Silvain Aigrefeuille siempre había odiado vestir el uniforme del ejército napoleónico en Egipto. El calor era implacable pese a que el otoño estaba a la vuelta de la esquina. Aquel año, 1799, estaba siendo más árido que la campaña anterior. Él no era soldado, sino un miembro del Instituto de Estudios Egipcios de El Cairo. El año anterior habían descubierto una serie de montículos al Sur de Menfis, que parecían esconder una antiquísima necrópolis. Durante ese verano, habían comenzado masivamente las excavaciones y, dados los buenos resultados, Aigrefeuille tenía la posibilidad de dirigir por primera vez un grupo de excavación en esta segunda campaña. No contaba con arqueólogos expertos en su equipo. A penas eran un grupo de diez, casi todos obreros egipcios con los que no podía comunicarse.

Husani era el único que hablaba francés. Hijo de un egipcio y una mujer de Senegal, hablaba cuatro idiomas y había trabajado más tiempo que Aigrefeuille en las excavaciones. El francés sabía que el africano no trabajaba para él por gusto. No solo era alguien sin experiencia, sino que Husani estaba ahí obligado por el ejército francés. Aigrefeuille le necesitaba. En Menfis se había encontrado un largo papiro del siglo I antes de nuestra era. Estaba en perfectas condiciones y escrito en copto. Según Husani, el papiro indicaba que cerca de allí se encontraba una pirámide. La más antigua de todas. No había contado con descubrirla. Es más, no lo había hecho. Pero sí habían dado con una impresionante estructura del Reino Antiguo de muros de ladrillos de adobe: una mastaba, la tumba de algún alto funcionario, con suerte de algún faraón.

A esas alturas ya habían abierto la entrada, que había sido cegada milenios antes por los propios egipcios, pero las excavaciones se habían detenido. La enfermedad se había expandido entre los trabajadores y había llegado a afectar al propio Aigrefeuille. Sudaba y temblaba, igual que los obreros habían hecho el día anterior. Había enviado un mensajero a Menfis para que trajera un médico con urgencia, pero tumbado en la cama con el cuerpo ardiendo, solo unas horas después, dudaba que fuera a llegar antes de que todos muriesen.

Husani entró en la tienda de campaña de Aigrefeuille con la parte inferior del rostro cubierta con un pañuelo grueso. Traía algo de pan, leche y guiso aguado de cordero que Aigrefeuille no probaría, igual que no había tocado la cena de la noche anterior. Miró al egipcio frunciendo el ceño, apartándose la compresa húmeda de la frente.

–Husani, ¿Cómo es que eres el único que no ha caído enfermo? –carraspeó con dificultad.

–Husani respeta a los muertos y la tradición.

–¿Sabes lo que nos pasa? –El egipcio asiente–. ¿Sabes cómo evitarlo? –Guarda silencio–. ¡Di algo! ¿¡Piensas dejarnos morir así!?

Se forma un silencio tan denso que se siente al tragar. Husani mira al suelo, pensativo, antes de atreverse a hablar.

–Nathifa, mi esposa. Ella sabe cómo. Solo el señor Aigrefeuille puede autorizar su visita.

Aigrefeuille firmó sin dudar la autorización para que Husani pudiera recoger a su esposa del complejo residencial donde vivían las familias de los trabajadores para que estos no se fugaran. Para cuando ella llegó al yacimiento, el francés ya deliraba y su cuerpo ardía como las brasas, pese a que él sentía frío. Tan solo recordaría a una muchacha de ojos negros y grandes orejas haciéndole beber una crema amarga que lo hizo vomitar toda la noche, hasta que su cuerpo no pudo expulsar nada más que aire.

A la mañana siguiente, la tienda de Aigrefeuille estaba inundada de olor a muerte, pero él seguía con vida. Salió, incapaz de soportar aquel ambiente putrefacto, y fue a ver a sus hombres. Todos parecían haber pasado la noche en las mismas condiciones que él y se afanaban en limpiar el campamento que, en esas circunstancias repugnantes, era imposible de aguantar.

Cuando fue a la tienda de Husani no encontró rastro de él ni de su esposa. Hasta sus cosas habían desaparecido. Por el desorden de la habitación, Aigrefeuille supo que habían huido. Encontró sobre la mesa restos de verrucaria, o heliotropo europeo en lenguaje purista, una planta con efectos purgantes que se utiliza en casos de fiebre intensa e intoxicación.

Un hombre al que no conocía entró en la tienda. Tenía rasgos egipcios, pero vestía el uniforme de mensajero del ejército francés. Aigrefeuille se giró hacia él, escondiendo la mesa tras su cuerpo.

–¿Monsieur Aigrefeuille? –preguntó con respeto–. Hemos recibido su petición de ayuda. Traemos un médico de Menfis. Llegará en pocas horas.

Ahora que todos se encontraban perfectamente aquella noticia no supuso nada para Aigrefeuille. El mensajero no dejaba de mirar la habitación vacía con creciente curiosidad.

–¿Le falta un hombre? –preguntó con la intención de informar de todos los detalles a su regreso.

–Murió –contestó el francés tirando al suelo los restos de verrucaria–. La infección acabó con él. Tuvimos que quemar su cuerpo y todas sus cosas anoche.

Husani podría haber huido una vez tuvo la autorización en la mano para saca a su mujer del complejo residencial, pero en lugar de eso decidió salvar la vida de los hombres del campamento aunque lo retrasara. Dejarlo escapar, evitar que lo siguieran, sería la forma en la que Aigrefeuille le agradecería su gesto.

Marta González Peláez

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