¡Escritora, ¿es que nadie te ha dicho que correr es de cobardes?…! —exclamó una de las reclusas que en el patio de la cárcel se dedicaba a hacer negocios con sus compañeras, siendo atentamente vigilada por un par de funcionarias, mientras aquella chica no paraba de dar vueltas alrededor del recinto.

Cuando Susana Almagro entró en Picassent, ya habían reservado aquel mote para ella: La escritora. Muchas mujeres supieron a través de las noticias que era una novelista más o menos conocida, incluso las más sabidillas decían haber leído algo suyo, de modo que no tardaron en bautizarla de aquella manera.

Los primeros días allí fueron difíciles para Susana. Culpable de haber matado a su marido envenenándolo, estaba en una de las alas más complicadas de la sección de mujeres. De nada sirvió decir en el juicio que él era un maltratador psicológico, pues en ningún momento hubo denuncia alguna de esos hechos que ahora ella mencionaba con lágrimas en los ojos.

—Míralo por el lado bueno, ahora tus libros se están vendiendo como nunca… —dijo con sarcasmo su abogado al terminar su visita.

Ni siquiera su madre quiso ir a verla allí dentro. Para los de su entorno se había convertido en una asesina de la noche a la mañana, y nadie entendía por qué lo habría hecho: «¿Cómo había podido provocar la muerte a un hombre tan encantador? Con esos modales, esa educación exquisita… ». Aquellos fueron los comentarios que la acompañaron hasta la entrada de la penitenciaría.

Ya en su interior, pronto empezaron los problemas. Algunas de las presas más conflictivas le cantaban: Susanita tiene un ratón, cuando pasaban por su lado. A la hora de la comida o en el baño, se sentía amenazada por sus miradas. Para terminar por rozarse con ella, o tocándole el pelo al pasar, para provocarla. Buscando el enfrentamiento.

—Necesitas protección… —le susurró uno de los guardas que la había tenido que sacar de su primera pelea. Terminando la reyerta con un ojo morado y la nariz reventada—. Habla con la Toñi.

Así fue como conoció a su ángel de la guarda en aquella cárcel. Una mujerona de sesenta años, que apenas podía moverse debido a una hernia discal.

A cambio de una generosa cantidad de dinero que ayudaría a pagar los estudios de sus sobrinas en el CEU de Madrid, y de unirse al club de lectura que ella misma había fundado, Susana se convirtió al instante en una de sus intocables en aquella cárcel.

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—Muchas gracias —.Quiso agradecerle un día al guarda que le había aconsejado, cuando nadie a su alrededor quiso brindarle una mano de ayuda.

—Nada, ahora me firmas uno de tus libros, y en paz —le dijo el chico con una sonrisa en los labios, mirándola a los ojos con ternura.

Y por un momento, hasta la propia Susana creyó estar viviendo una de sus historias. Donde los protagonistas, además de jóvenes y apuestos, eran unos perfectos caballeros.

Los meses fueron pasando, y durante ese tiempo, Susana se fue aclimatando a la rutina de la cárcel. La psicóloga le recomendó que terminara esa novela que llevaba a medias, ya que podían haberle privado de su libertad, pero nunca podrían quitarle aquella imaginación desbordante que conseguía sorprender siempre a sus lectores.

Así fue como volvió a sumergirse en su mundo propio, para huir de la realidad que la rodeaba. Y, al terminar, todos los miembros del club de lectura de la cárcel que habían leído su nueva novela, le dieron la enhorabuena.

—Sin duda, es la mejor de las que has escrito hasta ahora —le confesó en un descanso Tomás, el guarda que sentía una demostrada admiración por ella desde que había puesto un pie en este sitio.

Después de observarla a diario, no solo creía realmente que había sido víctima de un linchamiento verbal por parte de su marido que había terminado minado su confianza, sino que, además, ese hombre había sabido engañar a todo el mundo aparentando ser quien no era. Por eso, y aunque Tomás sabía de sobra que debía ocultar sus sentimientos, una tarde terminó confesándose en el camino de vuelta a su celda.

—Lo siento… —se disculpó al ver la cara de sorpresa de Susana, al haber sido sorprendida por aquella declaración tan dulce—. No soy ningún aprovechado, ni nada parecido. En serio, por favor, no pienses mal de mí. Creo que llevo sintiendo esto por ti desde que te acompañé el primer día al interior de esta cárcel. Y, bueno, quería que lo supieras antes de que te dieran la condicional.

Sin embargo, ese indulto nunca llegó.

Nuevas pruebas del abogado de la acusación demostraron la profesionalidad con la que Susana había matado a su marido, engrosándose la pena por premeditación y alevosía. Ante los jueces, Susana era una mujer fría que no había sentido en ningún momento compasión al planear la muerte de su esposo.

Y, lo cierto, es que así había sido.

De nuevo en el calabozo, la escritora sintió por primera vez lo injusto de su estancia allí. Ahora que, por primera vez en su vida, sus libros se vendían como churros y un buen hombre se enamoraba de ella, debía seguir encerrada por la muerte de un miserable sin escrúpulos que le había vilipendiado durante todo su matrimonio.

Fue así como, con la misma frialdad con la que había planeado la manera más dolorosa y astuta de asesinar a su esposo sin que él sospechara nada, se dedicó a fantasear con la idea de fugarse de aquella cárcel.

Esa era su manera de revelarse ante el sistema, al igual que un día se había presentado como realmente era ante el hombre que le había hecho la vida imposible…

Empezó a memorizar los cambios de horarios entre los funcionarios, los descuidos que solían cometer algunas veces muchos de ellos. Comprobaba una y otra vez los lugares en los que habían cámaras de vigilancia, las entradas y salidas de los servicios, y las oportunidades estrella que habían para fugarse: como cuando una presa era hospitalizada. Por eso se estaba entrenando, para mejorar su resistencia física. E incluso, con la excusa de estar escribiendo una nueva novela ambientada en una cárcel, empezó a preguntarle sin descanso cosas a su querido Tomás.

—No debería de estar diciéndote nada de todo esto… —se decía en voz alta a sí mismo el pobre muchacho, después de revelarle algunos secretos que jamás deberían haber salido por su boca.

—Yo tampoco debería besarte. Sin embargo, ¡lo voy a hacer en este momento! —Le murmuró acercándose rápidamente a sus labios, justo cuando giraban en la esquina de un corredor donde había un punto muerto para las cámaras.

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Susana estaba eufórica, más viva que nunca. Veía cada vez más claro su plan, y las probabilidades de que fueran un éxito eran sorprendentes: «¿Cómo a nadie se le habría podido ocurrir antes?», pensaba mientras sentía de nuevo unos labios devorándola en silencio.

Solo unos días después de aquel apasionado beso, llegó la oportunidad que Susana estaba esperando. Gracias a Johanna Vílchez, el día de su huida se adelantó un mes a lo previsto…

Johanna era una chiquilla de veintidós años que había entrado embarazada de cuatro meses. A la pobre criatura la habían engañado para que entrase en el país con un alijo de droga tan grande, que casi mata al bebé de la infección que le habían provocado aquellas bolsitas en su interior. Y lo peor de todo era saber que el padre había sido el que la había metido en semejante situación.

Todas las mujeres la cuidaban de manera especial, ya que además de ser una niña encantadora, los bebés en aquel lugar eran bienvenidos como el mejor de los tesoros. Las más hacendosas le hicieron patucos, baberos, gorritos. Y entre todas, incluidas las funcionarias, le regalaron un precioso carrito para cuando pudiera pasear a su hijo por la calle.

Es por ello que nadie sospechó nada cuando Susana empezó a mostrar un especial interés por aquella futura madre. Siempre atenta a todas sus necesidades. Llegándole a enseñar a leer con sus propias novelas para amenizar su espera. «Posiblemente, ella deseaba también ser madre», pensaron algunas de sus compañeras.

Por eso la escritora fue de las primeras en saber que se había puesto de parto, y con cierta ansiedad, asumió la noticia.

Había llegado el momento…

Todo fue aconteciendo según lo previsto. La ambulancia llegó en menos de veinte minutos. Se abrieron las puertas, y con la agitación, más de un guarda abandonó su lugar de vigilancia. Fue entonces cuando Susana inició su plan de fuga, pero no contaba con que siempre había alguien observándola en aquél lugar. Incluso cuando todos los demás estaban pendientes de una joven parturienta.

—¡Quieta, Susana! Deja esa arma y vuelve conmigo ¡Lo que vas a hacer es una locura! —gritó Tomás desde el otro lado del pasillo.

Y una vez más, como un ciclo, la muerte volvió a dar paso a la vida.

Caridad Bernal

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