Han pasado ya cuatro años desde que aquella gélida madrugada acabara flotando entre cadáveres. Yo había oído hablar acerca de las tensiones que había en el Paso 305, pero en una aldea como la mía los rumores son muy comunes y, la mayoría de veces, infundados. Así que continué con la ilusión del principio, cuando empecé a planear junto a la cuadrilla con la que había crecido en Rhumsiki, lo que aquí llamáis “un golpe de suerte”; ignorando que, de los dieciséis que éramos, solo yo seguiría vivo tres meses después.

Cuando era un muchacho me ofrecía como guía para orientar a los turistas que llegaban desde Próxima Europa. Al principio, lo hacía porque solo así mi familia se libraba de las purgas anuales que la Unión Transatlántico Norte perpetra contra los pobres de África; después, se convirtió en un oficio que realmente amé. Al irme, fue mi hermana quien heredó el trabajo.

Mi dominio del francés me permitía quedarme con los viajeros más ricos, que eran quienes podían pagar los costes de un guía bilingüe en la Oficina de la Cultura. A ellos les gustaba hablarte y que los entendieras; sentirse admirados por tu desconocimiento hacia la modernidad, pero sabiendo que eras capaz de comprender lo que decían (pronto descubrí que eran personas tremendamente egocéntricas). Fue así como intimé con su mundo, del que me separaban más de cuatro mil kilómetros.

Aquellos turistas bien ataviados y pálidos como el cuello de un avestruz me contaron que en sus ciudades todo el mundo sonreía, que bebían agua hidrogenada y comían chocolate de flores; que dormían sobre camas inteligentes y que los chiquillos tenían su primer ordenador de realidad a los tres años. Todos ellos aseguraban que el ser humano había alcanzado por fin la excelencia física, psíquica y moral en el Primer Mundo, y que la clave la habían tenido siempre enfrente de sus narices pero que no se habían dado cuenta.

Su apariencia no era menos sorprendente. A algunos les daba por ir desnudos y otros vestían largas túnicas cuyo color cambiaba según la luz del sol. Todos llevaban artilugios adheridos a las muñecas que sonaban cada media hora, momento en el cual levantaban los brazos apuntando al cielo y el ruido paraba. Recuerdo especialmente la desesperación de una turista cuando sus muñecas comenzaron a pitar mientras tenía las manos sujetas por una niña camerunesa, que estaba practicando con ella un juego muy antiguo de nuestro pueblo. Trató de zafarse, pero la niña no la soltaba, creyendo que aquello se trataba de una improvisación que hacía el juego más divertido. Finalmente, la mujer le dio una patada en el estómago estampándola contra la esquina de una casa y entonces pudo levantar los brazos, aliviada. La niña nunca más volvió a caminar.

Cuando retrocedo en la línea de mis recuerdos, puedo darme cuenta de cosas que no veía con veinte años. En aquel entonces tenía una idea muy idealizada de Próxima Europa, y fue aquella idea la que me impulsó para convencer a los otros quince chicos de que me acompañaran en mi viaje hasta ella. Les conté lo que decían los turistas sobre su mundo, resaltando sus palabras e ignorando los gestos de congoja que a menudo tenían y que yo confundí por curiosidad. Y es que había algo contradictorio en la forma de actuar de aquellas personas. En una de las visitas más grandes que guie, había una mujer mayor que, con algo de torpeza, comenzó a ensalzar África —cosa que no era habitual—, de modo que le pregunté:

—¿Le gustaría a usted vivir aquí?

Hubo un silencio colectivo en el que se cruzaron muchas miradas. La señora comenzó a sudar descontroladamente y a punto estaba de ir a por una vasija de agua para socorrerla cuando declaró con una sorprendente entereza:

—No, muchacho, ¡qué tontería!

Las muñecas pitaron y la tensión desapareció del todo, pero más adelante —y aprovechando un momento en el que el grupo se había dispersado— la señora me agarró del pescuezo, me arrastró hasta detrás de un patio, me pegó contra un muro y, sin soltarme, me advirtió:

—Jamás vuelvas a preguntarnos nada semejante. ¿No te das cuenta de que hay errores que nos cuestan la vida?

(Sí, me doy cuenta)

Iniciamos el viaje en noviembre y tardamos setenta y nueve días en llegar a Marruecos. Estábamos agotados por haber tenido que caminar de noche y refugiarnos de día con tal de no ser vistos por la Policía de Paz, que se despliega por toda África; pero el cansancio no impidió que, al ver a lo lejos las luces brillantes de Ceuta, todos nos sintiéramos entusiasmados.

En Jadú nos esperaba un japonés anciano y raquítico. Él fue quien nos guio hasta el acceso subterráneo que atraviesa la frontera y que algunos llaman El colchón de la muerte, porque sobre él se asienta la triple valla que ha quitado la vida a tantos emigrantes fallidos. Aquellos fueron los últimos tres kilómetros de nuestro viaje, los últimos que recorrimos tranquilos, felices; en los que Leiza y Saud se dieron sus últimos besos, Ismat y Jasir se enfadaron como niños, reconciliándose entre risas a los pocos minutos cuando Ismat se tropezó con un pedrusco, y en los que todos entonamos y participamos de la euforia del Ndive Muroyi[1], sin saber que aquel acabaría siendo nuestro canto fúnebre.

Cuando salimos del túnel nos encontramos ante la playa del Tarajal. Era tierra próximoeuropea, atrás quedaban África y el temido Paso 305. Al fin. Nos abrazamos, lloramos y reímos con la inocencia de quien no conoce la realidad de otros mundos: a nuestra espalda, sin que nos diera tiempo a enjugarnos esos dulces lloros, ocho guardias comenzaron a dispararnos desde una torreta, alcanzando a cinco —yo entre ellos—, pero sin llegar a matarnos. Aterrorizados, corrimos hacia la playa y saltamos al agua, pero siquiera pudimos empezar a nadar. Nuestro horizonte se llenó de humo blanco y un terrible escozor me recorrió la garganta, la nariz, el disparo del brazo e hizo que los ojos se me deshicieran en lágrimas. Fue la primera vez que me atacaron con gas lacrimógeno. Escuché a Saud llamar a Leiza con desesperación y a Jasir llorar de desconsuelo en medio de otros gemidos de angustia que se fueron apagando entre débiles chapoteos. Más tarde me enteré de que los guardias se habían metido en el agua con un bote para golpear hasta la muerte a los que habían conseguido salir de la nube de humo.

En un momento dado, pude ver la chalupa equipada con sus ocho marineros del terror, alguno que otro cubierto de la sangre de mis amigos, todos serenos. Y a pesar de haber visto ese salvajismo con mis propios ojos —y el cual continuó azotándome en los años que siguieron— no alcanzo a comprender por qué razón les causaba tan poca impresión verme flotando entre los cuerpos muertos de mis compañeros, roto de dolor y con una angustia de la que todavía hoy no he conseguido deshacerme.

Me salvó la vida la indiscreción de unos curiosos agolpados en la playa que comenzaron a hacernos fotos. Con un disgusto evidente, los guardias no tuvieron más remedio que auparme por los brazos y meterme en el bote. Finalmente, y sumido en una especie de semiinconsciencia, me pareció escuchar que tenía derecho a guardar silencio.

En la cárcel me dijeron que la autopsia de los cadáveres había concluido muerte por ahogamiento y que los guardias continuarían ejerciendo su función en la frontera. La rabia me consumió durante gran parte de mi encierro y es cierto que muchas veces pensé en quitarme la vida. Las fantasías con el suicidio aparecían cada vez que un vigilante me humillaba o me lanzaba gas lacrimógeno a modo de recuerdo, y se intensificaban cuando, durante días, me metían en una habitación tapizada por pantallas cuyas imágenes, de alguna manera, me volvieron loco. Sin embargo, lo que más horadó mis ganas de seguir viviendo fue el desengaño. Todas mis ilusiones de antaño se convirtieron en un sentimiento de pérdida y culpabilidad que me hizo contraer insomnio. Fueron muchas las noches que me reproché el no haberme dado cuenta del miedo que escondían las sonrisas de los turistas, del temblor de su voz cuando se les preguntaba acerca de su felicidad y de lo que los hacía sentirse tan dichosos, o de lo extraña que resultaba su urgencia por levantar los brazos cuando pitaban los implantes de sus muñecas. Un compañero de celda me explicó que se trataba de un saludo para mantener la pertenencia a una especie de mente colectiva, aunque no me lo creí del todo. De cualquier forma, su sociedad escondía sus propios monstruos y, por fortuna o por desgracia, yo solo vi a los monstruos guardianes.

Tras cuatro años de encarcelamiento, al fin soy libre, aunque sobre mi conciencia pesará siempre una pregunta que me mantiene preso: “¿No te das cuenta de que hay errores que nos cuestan la vida?”

 

[1] Música típica de África

Rosa A. Gisbert

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