Ya no existe el mundo con sus paisajes, ni puedo hallar cuencas marinas, ni territorios
aéreos.

No hay tierra, no hay mar, no hay aire.

Sólo fuego.

Pero no el fuego en abstracto, sino un fuego concreto y particular que me abrasa.
¿Se puede considerar el fuego como un lugar?

Yo digo que sí, por la sencilla razón de que ahora os estoy hablando desde el fuego.
Desde el fuego específico de una hoguera.

Sé que ya no me veis, pero me vislumbráis entre las llamaradas. Sé que ya no os veo,
porque el humo nubla mis ojos y apenas os escucho por el crepitar de las llamas, pero os
sigo sintiendo como una multitud expectante.

Noto cómo seguís alimentado la hoguera con nuevo combustible. Hacia mi derecha
habéis tirado ramas, que han apagado momentáneamente algunas llamas y por delante
han caído pequeños objetos, que intuyo son mis adorados libros. Los libros que os han
enfadado tanto. Los libros que ha escrito una hereje.

¡Al fuego con ellos!, para que nadie pueda creer que haya otras formas de pensar y de
vivir, distintas a las que hombres tan doctos han diseñado.

¡Al fuego la hereje, al fuego la bruja!

Sé que os disgustaría saber que no es tan malo para mí este fuego, después de haber
pasado un año en el infierno helador y húmedo de una de vuestras mazmorras, en la que
por la mera generosidad de sus excelencias, ni siquiera gocé del fugaz alivio de un
ventanuco, que me otorgara la gracia de disfrutar de un tímido resquicio de luz.

Prefiero este fuego furioso que empieza a morder mis piernas, antes que las noches de
tortura con las que os cebasteis sobre mi pobre y terrenal cuerpo.

Por vuestras turbias miradas comprendí que no entendíais que soportara dolencias tan
graves, las cuales hubieran podido cesar con solo gritar a los muros de la prisión que yo
me retractaba.

¿Retractarme de qué muy sabios y doctos señores?

No podía retractarme de lo que se me ha dado de forma natural: inteligencia y
pensamiento.

No debía retractarme de ser noble señora, por toda la grandeza que eso conlleva.

No quería retractarme por reclamar los derechos que nos corresponden, porque he hecho
carta de hermanad con mis hermanas, las mujeres todas.

Es cierto, doctos señores, que quizá estas llamas que empiezan a devorarme, puedan
por un tiempo hacer caer en el olvido mi esfuerzo por escribir y denunciar vuestra
misoginia.

Es cierto también, señores míos, que mi lucha por gritar al mundo que nuestros
derechos son incuestionables quede por un tiempo muda.

Pero también es cierto, que cual ave Fénix, mis pensamientos volverán a nacer de entre
las cenizas en las que me estoy convirtiendo, para volver a reclamar en tiempos futuros
lo que ahora se nos niega.

Y desde estas llamas que ahora queman mi voz y mi vida, no os maldigo, ni os odio,
doctos señores, pero sabed que en el círculo de su acción todo verbo crea lo que afirma.

Marisa Hurtado Caballero

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