—¿Dónde tenías pensado esperar?

—¿A qué?

—Al final, por supuesto.

—Ah. Pues… aquí mismo.

—¿Mirando a las vacas desde estas maderas podridas?

—Es mi casa. He vivido aquí siempre. ¿Por qué habría de querer ir a otro lugar?

El hombre se apartó la melena de la cara y se rascó la barba con el mango del cuchillo, sin quitar los ojos de encima de la mujer. Empezaba a ponerse nervioso.

—Bueno, lo típico parece que es querer esperar en la playa. En lo alto de una montaña. Incluso en una iglesia, si ese es el rollo que te gusta.

—No me gusta la playa, no le veo el encanto. Ya estoy en una montaña. Y nunca he sentido la necesidad de ir a una iglesia. Ahora, menos que nunca. No soy de ese tipo de gente.

—¿De qué tipo?

—De las que no quieren estar donde están. Yo quiero estar donde estoy. Así ha sido durante muchos años —añadió, sin apartar la vista del horizonte donde se perdía el mar de hierba que rodeaba la casa. A lo lejos, se podían ver algunas vacas pastando, ignorantes del destino que les esperaba.

—Pero ¿no has pensado nada diferente para el final? No sé, una botella de vino especial, alguna música en concreto. Quizá alguien a tu lado. Un poco de sexo, qui…

Ella giró la cabeza y le dirigió una mirada cargada de severidad y recelo.

—¡No, no era una insinuación! ¡No estoy aquí para eso! —se apresuró a añadir el hombre, acobardado de pronto, por unos ojos que le fulminaban, cargados de reproche. Aquella mujer parecía que podría partirle por la mitad. No es que le importase, pues era cierto que no estaba allí para eso.

Ella pareció aceptar la respuesta y volvió a dirigir su mirada al pasto.

—Estoy buscando a mi gato —añadió tras una pausa. Le ponían nervioso los silencios. Aquella declaración llamó la atención de ella, que volvió a mirarle—. Llevaba muchas horas conduciendo… Paré a descansar y me descuidé. —Agitó el cuchillo, apuntando hacia el horizonte, donde el sol pronto se escondería para no volver jamás—. Quería llegar hasta la costa. Conozco un lugar perfecto.

—Te has debido de confundir en algún giro. La playa está al final de la carretera que sigue el valle.

—No he dicho que fuera a la playa. He dicho a la costa —replicó, todavía con el cuchillo apuntando hacia la mujer—. No soy de ese tipo de gente.

Ella volvió a girar la cabeza con desinterés.

—¿No me vas a preguntar qué tipo de persona soy?

—¿De la que espera el final mientras me apunta con su cuchillo? ¿O de la que desperdicia el tiempo en buscar una bola de pelos andante mientras el fuego llega?

—Ese gato es mi vida. No es su culpa haberse asustado ahora.

—No, no lo es. Tampoco es su culpa el que vengas a molestarme ahora. Tampoco es la mía, por cierto. Adivina de quién es.

El hombre cogió aire y lo retuvo dentro. Pasados unos segundos, bajó la mano y guardó el arma en su cinto.

—Tienes razón. Disculpa. En días como estos, uno no sabe de quién fiarse.

—Sí, es cierto. Una se sienta en su casa a esperar la muerte con tranquilidad y le vienen a incordiar.

—Esto no es una casa, es un hórreo.

—Pero está dentro de mi finca, es donde trabajo, es donde he decidido sentarme a esperar y es mi casa. No es el sitio donde espero que alguien me venga a molestar.

Con cuidado, el hombre se agachó, apoyó las manos en el heno que cubría el suelo y se giró hacia el exterior. Con un poco de esfuerzo, sacó las piernas entre las tablas de la barandilla de la estructura y dejó los pies colgando. Miró el reloj que llevaba en la muñeca y dejó escapar un largo suspiro.

—Solo quedan unos minutos. ¿Te importa si me quedo?

Pareció meditar la respuesta. Tras unos instantes, asintió con la cabeza.

—Si es en silencio, sí.

—Gracias.

No se le daban bien los silencios, siempre le habían puesto nervioso. Era algo contra lo que había intentado luchar durante mucho tiempo, tras distintas personas recordándole que no sabía disfrutar de aquellos momentos sin hablar. Ahora, al final de la vida, lo iba a intentar.

Ni medio minuto después, fracasó.

—¿Puedo servirme algo de tu vino?

Ella cerró los ojos y asintió con la cabeza. Estaba claro que aquella mujer acababa de unirse al amplio club de personas que consideraban que no sabía estar callado. Tampoco era que le importase demasiado. Nada importaba ya.

Alargó la mano y cogió la botella. Al lado de la misma, pudo ver que había una segunda copa vacía, lo que era una suerte, porque no sabía si sería aceptable beber a morro, incluso aunque cualquier tipo de escrúpulo ya no tuviera demasiada relevancia.

—¿Esperabas a alguien?

Se hizo un silencio incómodo. Le miró a los ojos y, tras negar con la cabeza y agitar la mano que sujetaba su propia copa de vino, respondió.

—Sí. Pero ese alguien parece que ha preferido esperar en otro lugar. No es que me sorprenda demasiado, ya lo veía venir. Pero sí guardaba una pequeña esperanza al respecto. Ahora ya no importa, por supuesto. Nada importa.

—Hay cosas que sí importan —replicó él, mientras se servía la bebida.

—¿Como qué?

—El vino, por supuesto.

El comentario pareció pillarla por sorpresa y dejó escapar una media sonrisa.

—¿Cómo es tu gato?

—Un gatucho mezcla de razas, nada en especial. Marrón oscuro, con rayas más oscuras o negras aquí y allá. Un gato cualquiera. Solo una bola de pelo.

—Siento haber hecho aquel comentario —se apresuró a añadir ella.

—Bueno, me he colado en tu casa. Bastante bien te lo has tomado.

—¿Cómo se llama?

—Pelos.

—¿Pelos? —replicó ella, entre risas. Al reír, unas pequeñas arrugas enmarcaron sus ojos.

—Sí, Pelos —respondió, acompañando las risas de ella —. Se lo puso mi pareja.

—¿Dónde está ella?

—Él. Murió. Bueno, se suicidó.

—Vaya. Lo siento mucho. —Bajó la mirada hacia su copa.

—No pudo soportar la espera. Era buena gente, pero no fue capaz de aceptar la pérdida de su futuro. —Suspiró y miró el reloj —. Ya debería haber impactado. Por lo que decían el otro día, la onda expansiva debería tardar menos de diez minutos en llegar a esta zona.

—No me importa demasiado el tiempo que queda. Prefiero no saberlo.

—Vaya. Perdona —dijo él. Lo consideró durante unos segundos, se quitó el reloj de pulsera y lo arrojó desde lo alto del hórreo —. Ya está, se acabaron mis avisos. —Justo en ese momento, el horizonte anaranjado donde el sol trataba de esconderse se empezó a oscurecer y a tomar un color rojo intenso que iba subiendo, mezclado con lo que parecían finas líneas negras dibujadas por objetos que salían disparados hacia arriba.

Ambos contuvieron la respiración durante unos segundos.

—Pues nada —dijo ella, mientras levantaba la copa, como tratando de hacer un brindis con el sol—, ha sido un placer. Gracias por tu calor —añadió. Se llevó la copa a los labios y se bebió casi todo lo que quedaba en ella.

—Me llamo Lucas, por cierto.

Se giró y le miró, sonriendo.

—Yo me llamo Paula. —Dirigió la copa hacia su nuevo amigo —. También ha sido un placer conocerte a ti.

 El hombre, sonriendo, hizo chocar su copa contra la de ella, mientras una lágrima caía por su mejilla. Luchaba contra el miedo y el impulso de salir corriendo, esconderse o taparse la cara. Ella extendió su mano libre y la posó sobre la de él.

—De verdad, ha sido un placer.

—Lo mismo digo.

De pronto, vieron una sombra que saltaba sobre el suelo del hórreo. Ambos pegaron un pequeño salto de sorpresa.

—¡Pelos! ¡Estás aquí! —dijo él, al ver cómo su gato se acercaba hacia ellos—. Vamos, ven, quiero presentarte a alguien.

Ambos posaron sus copas y extendieron las manos, invitando al gato a acercarse para saludar. Sonrieron, felices. Olvidaron, durante un suspiro, el porqué de que estuvieran allí. Durante aquel momento, los ojos del felino reflejaron con intensidad el brillo del destino que se acercaba por el horizonte.

El sol había quedado oculto. La pradera, destruida. El ganado, convertido en cenizas. Su mundo, aniquilado para siempre. Los dos humanos y el gato, calcinados al instante, desaparecieron mirándose los unos a los otros. Tras meses de espera, sin poder pensar en otra cosa que no fuera el final, aquel último instante los había hecho libres.

Durante unos segundos, encontraron lo que habían perdido: la sensación de vivir.

Ir al contenido