Es momento de centrarse. Tiene las manos sudorosas. Se le están quedando rojas de sostener el móvil. No sabe cuánto tiempo ha pasado, pero juraría que han sido horas. Está estática, muy pálida. Miles de pensamientos se arremolinan en su cabeza y no sabe a cuál hacer caso. ¿Es posible que parezca que está loca o desesperada? ¿Quizá solo un poco obsesa? No quiere causar esa impresión de que es una acosadora. No, espera, eso no lo ha pensado. Fuera, fuera de su cabeza.

            Ha conseguido escribir «Lo he pasado muy bien esta tarde, a ver si repetimos pronto» en el Whatsapp, aunque no se atreve a darle a Enviar. Muchas amigas le han dicho que lo haga sin pensar, pero es una de esas cosas que resultan más fáciles de decir que de hacer. A esas habría que verlas con su drama. Está segura de que se desmayarían.

            Joder, qué difícil le resulta. ¿Y si no le responde? ¿Y si la bloquea? ¿Y si hay otra? ¿Y si no ha sido tan especial esa tarde para él como lo ha sido para ella? ¿Y si se arrepiente de enviarlo? ¿Y si le ha pasado algo? ¿¡Y si se ha muerto!? Puede pasar, hay accidentes a todas horas. No, no puede ser, ya no podrá casarse, vivir en una mansión de lujo, adoptar tres gatos, dos perros, cinco hámsteres y, si surge, tener dos niños (pero mejor los intentos, que son la parte divertida). Será una mujer solitaria y triste y se convertirá en una de las hermanastras de Cenicienta. No tendrá entrada VIP en el club de princesas Disney, porque las otras princesas se pavonearán de tener a su maromo sexy y rico mientras ella les sirve el gin-tonic con un vestido sucio y sin estilo. ¡Oh, Dios, por qué es todo tan cruel! Apenas ha empezado a vivir, no llega a los dieciséis años la pobre chica. ¿Por qué le tienen que pasar esas cosas tan malas a ella?

            Una mano aparece delante de su cara con el dedo índice extendido y, antes de que pueda apartarse o, por lo menos, apartar el móvil, le da al botón de Enviar. Aparece el primer check y sus ojos se dilatan igual que los de un gato; aparece el segundo check y nota un pinchazo en el pecho. Está inmóvil, con la boca abierta, aterrorizada. No cree que pueda volver a caminar ni a salir a la calle. Cree que es su final.

            Levanta la cabeza. Su hermana está también con su móvil. Posiblemente esté hablando con alguna de sus ahora examigas, que, al saber la situación que estaba sufriendo, ha mandado a su hermana menor a hacer el trabajo sucio. Está riendo mientras manda un audio diciendo «Misión cumplida».

            Traga saliva, extiende el brazo para pillar el objeto más cercano, que, por suerte, es un pañuelo usado, y se levanta con ganas de lanzárselo a la traidora que comparte su sangre, sangre que va a ser derramada próximamente. La hermana huye a su cuarto riéndose. ¡Riéndose!

            Ella vuelve a mirar el móvil y ve que él ha visto el mensaje y ha respondido con un «Cuando quieras». Se relaja, sonríe y piensa «Adoro a mi hermana».

José Santínez

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