Eran las cinco de la madrugada cuando el teléfono comenzó a sonar. Fuera de la estancia no se escuchaba nada. El poderoso mutismo del silencio se apoderaba de todo a su paso mientras que el persistente timbre retumbaba en mi cabeza aún adormilada. Sobresaltada, lo cogí casi sin aliento. Lo que ocurrió después fue de lo más extraño. El juego había comenzado… y yo era la pieza principal.

«¿Diga?» La pregunta resultó demasiado alterada, era obvia mi preocupación pero no recibí respuesta. Repetí varias veces la cuestión cada vez más enfadada. Estaba a punto de colgar cuando escuché un fuerte estruendo tras el aparato seguido de una voz siseante. Se escuchaba muy lejana, parecía provenir de las profundidades del averno. Por un momento, me quedé callada intentando descifrar aquel sonido espectral. Un escalofrío iba subiendo poco a poco por todo mi cuerpo. Desde la punta de los pies hasta la cabeza. De golpe, colgué. Como si fuese una estatua de piedra, estuve petrificada delante del teléfono mirándolo sin mirar; en mi retina aquellos números de las  teclas parecían bailar e, incluso, formar una tenue cara sonriente y burlona. Retrocedí unos pasos antes de volver en mí. Me senté en el sofá, justo en frente del receptor. Al cabo de un rato, volvió a sonar. Sonó una y otra vez hasta que lo volví a coger.

«¡¿Diga!? ¡¿Quién es?!» Nada. No escuché nada. A los pocos segundos, una respiración entrecortada se dejó caer en la línea telefónica. Algo o alguien dijo muy despacio, muy bajo: «Estoy aquí». De nuevo, ese pitido seguido de un balbuceo ininteligible. Esta vez permanecí a la espera.

La luz empezó a tintinear y unos golpes secos se escucharon en la entrada «pom-pom». Mis ojos vagaban por toda la habitación buscando no se sabe qué, dilatados y casi brillosos. «Déjame entrar. He venido desde muy lejos para…» Oí al otro lado de la máquina. La voz parecía estar muy lejos pero su tono fue más claro. Por un instante, recobré la serenidad pero no hablé. Busqué el botón de la grabadora y pulsé. La conversación se había cortado. Los golpes cesaron y la luz se apagó por completo.

Encontré una vieja vela medio consumida por el uso y la encendí. Comprobé que el resto de las habitaciones tuviesen luz. Así fue. Se había fundido la bombilla. No obstante, dejé encendidas las luces por todos lados  mientras la cambiaba aún aterrada. Volví a la cama y me tapé hasta arriba acurrucada y con los ojos bien cerrados. ¡Cómo si eso fuese a salvarme de algo!

A continuación, otra llamada. Provenía del móvil. No quise cogerlo pero siguió insistente. Finalmente, sin ver ni siquiera el número, lo cogí. Otra vez igual. Se escuchaba entrecortado y apenas podía distinguirse la voz que salía de él. «¡¡¡Voy a llamar a la policía!!!» Fuera, un tremendo pitido de un coche me turbó. El susto que me llevé fue tal que el vello de mi piel se erizó. Por el celular mi nombre salía a borbotones a la vez que decía: «Estoy en la puerta…». El chirriar del postigo indicó que alguien entraba. Esa persona apagaba las luces una a una y sus pasos eran suaves. Su sombra aparecía en la entrada a la habitación y grité con todas mis fuerzas.

Atónito, ante mí, Julio aparecía entre la penumbra. Había llegado de viaje de negocios, el avión se retrasó, como ya me había dicho esa tarde. Quería darme una sorpresa, por eso no avisó que venía de camino, desde luego las horas no eran las más adecuadas… Intentó llamarme pero la cobertura del teléfono fallaba, así que subió a nuestro hogar. Al ver que no abría bajó al coche, en donde se había dejado las llaves de la casa, y volvió a subir.

Él se dirigió a mí y me abrazó con fuerza. Cuando me tranquilicé y, tras los primeros momentos de rabia por el susto, yo también lo hice y le besé. Había sido un viaje muy largo y yo había estado sola demasiado tiempo.

Alicia Martín López

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