Ya no quedaban más por mutilar, no necesitaba infringir más atrocidades a mi paso. Todos habían muerto. Se habían aniquilado entre ellos. Y, a los pocos supervivientes, los había destruido yo.

No me importa reconocerlo: pasado un tiempo, estaba agotada. Me escondí en el interior de una cueva, donde los días y las semanas pasaron sin que viera la tenue luz del sol a través de las nubes de ceniza que cubrían el cielo, iluminadas en todo momento por el reflejo de las llamas que emanaban del volcán.

Me alimenté de las pocas alimañas que vivían en las profundidades de la caverna, sin poder apartar de mi mente los festines del palacio de mi madre. No podía dejar de pensar en aquellos pavos y verduras, vinos y truchas.

Cada cierto tiempo, veía a alguien atravesar la entrada del agujero. Quizá solo fuera otra persona que buscaba guarecerse del calor abrasador y de la lluvia de ceniza, deseoso de hacer una pausa. Pero, incluso a los que dibujaban una mirada de miedo como la mía, los asesinaba con mi espada bajo el cobijo de la oscuridad.

Pronto me quedé sin más insectos y gusanos para comer. El hambre, más atroz que cualquier atizador ardiendo, me empujó a trompicones hasta el exterior. La oscuridad dio paso a aquel terror de luz de pesadilla, débil como la de un candil velado por la niebla, siempre en movimiento ondulante, como el brillo de un hogar separado del exterior por unas cortinas agitadas por el viento.

El olor a hierro lo impregnaba todo. «No, a sangre», pensé en aquel momento. La brisa caliente y húmeda traía los gritos de muchos moribundos y de unos pocos iracundos, mujeres y hombres todavía sumidos en la pasión de la batalla.

Miré en todas direcciones, en busca de amenazas directas. No las vi, pues estaba sola. Pese a la poca calma que un lugar como aquel podía transmitir, no pude evitar desenvainar mi espada y sujetarla con ambas manos, con fuerza, hasta que me dolieron los nudillos. Las nubes del cielo, cenicientas y teñidas de los mismos colores que mi espada, se movían con violencia, arrastradas por las corrientes que huían del volcán.

Sabía la dirección que debía seguir, siempre en pos del viento. Tarde o temprano, me llevarían al muro circular que rodeaba aquella tierra de calor y muerte. Emprendí mi camino, murmurando plegarias para aquellos dioses que me habían abandonado, en un vano intento por encontrar un consuelo que jamás llegaría.

Debí caminar durante horas, aunque podrían haber sido días, pues en aquel lugar era difícil comprender la diferencia. Por el camino, figuras tambaleantes o corriendo despavoridas aparecían entre la niebla y el humo, a veces gritando, otras en silencio. No importaban sus súplicas o si viajaban armados o desarmados. Todas sucumbieron bajo el filo de mi acero, cubierto de sangre reseca y de restos de la carne de sus desdichados propietarios.

Los gritos de fondo dieron paso a lamentos desesperados. Algunos pedían ayuda. Otros maldecían. Aquellos que gritaban en busca de otras almas a destruir, eran pronto silenciados por sus presas, más hábiles y silenciosas.

Aquel mismo silencio fue el que, con el paso del tiempo, lo fue inundando todo. Cuando por fin divisé el muro, no pude evitar detenerme a contemplarlo. El suelo de su entorno estaba cubierto por raíces, algunas finas como un pelo y otras gruesas como un niño, que se retorcían y apretaban para, después, elevarse desde el suelo, creando un espeso tejido de madera que se perdía en lo alto.

Las dimensiones de aquella estructura eran tal, que resultaba complicado saber a qué distancia se encontraba. Caminé y caminé, con los pies doloridos y con las botas desgastadas, mientras arrastraba mi espada.

Cuando por fin estuve a poco más de diez zancadas del muro, la niebla teñida de ocre me dejó ver los detalles de la base de la barrera. Entre las raíces, podía ver brazos y piernas, cabezas y manos. Eran cuerpos, atrapados y aplastados para siempre por aquella monstruosidad viva.

Por encima de la altura de mi cabeza, una sucesión de antorchas, clavadas entre las ramas de la pared, se perdían en la niebla a derecha e izquierda, siguiendo su contorno. Frente a mí, pude ver la puerta. Sabía que podría haberme aproximado a esta frontera desde cualquier punto y haberla visto frente a mí, esperando, con la promesa de permitir que escapara de aquel lugar.

Recordé las lecciones del clérigo sobre aquella halagüeña aparición, una tentación que, de ser tomada demasiado pronto, me condenaría a pasar toda la eternidad haciendo compañía a los desdichados cuyos miembros adornaban el linde del muro.

Si al abrirla hubiera una sola persona con vida dentro de aquel círculo de lucha y muerte, tan siquiera un moribundo con medio ojo abierto, estaría perdida. La duda y el miedo me invadían. Varias veces, fruto de la desesperación, acerqué la mano al pomo. El mismo número de veces, la alejé y maldije mi cobardía.

Agotada, me senté sobre una raíz. Pese al miedo, conseguí encontrar el valor suficiente para cerrar los ojos y escuchar. Buscaba, entre el sonido lejano de la montaña, alguna señal de que, todavía, pudiera quedar algún alma perdida que todavía respiraba aquel aire de fuego con olor a sangre y azufre.

Me quedé dormida. No sé cuánto tiempo estuve ausente pero, cuando desperté, me encontré ante una escena que no había cambiado. Podrían haber sido minutos, horas o días. No importaba.

No tenía sentido esperar. O recorría cada centímetro de aquel lugar, llevando la muerte a toda vida que me pudiera encontrar, o atravesaba la puerta. Decidí que era hora de jugármela. Me di la vuelta, agarré el pomo, cerré los ojos y lo giré, despacio, notando cada clic, cada clac y cada chirrido de aquella legendaria puerta. Cuando parecía no poder moverse más, tiré con fuerza y se abrió.

Esperé, sin abrir los ojos. Solo podía oír el estruendo que me había acompañado todo ese tiempo. Tomé aire, me atreví a mirar y atravesé la puerta. Allí dentro, iluminado por el fulgor del exterior, podía ver un oscuro túnel que se perdía en la distancia, formado por raíces que se habían apartado para dejar paso. Al fondo, podía ver una débil luz que parecía la de una lumbre en medio de la noche.

Cerré la entrada tras de mí. Cuando se oyó el sonido del cierre, el pomo desapareció de entre mis dedos, acompañado por el resto de la puerta. En ese momento fue cuando me di cuenta de que la espada se había quedado al otro lado. Estaba desarmada en aquel lugar. El miedo me atenazó, no por la perspectiva de lo que pudiera encontrar o por la ausencia de armas, sino por el olvidado silencio que inundaba ese lugar y por la ausencia de cualquier hedor en su aire.

Avancé, tratando de no tocar las paredes con las manos, temerosa de que alguna de aquellas ramas se extendiera, me agarrase y me tragase para siempre. Con cada crujido bajo mis pasos, la imagen de lo que me aguardaba al fondo se fue haciendo más concisa. Primero, parecía un cuadro naranja. Luego, se me antojó una estancia iluminada.

Al final, llegué a una habitación. En su centro, había una mesa circular, donde un anciano me esperaba, encorvado, mientras bebía una taza de infusión. Me sonrió y me invitó a sentarme.

—Hola, Anura. Vienes hecha una piltrafa —dijo él. Dio un sorbo a su bebida y sonrió—. Has tardado menos que la última vez, te felicito. Pero continúas sin comprender.

Anura lo miró, confundida, sin saber a qué se refería. En un gesto reflejo, se llevó la mano al cinto para coger una espada cuya empuñadura no pudo encontrar.

—Ah, sí, tu espada. Siempre te la olvidas. Ten, aquí tienes otra. —Hizo un gesto con la mano y una nueva arma, reluciente y limpia, apareció sobre la mesa—. También necesitas un pequeño lavado. Toma. —El anciano agitó una mano en el aire. Las ropas de ella estaban limpias y nuevas—. Así, mucho mejor. Ya estás lista para volver a la lucha.

—¿Volver? ¿¡Cómo que volver!? —exclamó Anura, sin comprender.

—Por supuesto. Hasta que no lo entiendas, tendrás que continuar.

El anciano se incorporó y, con suma lentitud y teatralidad, inspiró con fuerza y dio dos palmadas.

El silencio de la estancia desapareció, dando paso al estruendo. El olor a infusión, fue reemplazado por el del azufre. La quietud, de nuevo, por aquel aire caliente que lo rodeaba todo. Miré en todas direcciones y solo pude ver personas confusas que se miraban unas a otras.

No sé si empecé yo o si lo hizo otra persona. Pero fue en aquel momento cuando retomé mi batalla, ignorante de que la había luchado cientos o miles de veces. Mi próxima oportunidad de convencer al viejo para que me dejase salir tardaría en llegar.

Tras muchos intentos, lo comprendí. Y tú, algún día, cuando desciencias al infierno, también lo entenderás.

O no.

Alfonso Moure

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