La elegancia del lugar ya daba una idea del motivo de mi visita. El suelo de mármol brillante, el mobiliario tan atractivo y las luces cálidas tan bien dirigidas, incitaban a pasear entre tanta belleza.

Nunca habría llegado a pensar en un regalo como este, ni que fuese ella a quien se le ocurriera. El morbo o tal vez nuestro grado de comunicación, le habría animado a dar un paso mas allá de lo que llamamos un regalo habitual.

Estaba casi seguro que había sido Luis quien le había ayudado con los preparativos. Mas de una vez le había hablado a cerca de las sensaciones que se podrían sentir. “¡Que canalla!”

Los cinco años con Clara habían sido espectaculares. Sexo, viajes, trabajo y risas nunca nos habían faltado. Pero tal vez mis nuevos cuarenta años, me animaban a replantearme nuevas experiencias.

Mujeres y hombres se afanaban en observar e incluso, después de poco tiempo, iniciaban las conversaciones atendiendo a las preguntas que ambos se intercambiaban.

En definitiva se trataba de satisfacer al cliente, preocupándose por lo que estaba buscando, cuál era su necesidad y hasta cuanto quería pagar.

No llevaba mucho tiempo. Disfrutaba de la bebida que me habían ofrecido hacía unos breves momentos, cuando creí escuchar unos golpecitos de tacones que iban aumentando en intensidad a medida que ella se acercaba.

Un vestido precioso que resaltaba una no menos bonita figura, acompañado todo ello con una tímida sonrisa ciertamente provocativa. Media melena con reflejos rubios y ojos castaños.

La complicidad fue inmediata.

Enseguida adivinó lo que quería y tras un deseado preámbulo comenzó a mostrarme lo que ansiaba conocer.

El roce de mis manos con la piel, las ondulaciones de sus curvas y el movimiento sin parar de mis dedos en todo aquello que iba descubriendo, excitaba mis sentidos provocándome decenas de sensaciones difíciles de explicar.

Apenas hablábamos. Accedía con su sonrisa a mis pretensiones y me dejaba hacer a mi voluntad.

Me sentía feliz, libre, satisfecho por estar cumpliendo mi fantasía, con ganas de inmortalizar esos momentos en mi libro de la vida.

—Ven, sube — le dije sin ánimo de enfriar el momento.

Primero despacio, disfrutando de la novedad. Luego mas deprisa, frenéticos. Sin tiempo ni excusas. Probando lo desconocido y confirmando lo esperado. Apenas sin ruido, sólo nuestra respiración y con la imaginación siempre en marcha.

Adelante, atrás, derechas e izquierdas. Calmando los bríos y reanimando la marcha. Un volver a empezar sin querer terminar. Cambiando, jugando con la nula resistencia que una fuerza invisible me animaba a seguir.

Algo no firmado, me impedía continuar la experiencia y debía de dejar paso a otras almas con sus ilusiones y esperanzas.

Volví a mi realidad, mi reciente pasado y actual presente, no sabiendo como agradecer la oportunidad ganada.

Regresamos a nuestro punto de partida, a esa casa de sueños siempre lista para la aventura. Ese escenario que frecuentemente ves en la pantalla o escuchas en las charlas con los amigos. Al bonito concesionario en ese barrio tan distinguido.

Ese Ferrari me volvió loco.

José María Uranga

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