El 1 de noviembre es un día especial para todo el mundo, incluido para Tom, quien, todavía medio dormido y con legañas en los ojos, se servía café del día anterior. No se había dado cuenta de qué día era cuando alguien llamó a la puerta. Con una lentitud increíble y la pereza aún en su cuerpo, se acercó a abrir.

            Al verse a sí mismo al otro lado, se olvidó del atontamiento. ¡Cierto, ya era ese día! Intentó cerrar con violencia, pero su otro yo había sido rápido y había puesto un pie en el marco para evitar que la puerta se cerrara. Ante tal estrategia, Tom se dio la vuelta y subió las escaleras a toda prisa, trastabillando y lanzando a su doppelgänger todo lo que veía a su paso: cuadros, macetas, libros… Uno de estos últimos le dio de lleno, haciendo que se tambaleara y cayera un par de escalones. Era la ventaja que necesitaba para encontrar un escondite y pensar una táctica para acabar con él antes de que ocurriese lo contrario.

            Mientras el antagonista de su vida conseguía subir, Tom se encerró en su habitación, abrió la ventana de par en par y se escondió encima del armario. Desde ahí, cuando el otro examinara la ventana, podría lanzar a su enemigo la bola de bolos que sus amigos le habían dado como regalo de broma y esperar que el golpe le hundiera la cabeza.

            ―¡Tom, no lo alargues! Sabes cómo funciona esto. Vayamos directos y acabemos cuanto antes ―gritó el falso Tom tras la puerta.

            El Tom verdadero se mantuvo callado, lo que obligó al psicópata a abrir la puerta a golpes. Lejos de que su plan funcionara, el falso Tom fue directo al armario, conocedor del plan del original. Era lógico, ambos pensaban igual, eran la misma persona.

            De todos modos, el Tom real lanzó la bola, rezando por que funcionara igualmente su estratagema. El falso dio un paso atrás y cayó sobre la cama de espaldas. Tom aprovechó para lanzarse y, con suerte, partirle algún hueso. Cayó de rodillas sobre el tórax, el lugar perfecto. Varias costillas del impostor se partieron, provocándole un grito que le desgarró la garganta. Con esa debilidad presente, el verdadero Tom puso las manos sobre el cuello de su monstruo para estrangularlo. Casi lo había conseguido, cuando el moribundo ser alcanzó la lámpara de la mesita de su original y la destrozó contra su cabeza.

            Tom se tambaleó y cayó al suelo. El doppelgänger se levantó con dificultad, llevándose la mano al costado y aullando de dolor. Tom, por su lado, tomó la iniciativa y, a pesar de la brecha en su cabeza, decidió que ya era momento de acabar. Si lo había conseguido antes, no había motivo para que no volviera a suceder. Corrió al baño mientras chocaba por el pasillo con todos los muebles posibles y, tomando una toalla para proteger su puño, golpeó el espejo, haciendo que se partiera en trozos irregulares. Cogió el trozo más grande y volvió a por su rival, que ya se acercaba con unas tijeras en la mano.

            Más alerta que nunca, esta vez no se abalanzó ninguno antes que el otro. Tenían que pensar exactamente qué movimiento podrían hacer. ¿El falso daría un paso directo contra el verdadero? ¿A qué parte del cuerpo apuntaría? ¿Al cuello? ¿Al pecho? ¿A los ojos? No, nadie se esperaría que en el último momento se dejara caer para clavarlo en el muslo y quitarle movilidad. Y el verdadero, esperándose eso, ¿daría un rodillazo? ¿Aprovecharía para clavar el trozo de espejo en la espalda del usurpador? Esta segunda opción parecía más segura.

            Al contrario de todo lo que habían pensado en los pocos segundos que parecieron una eternidad, el falso Tom lanzó las tijeras, esperando tener la suerte de que se quedara clavada en el otro. El verdadero las esquivó metiéndose en el baño, momento en el que el doppelgänger corrió directo a por el enemigo y aprovechó para arrearle un codazo en la cara al tiempo que giraba y se metía también en el baño. El verdadero, con la nariz sangrando de manera excesiva, dejó caer el cristal de la mano y cayó a la bañera, quedando expuesto a su asesino.

            El doble dio varias patadas al original en la cara y, una vez reducido del todo, tomó el trozo de espejo. A punto estaba de degollar a su alter ego, cuando Tom reaccionó con una espiración más que exagerada y una patada con todas las fuerzas que le quedaban. Acertó en el estómago del rival, que se dio tal golpe contra el lavabo que quedó unos segundos traspuesto en el suelo.

            Ambos estaban exhaustos, sudando y pidiendo a gritos que eso terminara, pero no podía ser así: uno de los dos tenía que caer. Se pusieron en pie como pudieron y, sin táctica alguna, se lanzaron uno contra otro a gritos. Forcejearon y se golpearon varias veces en cualquier sitio que alcanzaron. Ya no importaba la técnica, solo había que sobrevivir.

            Fuera, en el pasillo, el verdadero Tom se dejó caer para agarrar las tijeras que antes casi habían podido ser su arma homicida. El otro se lanzó sobre él antes de saber qué había provocado que el Tom real acabara en el suelo y, como consecuencia, acabó con el objeto puntiagudo clavado en el muslo. Se echó para atrás y se levantó a duras penas, víctima de su propio reflejo. El verdadero Tom, sabedor de su inminente victoria, se permitió una pequeña sonrisa de alivio.

            ―He vuelto a ganar.

            Ante tal acto de prepotencia, el falso Tom se abalanzó con un grito rabioso contra el otro, algo que este no se esperó. La ventana de detrás de él se rompió en muchísimos pedazos cuando su cuerpo, aún vivo, cayó a través de ella, rasgando su carne por los hombros y el vientre.

            El falso, ahora verdadero Tom, se asomó un momento para asegurarse de ser el ganador. El cuerpo del antiguo yacía en el suelo del jardín con una postura imposible. Varias articulaciones ahora eran simples cartílagos sin unión y más parecía un títere sin hilos que una persona.

            A pesar de las heridas, el superviviente podía descansar.

maxresdefault

            El nuevo Tom había terminado de cavar en su jardín el agujero donde enterraría el nuevo cadáver de sí mismo, dejando asomar a los otros tantos que ya estaban en repugnante descomposición. Mirarlos solo le provocaba alivio. Durante el siguiente año, tendría la vida del antiguo Tom: comería su comida, trabajaría en su puesto, abrazaría a sus padres, se frustraría con sus problemas, enfermaría en su lugar, tendría sexo con su pareja ¿o quizá con la nueva? No importaba en ese mundo. Pocos había originales, probablemente casi toda la población habría muerto a manos de su alter ego en algún Día de los Muertos aleatorio, y a todos les parecía indiferente. Su madre, si es que era la que lo había tenido, lo querría igual; y sus amigos, si habían aguantado ese año, lo aceptarían de buen grado. Era la ley de la naturaleza.

            En el jardín de al lado el pequeño Sam hacía un pequeño agujero para su primer «yo». Hacía días que había cumplido los diez años y ya estaba preparado para defenderse de sí mismo.

            Al otro lado, la anciana señora Ortiz aún batallaba contra su gemela malvada mientras su hija atropellaba a su reflejo a gran velocidad. Tom ni siquiera se planteó ayudar. Cada uno tenía su propio «problema», y no había motivo para inmiscuirse.

            Solo había un objetivo: sobrevivir.

ESCENA EXTRA

            Al pobre Tom le quedaban, con suerte, unas pocas horas. No sabía cuántas veces había cambiado su «yo» a lo largo de su vida, pero lo cierto es que ya no era relevante. Tras más de ochenta años, solo quería descansar.

            Estaba inutilizado en la cama del hospital, sobreviviendo sus últimos suspiros gracias a esas máquinas que costarían un dineral, pero que no podían ofrecerle nada más. Probablemente ni siquiera pensaba ya, su cuerpo se consideraba vivo porque la sangre seguía fluyendo dentro de él.

            Era 1 de noviembre de nuevo. Su anciano usurpador se acercaba sin ninguna prisa. Sabía el estado del enfermo, ni siquiera habría lucha. Se permitió mirarlo, mirarse en cierto modo. El nuevo doppelgänger sabía lo que pasaría. Estaba viéndose morir a sí mismo.

            Empujó el casi inerte cuerpo de Tom, haciendo que sus frágiles huesos terminaran de romperse y su corazón dejase de latir. Tranquilamente, el nuevo Tom se colocó cada tubo, cada cable, cada mascarilla, todo. Entonces, cuando hubo terminado, respiró por última vez.

            La máquina que detectaba su corazón mantuvo ese pitido triste y chirriante. Ese año Tom no podría enterrarse.

José Santínez

Ir al contenido