—La gente es estúpida. Se cierne un gran peligro y me dejan aquí, como si fuera una loca que se ha puesto veinte pelucas en una convención de drag queens. Tienen que dejarme salir —se dijo a sí misma Chastity, sentada frente a la mesa de interrogatorio.

Un hombre bastante atractivo y con uniforme de sheriff abrió la puerta de sopetón y sonrió:

—Hola, Chastity.

—¡Eres tú! ¿No podía venir otro a tomarme declaración? —preguntó con hastío la mujer.

—No, Chastity, lo he pedido yo. Te tomaré declaración de más de un caso —respondió con cierta indignación el hombre—. ¿Por cuál quieres empezar?

—¿Por qué se me juzga, Ambrose? —dijo Chastity extrañada—. Pensaba que estaba aquí por contar verdades.

—Estás aquí por manipular a la gente con miedos ridículos. Eres un peligro para la sociedad, no estás bien de la cabeza. Y además… Me rompiste el corazón. —Ambrose dejó caer una lágrima y dio un golpe en la mesa con el puño—. Es lo peor que me ha pasado en la vida. ¡¿Cómo te atreviste a mandarme un mensaje tres horas antes de nuestra cita para dejarme plantado en casa?!

La mujer se sorprendió. No sabía que al tipo le había afectado tanto y que era tan importante para él, pero no podía hundirse, el mundo dependía de ella.

—Lo siento mucho, Ambrose, pero no pude hacer otra cosa —se intentó excusar.

—¡Me pillaste en pijama! ¿Sabes lo que significa eso? ¡Me pase el fin de semana sin ducharme y sin cambiarme! ¡Apestaba! —gritó el sheriff.

—¡El mundo está en peligro! —se puso en el mismo tono la mujer.

—¡No es excusa! Además, es ridículo…

—¡Las piñas van a acabar con nosotros como no hagamos algo! —interrumpió Chastity de golpe.

Hubo un silencio incómodo y lleno de tensión. Los dos mantuvieron la mirada hasta que la mujer se atrevió a volver a hablar:

—Soy científica, Ambrose, mi función es descubrir cómo funciona el mundo y hacer la vida de la gente más sencilla, pero el experimento con el que estaba investigando se me fue de las manos. —Respiró y continuó—. Dime una cosa, ¿has comido piña alguna vez?

El hombre, muy serio, afirmó con la cabeza. No estaba seguro de por qué, pero la cosa parecía seria.

—Desde sus orígenes, las piñas han tenido la capacidad de defenderse cuando han sido devoradas por la especie más avanzada y destructiva del planeta: los humanos. El ardor y la comezón que provoca en la lengua cuando le das un mordisco se debe a la bromelina, una enzima capaz de degradar la carne. —Se quedó mirando al infinito. Chastity era una persona muy seria cuando el tema trataba de piñas—. La piña te come a la vez que tú comes la piña, ¡por eso es una fruta que debemos hacer desaparecer!

Ambrose empezó a reírse a carcajadas.

—¡Ah, no, eso sí que no! Puedo aguantar que me abandones en nuestra cita, pero que le quite el mejor ingrediente a la pizza… Por ahí no paso.

—No estoy pidiendo que lo hagas por gusto. La piña que tenía en el laboratorio mutó y ahora está buscando a los comedores de piña para hacer lo que durante milenios se ha estado haciendo con sus familias: comer. No parará hasta que todas las pizzas se queden sin piña.

—¡Estás loca! No hace falta que hablemos de nada más. Mi corazón está roto, no voy a dejar que corrompas también mi mente. Piña mutante… —Rio el hombre.

—¡Debes dejarme salir, esto es serio! ¡Las piñas acabarán con…! —Se interrumpió Chastity al oír unos pasos—. ¿Qué es eso?

Los pasos se hicieron cada vez más cercanos. Parecía que una manada de elefantes acabara de colarse en la comisaría. ¿Qué había pasado? ¿Y cómo podía ser que ningún otro policía hubiera dicho nada? ¡¿Qué estaba pasando?!

Se hizo silencio cuando los pasos agigantados se detuvieron tras la puerta. Entonces, parte de la pared cayó y una piña de tres metros apareció tras el boquete. El caos se hizo cargo de la escena. Chastity se escondió bajo la mesa. Si no la veía, entonces no se la comería.

Ambrose no tuvo tanta suerte. Sacó su arma y disparó hasta vaciar el cargador, pero nada pudo hacer contra la piña mutante. Esta lo tomó de la cintura mientras el hombre gritaba agónicamente, sabedor de su triste final…

—¡Ay, un calambre! —gritó el actor que hacía de Ambrose.

—Corten… ¿Qué pasa, Bradley? —dijo el director con impaciencia mientras se acercaba a su protagonista.

—Nada, es que…

—¡Dios, ¿encima esto?! —Se hizo notar Joanne, la actriz que hacía de Chastity.

—¡Eh, que me he hecho daño de tanto apretar el gatillo! —Se defendió el actor—. No ha sido culpa mía.

—Ya no eres tú, es esta película de mierda —dijo enfadada la mujer—. El guion es absurdo, los diálogos peores y los efectos me dan vergüenza —se dirigió al director—. ¿De verdad pretendes que nos tomemos en serio esto? Es más, ¿¡esperas que los espectadores vean esta basura!? Ni siquiera las sitcom tienen tan bajo nivel, y eso que usan risas enlatadas de gente muerta para decir a la gente cuándo reírse.

—¡Eh, si no quieres participar en esta obra maestra, eres libre de largarte! Conozco otras mil personas interesadas en el papel —dijo el director con soberbia.

—Tu prima no cuenta como actriz —atacó Joanne.

El director se quedó con la boca abierta. Nunca habría esperado que alguien pusiera en duda las capacidades interpretativas de su prima, nadie se habría atrevido. Ese ataque no iba a quedar impune.

—Lárgate. Ya. No queremos divas con tanto «talento» en este set —respondió tajante el director.

Tras este comentario, tanto Joanne como otras mujeres que había en el set de rodaje tomaron sus pertenencias y se largaron.

—¡Eh! Pero ¿qué hacéis? Oídme, ¡solo he echado a la protagonista! El resto os podéis quedar…

El pobre director se quedó desolado. Solo quedaban hombres, y algunos papeles estaban escritos para que fueran hechos por mujeres necesariamente. Los guiones sexistas siempre ganaban admiradores. Ante tal panorama, miró a su actor principal, quien murmuraba algo como «Qué habrá querido decir con risas de gente muerta…» y se le ocurrió una idea.

—Oye, Bradley, ¿estás dispuesto a hacer doblete o triplete?

José Santínez

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