En un lugar de Manhattan, cuyo nombre resulta irrelevante, trabajaba un maduro caballero de los que no se habían enterado de que el siglo XX estaba a punto de llegar para quedarse. Su calle carecía de iluminación pública y el pavimento irregular hacía que pocos automóviles se atrevieran a pasar por allí, por lo que era un lugar tranquilo. vector-drawing-bottle-grape-wine-glass-cheese-30134870Demasiado tranquilo. Su oficina estaba en la primera planta de un edificio de dos alturas, llenaba una pared entera un ejército de librerías polvorientas. La primera tenía una serie de cuadernos donde el caballero apuntaba su actividad laboral, casi todos estaban vacíos. Lo más moderno que había en la oficina era una botella de tinto tempranillo de La Mancha de 1885, rellena de vino de garrafa americano, para agasajar por muy poco dinero a los clientes más elegantes. Hacía mucho que uno de esos no entraba por la puerta. En realidad, hacía demasiado tiempo que ninguno lo hacía.

–¿Bueno? ¿Todavía está aquí, don Alonso? –preguntó Sánchez entrando en la oficina con un recipiente de lata en la mano–. Son las diez de la mañana, ¿se quedó jetón otra vez?

Sánchez era un joven y rollizo inmigrante mexicano que hacía las funciones de secretario, contable, chico de la limpieza y de los recados. Aunque su función principal empezaba a ser la de hacer compañía a ese pobre viejo que se había quedado traspuesto en el sofá combado de tapizado descolorido que había bajo la ventana. Al lado, dos escritorios llenaban el resto del espacio de aquella pequeña oficina. El anciano se incorporó fingiendo que estaba despierto.

–Estaba meditando, Sánchez. Has interrumpido algo tremendamente importante –farfulló con la voz áspera del fumador que acaba de despertar de un largo sueño. Inmediatamente le dio un ataque de tos.

–¿Algún caso nuevo, señor? –Sánchez cogió dos tazas blancas de un armario para servir la leche que acababa de comprar en la vaquería–. Aún está tibia, ¿quiere?

Alonso asintió mientras tosía y esperó a que su ayudante le acercara la taza para beber antes de continuar hablando. Cogió el periódico de la mesita de café que había frente al sillón y agitó el ejemplar del New York Herald del 11 de diciembre de 1898.

image075–Se han hecho con Cuba, Sánchez. Y quieren también Puerto Rico y Filipinas. Quieren destruir el reino.

–Ese diario es de hace dos meses –se interrumpió pensando que lo que iba a decir  iba a gustar a su jefe–… ahora los filipinos están plantando cara bien duro a los estadounidenses.

–¡Ahora! ¿Acaso no aceptaron su ayuda para echarnos? ¡Ja!

Sánchez se acercó a coger el diario del día anterior que había dejado en el cajón de su escritorio y se lo acercó a su jefe para que lo ojeara. Al ver que el anciano se acomodaba tranquilamente a leer se inquietó. Ahora que estaba de buen humor, era el momento de tratar un tema importante.

–Don Alonso –comenzó con gran inseguridad–, necesita cachar ya un cliente, no puede seguir echando la hueva todo el día en el sofá criticando a los americanos. Debe más de 1000 dólares al banco y a mí hace meses que no me cae nada. Mi madre no deja de pedirme la lana y me va a acabar prohibiendo seguir trabajando para usted.

–Tienes veintidós años. ¡Busca una mujer y vete de casa!

–No será con lo que gano aquí…

Alonso cerró el periódico de golpe y lo dejó sobre la mesa. Sánchez había conseguido ponerlo de mal humor, pero también hacer que se levantara y se pusiera en marcha.

–Me voy, Sánchez –Dijo aquello como si quisiera que su ayudante supiera que había sido él el causante de ese acto y que así daba por terminada la discusión–. ¿Tienes tabaco? –Sánchez sacó un cigarrillo industrial de esos que habían salido al mercado hacía un par de años, provocando una mueca de asco en el rostro de su jefe–. ¡Que eres mexicano, por Dios! ¿Qué haces con esa basura americana?

Al salir, don Alonso cerró la puerta tras de sí tan fuerte que se cayó al suelo el cartel en el que se leía:

“ALONSO QUIJADA

 ETECTIVE PRIVADO”

Nueva York 1890Salió a la calle y comenzó a pasear hacia el centro. Aquella ciudad siempre lo confundía, cada vez que salía había cambiado y tenía nuevos locales y edificios. Habían puesto un pase de cine en la vieja sala de vodevil. Un lugar donde se plasmaban lugares que no estaban ahí en un juego de luces y sombras.

–Vaya paparruchada –masculló don Alonso al pasar entre la gente que se arremolinaba en torno a la puerta para entrar.

Pasó frente a su bar de siempre, pero en sus bolsillos solo había dinero suficiente para uno de sus placeres y fumar se le antojaba más necesario en ese momento. Siguió caminando rodeando el parque del ayuntamiento. Al llegar al lugar donde había estado la única tienda de tabaco donde vendían buen producto español notó como su mandíbula caía y sus ojos ascendían hacia el cielo con un terrible pasmo.

–¡La virgen!

Frente a él se alzaba un armazón de hormigón y acero, el esqueleto de un edificio que superaba con mucho la altura del campanario de la Iglesia de la Trinidad, el punto más alto de Nueva York. Agarró de la camiseta a un joven obrero que pasaba a su lado en ese momento y lo hizo mirar al edificio con un gesto de su mano.

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–Chico, ¿qué es eso?

El muchacho, de unos veinte años y cuerpo atlético por el trabajo en la construcción se soltó del agarre con cuidado.

–¿Eso, señor? ¿El rascacielos?

–¿Rascacielos? ¿Cómo que rascacielos?

–Va a ser el edificio más alto de Nueva York. Casi 120 metros de altura. 30 pisos y casi 1000 oficinas. Es impresionante, ¿a qué sí? –Se mostraba orgulloso del edificio que estaban construyendo.

–Es una monstruosidad, un engendro horroroso, una aberración descomunal. ¡Está más cerca del cielo que la propia casa de Dios! –El muchacho se marchó a seguir trabajando al ver que Alonso había entrado en un bucle de improperios contra la obra de ingeniería más moderna del mundo–. ¡La destruiré! –lo amenazó–. No sé cómo, pero lo haré.

Su voz fue perdiendo fuerza según hablaba. Desolado, metió la mano en su bolsillo y sintió el peso de las monedas guardaba. Puesto que no tenía donde comprar tabaco, la mejor opción era volver al bar a buscar apoyos. Ese gigante era demasiado para uno solo.

Don QuijoteDon Quijote de la Mancha

Nueva York

1899

Marta González Peláez 

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