Yo era demasiado joven para entender lo que pasaba pero sabía que habían pagado demasiado dinero para que lo probara. Sin duda alguna, esta fue una experiencia que cambió mi vida.

Recuerdo que la habían decorado como a mí me gustaba. Lucía flores de todos tipos y colores y formas, llamando mi atención por completo. Rosas, lirios, nenúfares… todos ellos cubrían su desnudez. Ellos la dejaron frente a mí. Por un momento pensé que la había visto temblar ante mi voraz mirada, sin embargo se mantenía entera, firme.

Su dulce aroma inundaba mi interior. Podía detectar cada matiz de su fragancia. La vainilla parecía aflorar de ella y se mezclaba con el perfume de sus sonrojadas cerezas. Mi presencia no parecía afectarle y yo me moría por hincarle el diente… Era tan tierna.

No quería esperar más. La descubrí y me sorprendí al ver cómo oscuras virutas de chocolate cubrían la parte de abajo y me tapaban la visión de sus pliegues. Acerqué mi boca por instinto a aquella parte y atrapé en mis labios un poco de su exterior. Algunas flores cayeron mientras mi lengua saboreaba por primera vez su dulzura, haciéndome entrar en éxtasis. Su sabor era lo más adictivo que había probado nunca.

Adentré mi boca aún más para saborearla mejor, para llenarme de ella. No me había equivocado. Su interior era dulce, tierno y jugoso. Noté cómo su crema me inundaba toda la boca y me dejé llevar cada vez más, hasta que mi lengua encontró su cereza. Mi insaciable boca quería saborearla por completo. Su carne avainillada, sus flores inundando mi paladar con su oscuro sabor amargo. Cada vez la devoraba con más ganas sin pensar en las consecuencias que me traería.

Se movió por mi énfasis y me asusté. Creía que se me escapaba y la agarré impidiendo que se apartarse un milímetro. No sin sentirme colmada del néctar de su interior y, sin embargo, cada vez me sentía más insaciable. Mis fauces la destrozaron sin apenas darme cuenta de lo que pasaba hasta que unos pasos acercándose a la habitación en la que estaba, hicieron que levantase mi mirada y volviera a la realidad. Me aparté sin poder evitar relamer mis labios aún llenos de su cremoso interior. No me arrepentía de lo que había hecho, pues ahora era toda mía.

–¡Lucía! ¿Qué has hecho?

–Yo…solo quería probar la tarta.

Virginia Rey Monja

Ir al contenido