No recuerdo bien la hora, pero todo comenzó una aciaga tarde de verano.

Entré en el baño para lavarme las manos tras haber estado arreglando una vieja computadora. Mientras me caía el agua miré al espejo que hay frente al lavabo. “Necesito afeitarme otra vez”, pensé mientras veía el vello en mi cara. Cuando caí en la cuenta de que había algo negro en el espejo, lo miré pero no acertaba a ver lo que era. Así que, muy sigiloso, me acerqué a la bañera y observé atentamente. El punto negro estaba ahí. Metí el pie descalzo dentro de la bañera, apoyé mis manos en la pared y me empiné todo lo que pude. Me sorprendí al verlo, era un diminuto y exiguo agujero. En realidad nada extraño.  Recuerdo que pasé mucho tiempo pensando en qué podría provocar aquel pozo de misterio que se iba ensanchando misteriosamente cada vez que me paraba a observarlo.

No hace muchos días, tras ducharme, paré un segundo mi ritual matutino. Me fijé un segundo más de la cuenta en aquel pequeño agujero negro. Ya no era diminuto. Se estaba haciendo mayor. Comencé a palpar el techo en busca de algo que me dijese qué podía ser aquello. Empero mis pesquisas fueron infructuosas, lo único que conseguí fue notar una ligera descarga electrostática, pensé, a la que no di mayor importancia. Pasé a comprobar el tamaño del agujero, hoy era del grosor de mi dedo índice. Asombrado comencé a pensar qué podría haber encima de mi cabeza. En aquel momento, la primera idea que me surgió fue que estaba el baño de unos vecinos. Bañera que se calaba y, por lo tanto, hacía que el agua que salía de allí cayese sobre la mía. ¡Pero eso podría provocar un agujero mayor! ¡Tan grande inclusive que llegara a caerse la bañera de arriba encima de la mía! Suerte que no hubiera en dicho momento nadie, si no provocaría una catástrofe. Con la piel de gallina, cariacontecido, agitado y desagradablemente excitado, salté con todas mis fuerzas fuera de la bañera. En el suelo, pasados unos segundos, ya tranquilo me reí del hecho y seguí con lo mío.

Ayer ocurrió algo similar. Al volver a mirar la cavidad que se producía. Ese día aún era mayor que el anterior. Mi cabeza comenzó a pensar en un roedor que fuese todos los días arañando el techo, lo que para él sería el suelo. Mi corazón comenzó a palpitar incesantemente. Si fuese lo suficientemente grande podría llegar un momento en el cual me saltase a la cara y me arañase provocando un gran escozor. Como si lo tuviese encima, hice el ademán de apartarlo de mi cara. “¡Ah!”. Todo mi cuerpo estaba rígido y tenso. Incluso creo que sentía aquella desagradable quemazón mientras caía emitiendo terribles alaridos. Al golpear mi cabeza con el suelo perdí la conciencia durante unas horas. Nada más abrir los ojos, como tenía el boquete frente a mí, vi un destello. Un brillo parpadeante que llamó mi atención. Lentamente me arrastré hasta la puerta. Me incorporé como pude y salí despavorido. No volví a entrar en el baño en todo el día.

Ahora son las diez de la mañana y me propongo asearme para comenzar el día. Tomo todo el arrojo del que soy capaz y entro. Allí sigue. Hoy un pozo negro. Aún mayor. Me aproximo lentamente a la bañera, meto un pie y le sigue el otro. Estoy totalmente bajo el vacío tétrico, intentado no mirar hacia arriba. Siento la pequeña brisa que exhala la opacidad de la cavidad que habita sobre mí. No puedo evitarlo, noto como si una inexplicable fuerza indómita tira de mi barbilla para que mire. “¡No!” Es una lucha sin cuartel entre mi mente y la necesidad de mitigar esa incesante carencia de conocimiento que tengo en este momento obscuro.

Gana mi afán por conocer lo que hay en derredor mío. Despacio, casi sin notarse, irgo la cerviz para atisbar la razón de mis miedos. En la pared del baño, que está revestida de azulejos, veo reflejada una sombra. No veo con nitidez lo que es. Todo mi cuerpo se pone en tensión, la piel se viste de gallina y los vellos se erizan. Comienzo a temerme lo peor.

Cuando mis ojos comienzan a vislumbrar la opacidad espesa de la oquedad existente en el techo oigo un grito de ultratumba: “¡no veas, desdichado, lo que puede llevarte al Averno!”. Ya no siento miedo, es pavor lo que abotarga mi corazón. Siento sus latidos cada vez más acelerados y que gritan. Pero no hago caso. Miro atentamente el cenit de aquella aterradora obscuridad. Siento una presencia junto a mí. Giro raudo la cabeza y veo una cara desconocida pero tranquilizadora que mitiga mis más profundos pesares. Antes de poder emitir ningún sonido audible, abre su boca tanto que puedo ver dos colmillos tan afilados como el bisturí del mejor cirujano. En el mismo instante noto como puñales revestidos de garras rodean mi corazón clavándose sutilmente pero sin llegar a perforar la carne. Mi cuerpo sale volando, alrededor de dos metros, hasta golpear la pared frene al cuarto de baño. Caigo desplomado. Todo se apaga.

Ha pasado un largo espacio detiempo. Todo lo ocurrido parece un sueño. Desde el suelo y con la cabezacubierta de su propia exudación no veo nada en el baño. Grito que no le tengomiedo. Noto el piso temblar, noto las paredes que me golpean y el suelo que mezarandea durante un instante interminable. Como puedo levanto mis doloridoshuesos y me acerco al agujero. ¡Parece que ahora está en el suelo! Miro y veoen el reflejo de la bañera que la fiera ahora soy yo.

Julio Vegara

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