La primera vez que fui al cine tenía cinco años. Recuerdo que papá y mamá me llevaron junto a varios amigos suyos cuyas caras no recuerdo a ver La bella durmiente y que tardé otros tantos años en volver porque no había sabido comportarme. Tampoco era mi culpa, la película, por momentos, me llegaba a dar miedo con esos tonos oscuros de los que no era consciente en ese entonces.

Cuando crecí, quise volver a darle la oportunidad al sitio ese lleno de butacas. Papá no estaba de acuerdo. Supongo que pensaría que, aun con mis casi diez años, volvería a ser la pequeña revoltosa que prefería gritar y pedir chocolate en lugar de quedarse sentada durante dos horas sin moverse. Por suerte, ahí estuvo mamá para mostrar un poco de confianza. Fue muy posiblemente ese momento decisivo de mi futuro profesional, ese que a mucha gente le llega tarde o directamente nunca lo hace.

―Nos vemos luego, papá ―dije mientras tomaba la mano de mamá invitándola a salir ya mismo. Ella se rio e hizo lo mismo. Se despidió de papá y salimos de casa con la sonrisa cómplice de hacer algo madre e hija juntas desde hacía mucho o quizá nunca. Me preguntó qué quería ver, a lo que, viendo la cartelera de entonces, me decanté por la única película de animación que se emitía: El príncipe de Egipto. No voy a entrar en detalles de si me pareció buena, mala, si me gustaban las canciones, los personajes… No me importó absolutamente nada, solo las injusticias que veía y la naturalidad con la que todos lo tomaban. ¿Quién se creía ese tal Ramsés loquefuera? Bueno, miento, es lo que acabé pensando con el paso de los años. En su momento, claro que tenía opinión de la película, pero con el tiempo la idea que quedó grabada en mi cabeza fue esa, la aceptación de lo injusto.

Me fascinó la cultura que se mostraba por encima de la historia narrada. Desde ese día empecé a investigar a mi manera todo cuanto pude sobre Egipto y su tradición y mitología. Cada descubrimiento nuevo que hacía me parecía más asombroso que el anterior. Las condiciones de las que gozaban los faraones, su avanzada tecnología y medicina, su manera de enseñar y de plasmarlo en los papiros… Todo, quería saber absolutamente todo.

Creo que mamá llegó a pensar que era una pesada, pero, por suerte para mí, nunca me lo dijo. Entendía que era mi nueva pasión, al igual que la suya era la jardinería. Cada semana llegaba con una nueva maceta dispuesta a formar parte de la familia vegetal del jardín trasero. Lo cierto era que tenía buen gusto para ello. En una ocasión vino con un par de sobres con semillas de heliotropos, que ayudé a plantar mientras seguía aportando datos que había recopilado de mi cultura favorita. Tras plantarlos y verlos crecer, quedó un jardín que, para muchos, podría definirse como «perfecto». Así era como yo quería ser, perfecta en mi campo. Quería colocar semillas en mi mente de cada persona importante, cada mito, cada hecho que había pasado por la historia. Mamá era mi mayor ejemplo para darme cuenta de cómo quería ser y cómo quería crecer.

Recuerdo también que, cuando pasaron los años, mis ánimos no decayeron. Tenía amigos que desde pequeños habían optado por unos caminos que habrían resultado difíciles, pero estoy segura de que, si hubieran continuado, habrían sido realmente buenos en su campo. Mi mejor amigo, por ejemplo, desde bien pequeño había querido ser actor, y esa idea le duró años, más de los que él mismo querría reconocer. Sin embargo, cometió el error o el acierto de comenzar en un grupo amateur del que se enamoraría enormemente. Después de un par de obras realizadas, pensó que aquello era demasiado idílico. Decía que, mientras lo hiciera por gusto, nunca perdería la chispa, la euforia que sentía cada vez que subía a un escenario. Si de repente se viera en la situación de hacerlo por obligación, perdería el encanto, sería una profesión gris que no le aportaría nada más que dolores de cabeza y «sociopatía» causada por el divismo que envuelve el mundo del espectáculo. Cada vez que me lo contaba, reía, pero reconozco que sentía pena por él…

Nunca me lo planteé de ese modo, pero lo cierto es que, si me hubiese pasado a mí, ¿qué habría hecho? Quiero decir, seguí adelante con mi idea de conocer todo el mundo desde sus orígenes porque no veía que tuviese otra alternativa. Sabía que mi meta, mi destino si quieres que nos pongamos místicos, era la Historia. Quiénes fueron aquellos que nos precedieron, de qué manera llegamos a lo que somos, cómo fue posible que la gente espabilara tras ver la cantidad de injusticias que se cometieron, cómo lo afrontaremos ahora y lo harán nuestros sucesores…

En cualquier caso, y a pesar de las quejas que caracteriza a los humanos (ahora lo puedo decir desde el conocimiento real), a mis treinta y tantos años he conseguido estar por fin donde quiero estar: rodeada de libros incomprensibles con idiomas olvidados que debo traducir para dentro de tres días. En ocasiones creo que la locura va a poder conmigo. No obstante, cuando tomo uno de esos textos de gente muerta me hace sentir irónicamente tan viva que no importa. Gracias a mis estudios e investigaciones he descubierto que la humanidad vive en un círculo que se repite constantemente y que aún nos quedan muchísimos errores que cometer, tanto ya hechos como nuevos.

Y de entre toda esa gente también llegué yo y me di cuenta de todo lo que se podría hacer y nunca llegamos a ello. Quizá no es un pensamiento de una persona «histórica», pero quién debería imponer una cosa sobre otra. Carecemos de faraones que nos obliguen a ser lo que no queremos, aunque esto, por mucho que nos pese, sigue estando aceptado. Así que, como consejo, olvida todo lo que se sepa o piense de ti. Al fin y al cabo, solo nos queda seguir y ser lo que queramos, ¿verdad, mamá?

Siempre te agradeceré que confiaras en que mi niña aprendiera de sus errores y la llevaras a ver aquella película que cambiaría su vida muy poco a poco y a la vez tan de repente.

José Santínez

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