Pradera_con_floresHuele a menta fresca, ese olor penetrante, suave y fresco de esa pequeña hierba fragrante de color verde intenso. También huele a rosas, a fragancia de jazmín. A las esencias agradables de la pradera en la plenitud de la primavera que me hipnotizan. Los olores que me embeben y me hacen retomar los recuerdos más bellos de mi infancia ya muy lejana.

            A la vez, desde el lado opuesto, llega a mis fosas nasales y a través de ellas a mi cerebro, un olor putrefacto que me recuerda al hedor de una cloaca. Tan desagradable que tengo que dar media vuelta para que no me inunde, para olvidar las lamentables acciones de mi vida, esos momentos que guardé en una vieja carpeta en el espacio más perdido de la última neurona de mi ya anciano cerebro.

            Ese tufo me impregna, noto como la podredumbre sube hasta mi nariz, aún aturdida por los vapores relajantes del sueño más profundo en el que me encontraba. Es una hediondez tan desagradable como cuando abres ese bote que se encuentra al final del frigorífico, allí abandonado a su suerte, y lo abres para saber si su contenido está aún apto para comerse. Esa pestilente fetidez que se aferra a ti, como la mano del niño que tiene miedo y se agarra a su madre en pos de ayuda y consuelo, una pestilencia imposible de borrar y que se mantiene entre los recuerdos imborrables que nuestro cerebro ha guardado hasta el fin de nuestra fugaz existencia.

            6127124_origLigeramente abro los ojos dejándolos entornados para que la luz no les pueda hacer daño, para que todo se quede en un sueño a sabiendas de que la lucidez está presente. Pero no puedo ver a nadie junto a mí, a un lado y a otro no hay ningún cuerpo físico. Empero estoy seguro de que la existencia de dos seres que mis cristalinos no alcanzan a atisbar, se encuentran allí porque ambos olores acceden a mis fosas cada vez con más nitidez. Abro los ojos de par en par, la bruma que antes los acariciaba se ha disipado, aún así no puedo apreciar la existencia o aparición de nadie en derredor mío.

              Incorporo mi ajado y débil esqueleto, que huele a sábanas limpias con aroma de lavanda y a colonia de bebé, una fragancia suave y fresca que hace que me sienta limpio,  levemente con las pocas fuerzas de mis huesudos brazos. Envilecido por la situación, exasperado por no saber que está ocurriendo se me ocurre lanzar un grito desgarrador de miedo e impaciencia. Exhausto por el esfuerzo realizado caigo desplomado como si se hubiesen quebrado todos los huesos de mi armazón. Con los párpados otra vez cerrados, dejando que sea la nariz quien me guíe, vuelvo a percibir esos olores que la vista no me dejaba retomar. Pero por la procedencia del olor no distingo claramente los efluvios por separado, ahora parece como si estuvieran entremezclados. Mi cabeza se desorienta, mantengo la cabeza hacia el frente como si los viera delante de mí. Al pasar unos segundos olfateo y noto como ambos tufos juntos se mueven a la par, se mueven lentamente, recorren toda la habitación como si esperasen algo.

              Al cabo de un tiempo la esencia a campo, esa fragancia agradable que antes se encontraba a mi lado, tras carraspear sutilmente, me infringe de forma tajante la siguiente pregunta:

-¿Sabes quiénes somos?- No puedo emitir apenas un sonido audible ni comprensible.

            Y sin tardar un segundo continúa: -No tengas miedo, relaja tu mente y entiende bien lo que te digo. Este es tu momento final. Ahora venimos a recoger tu alma para llevarla a un viaje donde encontrará lo que ansiaba desde de que llegó a tu cuerpo. Todos siempre habéis creído que iba sola, pero a la hora de recoger vuestras almas me acompaña la esencia de todo ser humano, eso que te molesta oler, eso que desde hace un rato llevas intentando evitar y que a todos los humanos os impregna. Ella es la Mentira, la falsedad que os reviste y que os conduce a todos los males de vuestra sociedad, a la que ya no le queda mucho. Ahora me presento yo, soy la Muerte, la Parca, la amiga de las almas. Es el momento de recorrer un camino que los mortales nunca podréis hacer y que es tan importante como el nacimiento. Amigo descansa, olfatea por última vez y déjanos que hagamos sin asperezas lo que según nuestra obligación nos compete.

Julio Vegara

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