La quería mucho, demasiado. Por eso tuve que hacerlo.

Primero, era imprescindible una muerte rápida. Así que el envenenamiento, descartado. Segundo, tampoco era adecuado un fallecimiento con hemorragias, en la que se perdiera mucha sangre (aunque esto no lo tenía claro, pero me lo imaginaba con mis escasos conocimientos). O sea, que tampoco podía degollarla o descuartizarla. Algo que por otro lado me veía bastante incapaz, si lo paso fatal cuando tengo que cortar las alitas de pollo en dos. Y tercero, no disponía de armas ni nada por el estilo. Me tenía que buscar algo casero, de andar por casa. Bueno, imaginación nunca me ha faltado, la verdad.

Tras darle vueltas y más vueltas, por fin lo tuve claro. Fui a su casa un día que sabía con certeza que estaba sola. Ella pareció sorprendida cuando me abrió la puerta, pero me hizo pasar por cortesía. Me guió de camino a la cocina, sus rizos rubios parecían mullidos y suaves como en los anuncios de champú.

—Me pillas haciendo la comida.

—Ah.

—Sí, unos callos a la madrileña que le encantan a Paco.

—¿Eso no tiene mucho colesterol?

—Bueno, la verdad es que sí.—Me coloqué detrás de ella mientras cortaba con agilidad el ajo—. Pero lo hago sólo una vez a la semana. —Levanté los brazos por encima de mi cabeza, ella seguía enfrascada en la tarea—. Es como un capricho para él, con todo el estrés que tiene en el trab…

Corté la verborrea por lo sano con un golpe contundente en su cabeza. Casi sentí cómo vibraba el martillo de perforación en mi mano, era el más grande y pesado que había podido encontrar en mi caja de herramientas. En una décima de segundo, hasta llegué a pensar que si el martillo en verdad vibraba, también estaría emitiendo algún sonido. Eso nos decía el profesor de música, que la música era pura vibración en armonía.

Ella se desplomó sobre la encimera, la panceta y los ajos picados y, a continuación, incapaz de sostenerse, se fue deslizando hasta caer como un fardo en el suelo. Su mole estaba delante de mí y la moví despacio con la punta del pie. Se habían caído algunos trozos de panceta y no quería resbalarme con ellos, así que en cuanto vi que no respondía a los movimientos de mi pie, me largué de allí. Justo en la puerta me volví por última vez para ver el charco de sangre que iba creciendo donde reposaba su cabeza. Parecía kétchup con agua, lo hacía mi madre para aprovechar bien el bote en las últimas cuando yo era pequeño.

Hice la llamada anónima pertinente y volví a casa. Andrea se encontraba tumbada en el sofá con su rostro pálido y cansado. Me acerqué a ella para darle un beso en sus labios resecos.

—¿Cómo te encuentras hoy, cariño?

—Mal, no puedo más, Luis. Esto es horrible. No puedo más…—No le quedaban lágrimas para llorar.

A la media hora, sonó su móvil y ella respondió con agotamiento:

—¿Quién es?

—…

—Sí, soy yo. —Tapó el teléfono un momento para susurrarme—. ¡Es del hospital, Luis!

—…

—Sí, sí, sí. Ahora mismo salgo para allá. Tardo dos minutos en hacer mi maleta y llegar allí. ¡Gracias!

Se volvió hacia mí con mirada deslumbrante. Nunca la había visto tan bella. Sus rizos rubios flotaban en el aire como mariposas en primavera.

—Luis, ¡han encontrado un donante para mí! ¡Y parece que es 100% compatible!

Mientras la llevaba en coche a la clínica, volvió a sonar su móvil.

—¿Sí?

—…

—Sí, soy yo.

—…

—¿Cómo? ¿Ha dicho que me llaman de la Policía?

—…

—Sí, es mi hermana gemela. ¡¿Qué dice que le ha pasado…?!

La quería mucho, demasiado. Por eso tuve que hacerlo. Para salvar su vida.

Amaya a Rayas

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