Decir cómo se siente un personaje puede ser la forma más sencilla de hacérselo saber al lector, pero también puede que le deje algo frío.

Por un lado, decir directamente el estado emocional no da suficiente información: «dijo enfadado». ¿Cómo que «dijo enfadado»? ¿Muy enfadado? ¿Poco enfadado? ¿Dejando salir toda su furia en una explosión de gritos y palabrotas o con el rostro inexpresivo y tenso de un muñeco de cera?

Por otro lado, el lector es uno de los seres más desobedientes que hay. Si le dices que un personaje es inteligente, se va a dedicar a poner a prueba el intelecto del personaje durante toda la historia, «a ver si es tan inteligente como dicen». Lo mismo con las emociones. Si le dices que tu personaje está muy enfadado y a continuación se está abrazando con alguien, se va a sentir engañado.

Una forma muy fácil de enriquecer esas descripciones es utilizar todo el cuerpo como reflejo de las emociones. Pero, antes de lanzarnos a ello, vamos a detenernos en un par de puntos:

Mostrar, no contar

Este consejo lo vas a ver aquí y en otros miles de blogs sobre escritura hasta la saciedad. ¡Por algo será! Con esto no quiero demonizar la descripción pura y llana (cada cosa tiene su momento y su lugar), pero es mucho más fácil que el lector empatice con la escena si dejas que él mismo llegue a las conclusión de qué está pasando.

Además, los personajes ganarán muchísima personalidad con este método. ¿Por qué? Porque cada persona es única y reacciona de forma única ante cada situación. Imagina un escenario en el que cuatro personas reciben la misma noticia, por ejemplo, que han ganado la lotería. Puede que todos sientan una inmensa alegría, pero ¿lo exteriorizan igual?

Puede que uno se ponga a dar saltos de ilusión y comience a abrazar al resto, otro puede abrir la boca y tardar varios segundos en creerse lo que le acaban de decir mientras lágrimas de felicidad asoman por sus ojos, un tercero puede coger su teléfono y empezar a llamar a sus familiares para contarles todo, mientras que el cuarto, aun feliz, puede empezar a sudar, agobiado al pensar en toda la burocracia que le espera en temas de impuestos, cobros, reparto…

Misma situación, misma alegría. Pero cada personaje lo ha vivido de una forma diferente y ahora sabemos muchísimo más de cada uno de ellos, puede que hasta empecemos a imaginarnos parte de su personalidad. ¿No te parece?

Evita las frases hechas

Voy a repetirme: no hay nada prohibido en la escritura (o casi nada), pero el peligro de usar coletillas y frases hechas es que las usamos más de lo que creemos. Cosas como «frunció el ceño» o «dibujó una sonrisa» pueden sonar muy naturales, pero es fácil que, sin darnos cuenta, pueden aparecer más de cien veces en nuestro texto.

Te propongo un ejercicio rápido:

Abre tu documento y busca tus frases hechas favoritas con la herramienta «buscar» del programa que estés usando. Eso te enseñará el número de veces que aparece en todo tu texto. Puedes incluso ver la frecuencia si navegas rápidamente por los resultados, así verás también si hay alguna zona en la que se concentren especialmente.

¿Es este un error imperdonable? No, pero estamos aquí para mejorar y, por suerte, hay varias formas de hacerlo. Yo te recomiendo:

¡Mueve el cuerpo!

Tenemos más de seiscientos músculos en el cuerpo (o eso dicen los expertos, yo no los he contado). En cambio, la mayoría de los escritores no usamos más que un puñado de ellos. Vuelvo a usar el ejemplo del polifacético «fruncir el ceño», pero también «apretar los puños» o «tensar la mandíbula».

¡Ojo! Son términos estupendos y cumplen su función perfectamente, pero nos están impidiendo sacar todo nuestro potencial creativo. Nos hemos quedado en nuestra zona de confort con las descripciones (y, siendo sinceros, ¿cuántas veces has apretados los puños en la vida real cuando te inunda la ira? Yo nunca).

Te vuelvo a recomendar que pienses en la personalidad del personaje y uses sus gestos para la doble función de definir sentimiento y carácter. ¿Una persona nerviosa apretaría los puños y tensaría la mandíbula sin más? ¡No! Es más probable que comenzara a caminar de un lado a otro, haciendo aspavientos con las manos y gesticulando con los labios un montón de improperios, ¿no te parece?

Tampoco exageremos y nos vayamos al extremo de innovar hasta límites que puedan resultar ridículos, como «la noticia le pilló de improviso y le tensó los trapecios del cuello, haciendo que las palabras le fueran tan difíciles de tragar como el carísimo champagne de su copa».

Siempre con naturalidad y respetando la forma de hablar de tu narrador.

Entonces lo que te propongo es que, cuando tengas que describir una reacción, te pares un momento y te metas en la piel del personaje. Imagina que eres él o ella y piensa qué haces, cómo te mueves, qué dices… Puede parecer muy engorroso al principio, pero llegará un punto en el que empieces a interiorizar esta técnica y te salga de una forma muy natural y fluída. Por no hablar de lo mucho que se van a enriquecer tus descripciones con estos segunditos de trabajo extra. ¡Merece la pena!

¿Demasiado difícil?

Si te cuesta imaginar o pensar formas diferentes de describir sentimientos y te vendría bien una ayuda extra, puede que te ayude tener un listado de reacciones físicas separadas por sentimientos. Puedes crearla tú o, si quieres, podemos dedicar un artículo a crear ese listado. Déjanos un comentario si crees que la idea es interesante y me pondré manos al teclado para hacer una estupenda lista de ideas con las que enriquecer las reacciones físicas de tus personajes ante las emociones.

No dudes en compartir este artículo si te ha gustado.

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