Todas las familias tienen sus manías, sus costumbres. En la mía, es tradición juntarnos en torno a una paella los domingos. Quizá por eso fue tan dramática la ruptura. Nadie lo vio venir.

Cuando Chema estudiaba en la universidad, estuvo saliendo con su primera novia. Primera y última. Y después de ella, la soledad: ni amigas con derecho a roce ni nada parecido. Y yo siempre aprovechaba para meter el dedo en la llaga de mi hermano.  Yo, socarrona y frívola, él introspectivo y responsable. Hasta aquel domingo de marzo.

—Bueno, chaval, ¿y cuándo vas a venir con una novia? Ya estás tardando.

—Marta, déjale en paz… —mediaba mi padre.

Entonces mi hermano soltó la bomba.

—Pues tengo que contaros que llevo tres meses con pareja. Estamos muy bien y me gustaría que lo conocierais. —Todos lanzamos gritos de júbilo ante la noticia inesperada.

—Ay, Chema, ¡vaya sorpresa! ¿Y cómo se llama? –preguntó emocionada mi madre.

—Qué calladito lo tenías, ¿eh? Ya te notaba yo algo… —tercié yo.

—Se llama Fran.

—¿Francisca? ¡Qué original! —Mi madre estaba encantada.

—No, mamá. Fran de Francisco.

Lo dicho, la bomba de Hiroshima no fue nada comparada con la bomba de Francisco. Nos quedamos todos callados como muertos, hasta que mamá se echó a llorar y papá empezó a mover la cabeza con los labios apretados. Observé a mi hermano. Estaba cabizbajo, enroscado sobre sí mismo, como una caracola, cada vez más cerrado, más adentro, hasta que llegara un momento en el que se convertiría en una bola dura y fría. Me dolía tanto verle así que solté sin pensarlo mucho:

—Pues muy bien, Chema. El próximo domingo queremos verle por aquí, a ver qué vio en ti.

—No, no, no. De eso nada. ¡Ni se te ocurra! —Mi madre se levantó con ojos coléricos—. No quiero ni saber que existe. Y no sé si quiero que vuelvas tú.

—Mamá, yo… —suplicaba apocado.

—Chema, yo sí que quiero conocerle. —Por primera vez, me enfrenté a mi madre—. Así que el próximo domingo la paella es en mi casa. Estáis todos invitados.

—Pues yo no pienso ir. ¡Y tu padre tampoco! Ay, Dios mío, ¡pero qué hemos hecho!

Durante tres semanas, la paella se celebró en mi casa sin la presencia de mis padres, solo mi hermano y yo con nuestras parejas. Fran me resultó muy simpático y cercano y se notaba a leguas el amor tremendo que se tenían. Eso me parecía lo más importante, que por fin veía a mi hermano sonriente, lleno de esa vida que solamente te da la certeza de ser amado. Por eso, aquella  situación me parecía muy injusta. Era lo menos que podía hacer por mi hermano.

Pero todavía me faltaba lo más difícil.

Una tarde después de aquel tercer domingo, llamé a mi padre. Bastó con contarle lo radiante que estaba mi hermano y lo que le dolía que ellos, mis padres, no acudieran a la cita, a la tradición de la comida familiar.

Ese cuarto domingo, mi padre nos sorprendió viniendo a probar mi arroz; menos mal que no vino el primer día: se me quemó todo el fondo y hubiera tenido que soportar su bronca por tirar la comida.

—Que la den por saco, yo quiero estar aquí con vosotros, aunque me cueste una pelea con vuestra madre.

¡Primer escollo superado! Estaba que no cabía en mí de puro júbilo. Mi padre, a regañadientes quizá, pero había aceptado el novio de mi hermano. Ahora me restaba lo más chungo: mi madre.

Tuve que hacer un sutil trabajo de mediación con ella, más delicado aún que el encaje de bolillos. La llamaba varios días a la semana con la excusa de pedirle que me hiciera croquetas o albóndigas, que le salen de muerte, y de refilón le mencionaba el tema. La primera vez me colgó el teléfono en cuanto lo oyó, pero no le di importancia y la volví a llamar dos días más tarde. Después ya solo se mostraba disgustada, hasta que poco a poco, le pude ir hablando de que el tal Francisco no era tan malo después de todo, que a Chema le iba muy bien en el trabajo porque el resto de su vida le daba estabilidad… y que yo iba mejorando en mi faceta de cocinillas pero que necesitaba su ayuda. Ya sabes, hay que atacar desde todos los frentes, nunca sabes cuál te dará la victoria.

Tres largos meses desde la bomba, en una de esas llamadas, de mala gana, accedió a venir. ¡Qué emoción, lo había conseguido! Aunque todavía quedaba la prueba de fuego. Recé todas las oraciones que me sabía.

Llegó ese domingo fatídico. Yo estaba con los nervios a flor de piel, pero no te digo ya mi hermano. Les pedí que vinieran un cuarto de hora antes que los papás, para ir templando el ambiente entre todos. Aparecieron después mis padres. Les recogí los abrigos y los dejé en el perchero de mi habitación. Justo me dio tiempo a volver con ellos y ver cómo mi hermano le presentaba a Francisco, quien le tendió una mano a mamá. Y ahí se quedó la mano esperando unos instantes eternos donde todos contuvimos la respiración. Dios mío, ¿le haría mi madre un desplante?

Entonces, ella rompió todas sus reticencias y prejuicios, se la estrechó brevemente y, cómo no, añadió irónica:

—Vamos a probar esa paella aceitosa de Marta…

Amaya a Rayas

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