Me encuentro frente a una vieja puerta de madera negra, tiene una pequeña perforación que no entiendo para qué sirviera. La abro pausadamente porque pienso  consciente que me pudiera caer encima indolente. Una vez la tengo abierta de par en par, tengo frente a mí una obscura escalera, llena de peldaños quebrados y polvorientos. Cada paso que doy en la ascensión llena la estancia de ruidos e ilusión: el crujir de los tablones, el roce de estos con mis tacones, el sublime susurro del viento alocado que exhalan los raidos maderos a mi lado.

            Una vez arriba, veo con cierto pánico la bajada que mi vista atisba. Por ello, sin perder un instante, me giro para contemplar con estupor una inmensa estancia dividida en cuatro espacios, con muros hasta media altura, llenos de mil y un cachivaches. En una, hay botes de cristal transparente sin uso; en otra, una antigua bicicleta y aperos ayuso; en el tercero, que es de mayor tamaño, hay varios baúles repletos de papeles de antaño, por lo que distingo; y en la última, hay viejos juguetes de un tiempo extinto. Pero a unos pasos de mí, permaneciendo impasible en el pasillo que las une, hay una maleta cuadrada de piel marrón cubierta por el polvo. No salgo de mi asombro cuando, impávido, observo el rayo del celeste astro que, como maestro, la realza poniéndola en primer plano. Al mirarla, viene malsano un pensamiento furtivo, que raudo olvido para acercarme sutilmente. Uno, dos, tres pasos y estoy encima. Me agacho pausadamente esperando lo peor del instrumento inconsciente.

            Me encuentro a la misma altura de aquella clásica maleta. La piel que la recubre no está descompuesta, aunque una fina capa de níveas partículas del más fino polvo la baña. Sin mala maña, limpio con mis temblorosos dedos el tamo más somero. Al fijarme en su tapa, veo un pequeño sombrero tatuado que parece moverse educado esperando mi atento saludo. Respondo con una menguada sonrisa. Tras de mí, por mi cuello se desliza una suave brisa. Miro en mi derredor sin encontrar más motivo y al bajar nuevamente mi cabeza, “¡Oh maravillosa sorpresa!”, veo congelado como las pestañas se han abierto. Todo mi cuerpo lo traspasa un miedo incierto. Allí en tierra clavado, miro asombrado el cuadrilátero de piel entreabierto y, aunque estoy despierto, creo que sueño. “Pero, ¿qué es esto?”. Me pregunto en un intento de mantenerme en lo cierto. Por la estrecha rendija, sale una luz provocadora de mil pensamientos. Mantengo la pausa un momento.

            Pasados unos segundos, no muchos pero los justos. Me armo con todo el arrojo posible y en movimiento plausible agarro la tapa que mi mano en movimiento destapa y quedo ciego por la luminiscencia expulsada. De la maleta sale, como un resorte, una voz nada torpe. —¡Toma, escoge! —Y al mismo momento que recobro la vista, salen despedidos una lista de ropajes empujados por una mano delicada, nívea… “¡la de un hada!”

            Todo queda en calma, los ropajes quedos en el suelo y acongojada mi alma. Observo el devenir de los acontecimientos. Espero. Nada se mueve, ni siquiera el viento, empero la luz no se apaga. Pasan unos segundos, vaga por el ambiente un olor conocido comúnmente, acompañado por un leve rocío. El incienso inunda el espacio. Todo desaparece, se pierde. En la estancia solo queda la maleta, la luz y mi existencia. Esta vez, la voz que no se exaspera, mi respuesta espera: —¿No te gustaron? —Y casi sin pensarlo, de mi garganta salieron expulsadas estas palabras no ideadas: —Soy varón, no hembra. — La carcajada no fue somera. La luz no se apaga. Mi alma no se enajena. La tranquilidad campa a sus anchas. La paz vuelve a la estancia.

            Acto seguido, como el momento primitivo, salen esta vez otros objetos de valor incalculable. Pero en una reacción nada reproblable me niego a coger objeto alguno. Volviendo la voz grave a hacerme de forma suave la misma pregunta: —¿No te gustaron? —A lo cual respondí, sin voz discordante y sin perder un instante: —Perdone mi descortesía, pero no es cosa mía coger aquello que no me interesa o incluso de lo cual recelo. —Respuesta que provocó un revuelo en la voz embriagadora de la maleta sonora. —¿Cómo? —preguntó esta vez. —Es de bien saber, que no puede haber nada bueno en las intenciones de quien sin más conocer te ofrece una dádiva —expuse entre mil temblores. Respuesta inesperada a la mi intervención dada, pues sin esperarlo otra vez soltó una carcajada.

            Ya mi cuerpo respondía, ya mi voz su tono normal recobraba y deseaba ver nuevamente el brazo de aquella hada. Cual fue mi decepción al comprender con desagradable emoción que no podía esperar nada de la maleta encantada, pues ya no había voz, ni luz, ni hada.

            En pleno día, aunque la llama celeste ardía, todo se tornó obscuridad quedando mis ojos cegados y mis sesos embriagados por el miedo impactante. Impaciente por el aura circulante, entendí sobrecogido que tras de mí había algo encendido. Gireme en un segundo, una mano de otro mundo acarició candorosa la mi mejilla y como una ardilla correteóme una sensación placentera, “¡era mi alma entera la que vibraba!”. Volvió la luz y percibí por una ventana el azul de la mañana. Retorné mi mirada a la caja apagada y asómeme con cuidado por el miedo a lo que hubiese al otro lado. Mis ojos fijos en la negra oquedad y en el fondo siento la bondad, como en la “Caja de Pandora” ocurría con la esperanza.

            El final de esta andanza se tornó sobre mí. Percibí que mi espíritu se ensanchaba. Alababa la dádiva obtenida y bien recibida. La maleta con llave cerrada me obligó a la rápida bajada, provocando la palidez de mi cara. En el último escalón sentado obtuve el siguiente aprendizaje: no recoger lo primero que se encuentra en el viaje, pues puede venir al final del mismo aquello que te salve del cataclismo.

Fin del relato

Julio Vegara

Ir al contenido