“Querido Carlos:

Esta noche he venido a visitarte. La habitación estaba como la recordaba antes de partir: Estanterías grandes llenas de libros con olor de antaño y alguno hasta con las pastas desgastadas por el paso de los años pero, en medio de ellos, divisé uno distinto. Era nuevo, recién editado y de tacto suave. Sin embargo, cuando lo abrí, estaba en blanco. Solo vi mi nombre en una esquina y un pequeño poema en medio.

Te sentí respirar. Me giré. La cama estaba junto al lado de la ventana. Recuerdo que la pusiste ahí para ver las estrellas de madrugada. En silencio, me quedé mirando como dormías. Casi sin poner los pies en el suelo, me acerqué a ti. Observé lágrimas en tu rostro, desprendías tanta tristeza…

Quise abrazarte por un momento aunque no sabía bien si podía. Me senté al filo de la cama y comprobé asombrada que te movías, como si me presintieses. Así que acaricié tu rostro y me tumbé despacio al lado tuyo. Sé que sentiste frío, lo noté. Tu aliento casi se helaba y subiste, inconsciente, el edredón para taparte y ocultar tus hombros que sobresalían en esta noche de invierno. Pasé mi brazo por tu cintura. Entonces, tu cuerpo se quedó paralizado como si no quisiera hacer ningún movimiento conteniendo un escalofrío que lo recorría por completo. Me acuné lo máximo que pude a ti hasta que te escuché suspirar. Te relajaste y pusiste tu mano sobre tu torso en donde yo tenía la mía.

Me pasé toda la noche velando por ti, intentando protegerte de no sé qué y queriendo que supieses que no estabas solo. Nunca lo estarías. Yo siempre te esperaría.

Cuando los primeros rayos de sol reaparecían, me levanté. Te di un beso en la mejilla y quedé escuchando el trinar de las golondrinas. Habían anidado hacía poco en el tejado de nuestro hogar. Sus alas azul oscuras se movían con nerviosismo, pronto sería primavera. Una de ellas se asomó curiosa a la ventana. Su cabecilla rojiza se movía hacia los lados. Daba la sensación de querer divisar algo hasta que me encontró. Dicen que los animales pueden sentirnos, vernos… eso ocurrió: me vio. En contra de lo que creí, ella no se marchó, no estaba asustada. Simplemente, sus ojos se posaron en los míos. Dicen que a través de nuestra mirada, las almas pueden hablar y conectar. Percibió lo que yo sentía. No quería partir. Me fui demasiado pronto. Aún me quedaba mucho que hacer.  

—Ven —me dijo la golondrina.

—No puedo. No quiero —le contesté temblorosa.

—Ven —volvió a llamarme susurrando— Sé ave, sé viento.  

—No puedo —le respondí con nostalgia retornando mi mirada hacia ti. —He de esperar.

—¿Esperar? —Me inquirió sorprendida— El “ciclo” no espera. ¿No lo ves? ¿No ves lo que dejas y lo que te llevas?

La miré sin entender. Un resplandor dorado apareció tras ella. «Amor». Eso dejaba y eso me llevaba. Reflexioné. Fue entonces cuando descubrí que te dejaste el ordenador encendido el día anterior. En el escribí esta carta. No me preguntes cómo, supongo que fue mi último regalo.”

—Cada primavera podrás volver si lo deseas pero de otra forma, de otra manera. —sugirió el ave.

Desde aquella habitación pude oír una voz en la estancia contigua.

—¡Papá, papá! ¡Mira! ¡Golondrinas! ¡Son los pájaros de mamá!

Mi niña… solía contarle cuentos. En uno de ellos, le dije que estas pequeñas aves traían la felicidad y la suerte. Fue lo que se me ocurrió cuando me preguntó porqué hacían sus nidos en el tejado. Sí… y en ese cuento nos convertíamos en una de ellas…

Carlos ya despertaba. Estaba más tranquilo. El sol le daba en la cara. Su piel parecía brillar. Resignada, me despedí de él. «Hasta pronto» Levantó la cabeza mirando hacia todos  sitios, me escuchó y yo sonreí.

La golondrina alzó el vuelo dejando caer una hermosa pluma encima del lecho.

Alicia Martín López

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