Me llamo Lalita y vivo en uno de los lugares más especiales del mundo: donde las cosas han sido como deben ser, como siempre han sido.

Kedarnath se encuentra en la ladera sur del Himalaya. Es un lugar tan hermoso que pese a tener solo 500 habitantes y no ser accesible por carretera recibe a miles de turistas de todo el mundo. Las montañas nevadas que nos abrigan son admiradas con veneración por los extranjeros, muchos, al mirarlas, las reverencian como si fueran verdaderas diosas. Si son afortunados, los turistas pueden ver un leopardo de las nieves caminando cerca del municipio. En ese momento todos lo señalan como si fuera una aparición y lo atrapan con sus cámaras y teléfonos móviles (viviendo en Kedarnath aprendes mucho vocabulario sobre tecnología extranjera, aunque nunca haya tenido una de esas cosas entre mis manos).

kedarnath

Muchos de esos turistas vienen a ver el templo, uno de los más importantes de la India. Nuestro templo es una de las “cuatro moradas” donde se venera el yiotir-linga, el falo del dios Shivá. La mayoría de los peregrinos ya no son hinduistas como antes. Ahora son más rubios, más blancos, y acceden al templo enseñando sus piernas y sus brazos. Si antes el éxtasis del peregrino consistía en sentir el espíritu del dios en el silencio del templo, ahora ocurre cuando estos nuevos visitantes se cruzan con un brahmán o cualquier hombre con turbante tradicional.

Pese a lo que se pudiera pensar a la gente de Kedarnath no le molestan los nuevos peregrinos. Son gente ruidosa y desordenada que inunda en masa nuestro hogar en primavera y verano, pero se dejan una buena cantidad de dinero a su paso. Hombres de otros lugares de la India y personas de distintas partes del globo nos visitan y disfrutan del contraste entre la pacífica y grisácea imagen del templo de piedra y los picos nevados, y la colorida ropa y decoración que nosotros mismos usamos en las calles y en nuestros hogares. Les fascina tener la oportunidad de vivir una experiencia tan auténtica.

leopardo de las nieves

Lo que no saben es que hoy en día, casi todos los habitantes de Kedarnath vivimos de hacer su experiencia cada vez más “auténtica”. Nuestras prendas en temporada turística nada tienen que ver con nuestra ropa de invierno, al templo lo visitan cada vez menos creyentes e, incluso, escuché a mi padre hablar sobre a quién le tocaba atraer al leopardo de las nieves hacia la aldea para que lo vieran los turistas. Y es que en eso consiste, igual que en las imágenes que atrapan sus cámaras, Kedarnath se ha quedado congelado en un tiempo estático. Las cosas aquí son como deben ser, como siempre han sido.

Los ancianos solían decir (mucho antes de que el dinero les hiciese cambiar de opinión) que esas cámaras eran capaces de atrapar el alma, e incluso se prohibió durante un tiempo que se utilizaran dentro del templo por temor a molestar al dios Shiva. Yo no lo creo. Nunca lo he creído. No es posible que capten el alma del templo ni de nadie, porque de ser así habrían visto la gélida personalidad que ocultan los cálidos habitantes de Kedarnath.

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Me miran encantados mientras, en la calle, junto a nuestra casa, lleno las manos y los brazos de Kerani, mi hermana pequeña, con dibujos de henna. Ella sonríe a las fotos, con modestia, por supuesto. Es un día especial para Kerani. Mi familia pertenece a la casta de quienes trabajamos para vivir día a día. Nuestras manos se cubren de tierra y roña casi toda nuestra vida. Pero hoy, ella ha recibido un baño y lleva puestas las ropas de colores que vestí yo hace siete años, cuando tenía 10, como ella ahora. Las mismas ropas que han vestido otras de mis familiares al cumplir esta edad. No deja de tocarse con orgullo las joyas de su cuello, que parecen más valiosas de lo que en realidad son.

Kerani sonríe y la gente nos hace fotografías. Yo oculto mi rostro en mi trabajo, por miedo a que me equivoque y una de esas “revela almas” descubra la verdad tras la bonita escena que representamos.

Mañana, la henna estará seca y el diseño que he creado para ella quedará en su piel durante un par de semanas. Mañana se subirá a un carro decorado con guirnaldas y flores, como si fuera una novia niña y se irá, acompañada por mi padre. Los turistas se volverán locos con la procesión y se llevarán preciosos recuerdos a sus casas.

Mañana, sin que nadie lo presencie ni quede recuerdo alguno en la mente de nadie, mi hermana va a ser desvirgada por un hombre que nos ha pagado lo suficiente como para que la familia sobreviva un año más. Volverá menos sonriente, menos orgullosa, y, dentro de un tiempo, cuando nuestra hermana Denali cumpla los diez años, las dos dibujaremos en sus brazos dibujos de henna.

Las cosas aquí seguirán siendo como deben ser, como siempre han sido.

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Marta González Peláez 

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