lado, era la jefa de cocina del hotel del puerto, y había mantenido su puesto impasible hasta los 7 meses de embarazo. Eran fuertes y resolutivos. No había nada contra lo que no pudieran, sobre todo si lo hacían juntos. Llevaban 3 años casados y estaban empezando a añorar un pequeño humano más que diera alegría al bungaló en el que residían.

          Los dos últimos meses de embarazo fueron, quizá, los únicos momentos en los que demostraron ser humanos con los nervios preparando la maleta, recibiendo regalos y decorando la habitación. Estaban al borde de colapso cuando, un 13 de julio, el nuevo humano vio la luz. Fueron cinco horas de pura desesperación, de agonía, de dolores… hasta que Palomino estuvo entre los brazos de Lidia, cuando todos los males se disiparon, o eso era lo que muy probablemente pensaron.

          La primera noche la disfrutaron. Cada llanto los despertaba, es verdad, pero les estimulaba saber que conseguían callarlo y que estaban haciendo un buen trabajo. No obstante, las noches fueron pasando y el panorama no mejoró. Palomino nunca paraba, nunca tenía cariño, comida o pañales suficientes, siempre quería más. Y lo peor no era eso, lo peor era cuando lo dejaban y el pequeño reía. Uno podría pensar que eso sería maravilloso, estupendo y genial, pero los padres sospechaban que el bebé lo hacía con malicia. Alguna vez el niño empezó a gritar de madrugada para que fueran ambos padres a verlo y, cuando estuvieran allí, empezar a reírse hasta hacerse pis y obligarlos a cambiarlo de pañal de nuevo. Definitivamente, esa criatura no era normal.

          Con el paso de los años las sospechas se fueron confirmando. Palomino siempre llegaba a gritos con un papel de la profe en el que se destacaba su mal comportamiento tanto con la maestra como con los compañeros. Nunca hacía los deberes y seguía comiendo arena solo para que cuando fuera al baño el váter quedara hecho una pena. Esa es otra, en casa no era mucho mejor. Por muchos castigos que le impusieran, charlas, privaciones de cosas como la tele, la videoconsola, quedar con amigos (los cuales parece que no eran mucho mejor que él, aunque sí un poco más tranquilos)… nada, nada servía. El niño se aprendía canciones malsonantes, lanzaba babosas a cada persona que pasara por delante de la ventana de su cuarto[1], pintaba las paredes al son de la música de Peppa Pig en bucle, escribía en cualquier mesa cosas como «caca» o «toto» y, lo más inquietante, estaba empezando a desarrollar una risa cada vez más siniestra. Parecía que Enrique y Lidia habían envejecido más años de los que en realidad habían pasado. Ese niño era el mal personificado.

          El día de su noveno cumpleaños, cuando vio la tarta que le habían comprado sus padres, Palomino decidió que era demasiado mayor para el trocito que le darían. Se abalanzó sobre el pastel y se olvidó del uso de la cuchara. Lo importante era tragar, las manchas eran lo de menos, más tarde podría comerse la camiseta si era necesario. El dulce sabor de chocolate blanco lo espabilaría para poder continuar haciendo trastadas el resto de día. Sin embargo, cuando iba por la mitad Lidia apareció y lo pilló in fraganti.

          ―¡Palomino, qué estás haciendo! ―Gritó ella.

          ―¿No lo ves…? ―decía mientras medio masticaba medio dejaba caer parte de la comida de la boca―. Estoy comiendo mi pedazo.

          Lidia era consciente de que ya no había nada que hacer. Castigarlo ya no era una opción. El pequeño no aprendería por mucho que se le intentase inculcar algo de raciocinio o benevolencia. En su lugar, fue a buscar a Enrique y contarle lo sucedido. Él no se encontraba con mejores ánimos, pero no iba a dejarse vencer por un chaval de menos de una década.

          Después de tantos profesionales y tantos intentos por reconducirlo, tomó la decisión que para cualquier habría sido lo más tonto: un exorcista. El cura de la iglesia del barrio serviría. Con esa idea en mente, fueron en su busca a pedir  consejo… o algo. Al entrar en la iglesia y verlos, Federico se acercó a prisa, sabiendo que algún día llegaría ese momento:

          ―¡Por favor, Fede, ayuda! ―Lidia estaba al borde de las lágrimas.

Antes de que pudiesen explicar nada, el cura se atrevió a hablar:

―Es sobre Palomino, ¿a que sí?

―¿¡Cómo lo sabe!? ―preguntó un confundido Enrique.

          ―Veréis, llevo muchos años en este oficio y he conocido casos de lo más variopintos. El vuestro, perdonad que os diga, no es nada especial. He visto a muchos venir pidiendo a Dios que los perdonaran por algún pecado del que no habían sido conscientes o algo… Tonterías. El único pecado es ―Tragó saliva para poder vocalizar y dejar claro el motivo―… ese nombre.

          ―¿El nombre? ¿Qué le pasa al nombre? ―dijo extrañada Lidia―. Lo elegimos pensando que sería lo mejor para todos. ¿La paloma no es el símbolo de la paz? Se lo pusimos pensando en eso…

          ―¡Pues cometisteis un gran error! Dejad las supersticiones y creencias de una vez, joder ―¿El cura había dicho eso de verdad?―. No puedes llamar a tu hijo con un nombre de esa magnitud y esperar que se porte como un héroe. ¡Es un nombre horroroso que define al villano, la sustancia del mismísimo mal! ―gritó.

          ―¡¿Cómo puede decirnos eso?! Nosotros solo queríam… ―La pareja estaba alzando la voz como el sacerdote, replicando e intentando excusarse. Sin embargo, el cura los interrumpió.

          ―Callaos de una vez ―espetó―. Haced el favor de ir al registro civil y cambiarle el nombre al pobre crío si queréis tener un hijo normal.

          Lidia y Enrique se miraron a la vez, intentando buscar la lógica a lo que estaba diciendo el hombre de la sotana.

          ―¿Será broma…?

―¿Eso funciona? ―preguntó Lidia con curiosidad.

          ―¿Ponéis en duda mi palabra? Largaos antes de que os dé la hostia, y no la que damos a los feligreses. ―Definitivamente, este cura solo lo era de boquita―. Así que venga, largaos ya. A saber qué está haciendo el chaval ahora mismo.

          La pareja no estaba segura de qué hacer, pero, aparte de lo convencido que parecía Federico (y su mano acompañando a su lengua en las blasfemias que estaba soltando), no pensaban que tuvieran nada que perder.

          ―¡Vamos, que parece que os cueste pensar! ―Empezó a empujarlos fuera de la iglesia, mientras rebuscaba en su bolsillo un papel―. Nosotros nos pondremos en seguida con los papeleos para la ficha de su bautizo. Y tomad esto, es una lista con todos los nombres que no debéis ponerle; ni Gervasio, ni Topacio, Godofredo…

          Mientras el cura seguía diciendo nombres, los padres hicieron lo debido. Desde ese entonces, Palomino, ahora Simón, empezó a ser una persona de provecho y sin maldad… Y es que hay cosas que hay que pensarlas bien, como el nombre del bebé que venga de camino.

[1] Ningún animal fue herido o maltratado a lo largo de esta historia.

José Santínez 

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