Otra vez sus ojos inexpresivos. Ella piensa que nos mira con preocupación sincera, pero lo hace de una forma tan medida, tan artificial, que bien nos podía estar mirando una estatua o una fotografía. Bernini es capaz de dotar de más vida a un pedazo de mármol que esa mujer a su propia mirada. Parece que espera que digamos algo. Siempre espera a que digamos algo más. Le sonreímos y apartamos la mirada. Es lo mejor para que entienda que no tenemos nada más que añadir.

—Entonces su matrimonio iba bien, pero por su declaración se intuye que tuvieron una pequeña pelea el día del accidente —dice, resumiendo mis palabras y anotando algo en su ordenador. Nos molesta no saber qué ha escrito—. ¿Podemos hablar un poco sobre esa pelea?

Mi mujer y yo nos acariciamos las manos a escondidas entre las sillas. Solo fue una pelea. Todo el mundo se pelea. Ella perdió la voz en el accidente, así que soy yo quien toma la palabra por ambos.

—Fue una cosa normal, casi ni recordamos de qué se trataba la discusión. Yo digo que fue porque a uno de los dos se le había olvidado fregar la noche anterior, ella porque íbamos tarde.

—Pero les afectó lo suficiente para que chocaran contra la mediana. ¿Quién iba conduciendo?

—Yo. Su trabajo está más cerca, así que la dejo allí cada mañana y yo sigo mi camino hasta mi nave.

—¿Pasó algo más a parte de la discusión que le hiciera distraerse?

No decimos nada. “Algo que le hiciera distraerse”, ahí estaban de nuevo las palabras acusatorias. Nosotros ya lo habíamos hablado. No había sido culpa de ninguno. La conversación hizo que ninguno viéramos el perro diminuto que cruzaba la travesía hasta el último momento. Si hay que culpar a alguien ¿por qué no a la niña que no supo agarrar bien la correa? No lo atropellamos de milagro. Teníamos que haberlo hecho.

—El perro. Se cruzó. Ella dio un grito y me asusté, creí que era un niño. Lo siguiente que recuerdo es despertar aquí, en el hospital.

La doctora sonríe con lástima. Ese sentimiento sí lo sabe transmitir.

—Vinieron en un estado muy grave. Es un milagro que esté con vida.

Habíamos pasado varios meses ingresados en aquel hospital. Nos habían puesto en habitaciones separadas porque decían que no nos haría bien ver el estado en el que se encontraba el otro, que podría empeorar nuestra situación, pero necesitábamos hacerlo. Solo queríamos hablar. Al ver que no decimos nada, la doctora continúa.

—¿Cómo fue la vuelta a casa?

Nos miramos. ¿Hasta qué punto queríamos que supiera sobre nuestra vida privada?

—Extraña. —Eso era cierto—. La casa parecía otra. La familia parecía otra. Casi ni hablaban. Venían con aspecto de tragedia o llamaban para decir que lo sentían. Nunca estaban mucho tiempo. Que se acabara la baja fue una alegría.

—¿Podría ser que hubiera hecho falta un poco más de tiempo de descanso antes de volver a trabajar?

—¡No! Para nada. La casa es asfixiante, la rutina es mucho mejor para olvidar.

—¿Olvidar? —Levantó una ceja de forma significativa y supimos que ya estaba tergiversando nuestras palabras.

—Para no pensar constantemente en el accidente, para volver a la normalidad.

De nuevo apunta algo en su ordenador.

—¿Qué ha pasado exactamente esta mañana?

—¿Qué ha pasado? ¿Qué quiere decir?

—Nos llamó un compañero de trabajo de su mujer para decirnos que había aparecido su maletín en la acera, frente a la puerta de la tienda.

—Debió de olvidárselo al entrar, cuando nos despedimos. No es tan raro. Es nuestro primer día de trabajo desde hace meses.

—Su mujer no ha podido ir esta mañana a trabajar.

—¿Ah, no? —La miro confundido, yo mismo la dejé en la puerta—. ¿Por qué no?

Le pregunto a ella, pero es la doctora quien responde.

—¿No recuerda lo que le pasó?

—Se le clavó un hierro en la garganta, según el informe del médico y por eso ha perdido la voz. Eso no impide que pueda reponer. No nos ha llegado ninguna carta de despido.

La doctora frunce el ceño confundida en la expresión más sincera que le he visto en estos meses. Nos mira como si no supiera qué decir. Coge un par de volantes de pruebas y comienza a rellenarlos.

—Esta es para neurología y este… para psiquiatría. Creo que le vendrá bien para sobrellevar el trauma.

—¿De verdad es esto necesario? Ella está bien. No ha hecho nada raro en estas dos semanas que llevamos en casa.

—¿Ella? —pregunta negando—. Son para usted. Aquí solo estamos nosotros dos. Su mujer nunca salió del hospital.

Marta González Peláez 

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