Te voy a decir una cosa, nunca seas anfitriona de una cena en tu casa si vives en otro país, en un piso diminuto y no sabes cocinar. Tú hazme caso. Ni lo intentes. No te vengas arriba porque tengas algo que celebrar, tengas visita o quieras demostrar a tus amigos extranjeros que la comida de tu país es la mejor del mundo mundial. Para eso se inventaron los restaurantes. Y si no me crees te voy a contar todo lo que puede salir mal.

Estás en un pub tomándote una pinta con tus amigas de la oficina y de repente la conversación gira hacia el viaje de Mary por Andalucía y lo bien que comió allí. Tú no tienes ni puta idea de cocina, pero, vamos, si se habla de la comida de tu tierra, tienes todo el derecho de convertirte en una autoridad del tema y empiezas a enumerar una lista de todos los platos que son un must si viajas por el sur de España. Las pintas van haciendo su efecto y empiezan a liarse el gazpacho con la paella valenciana y las tapas con los pinchos vascos. Lo próximo que recuerdas es tu cuerpo serrano levantándose para proponer un brindis y la invitación que haces a todas para que vengan a cenar a tu casa la próxima semana.

Que no cunda el pánico, tres amigas tomando unas tapas no es un gran problema, hasta que sin saber cómo las tres amigas inglesas se convierten en diez y te ves buscando en Amazon una mesa y sillas plegables para meterlas a todas en ocho metros cuadrados. Aún no has empezado a hacer la lista de la compra y la cena ya te va a salir por un ojo de la cara.

Ahora pasemos al menú; después de convencerlas de que la paella no se come por la noche y que of course habrá sangría, piensas en una cena de tapas y algunas raciones como si estuvieran en El Pimpi o en la tapería de Columela. Anotas los básicos: pan para los montaditos, algo de jamón del bueno, queso manchego, tomates para hacer un salmorejo, gambas, calamares…, y cuando terminas tienes que empezar a quitar cosas porque esto es algo informal y no el banquete de la última cena.

Con el menú ya decidido toca ir de shopping. Como siempre has odiado los mercados tradicionales y no piensas madrugar en fin de semana, no te queda otra que ir a un supermercado. Y aquí comienza la pesadilla: el pan es de todo menos pan, el jamón si lo quieres de verdad tienes que donar un riñón como mínimo, el pescado todo congelado y llega un momento en el que quieres ponerte a llorar en el pasillo de los mariscos, pero luego te acuerdas de que estás en un Morrison un sábado por la mañana y no es plan de montar una escena. Además, tus amigas solo han ido a España una vez en su vida y no será muy difícil darles gato por liebre.

En medio de esta crisis, se te ocurre comprar algo de carne británica, y ves un pato que está en oferta. Buscas rápidamente una receta en tu móvil y te vuelves a venir arriba. ¿Pero dónde vas, alma de cántaro? ¡Si tú no has comido pato en tu puñetera vida, salvo en paté! En ese momento la cena ha pasado a ser un mix hispano british y te diriges a tu mini piso para pasarte el resto del día en la cocina.

Pones música en Spotify, te pones ropa cómoda y empiezas con el ritual de la cena. Lavas todos los ingredientes, los organizas por platos, escribes las recetas y las pegas en los cristales, te sirves una copita de vino dulce para inspirarte y al lío. El pato aún está por descongelar, el horno de repente no funciona y te acabas de dar cuenta de que no tienes suficientes cubiertos y copas para todos. Con cada descubrimiento, otra copita de Canasta para ahogar las penas.

No sabes ni cuántas horas han pasado, pero el tiempo se te ha echado encima. Cuando llegan las primeras invitadas, las recibes con una mesa sin mantel, porque también se te había olvidado comprarlo, llena de pan con cosas encima y un par de tortillas de patatas quemadas. Menos mal que hay tanta sangría que esperas que en breve ya nadie se acuerde de la diferencia entre una anchoa y una sardina.

Alba García

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