Transcripción completa del manuscrito de sus confesiones y presuntos delirios escritos entre el 5 y el 14 de febrero de 1995 Domingo 5 de febrero A menudo me pregunto cómo podría contar esta historia sin avivar mis tormentos. Os aseguro que no quisiera exaltarlos ni sacarlos de las entrañas de lo oculto. Pero dicen que escribir tus pesadillas te ayuda a combatirlas, que un día cualquiera te duermes y ya no están ahí… A veces me río reciamente ante tales necedades. Quienes creen en semejante superstición es porque no conviven con el perdurable y consolidado horror que cohabita conmigo en el cuarto. Aun así, seguiré escribiendo; de todos modos, ¿qué otra opción me queda? Lunes 6 de febrero He sufrido una fiebre terrible. Como dije, anoche terminé enloqueciendo ante la idea de espantar mis horrores empuñando una pluma estilográfica. Mis estridentes carcajadas acabaron derivando en alaridos de súplica para que eso se marchara; literalmente me desgarré la garganta: ¡¡¡VETE!!! ¡¡¡VETE!!! ¡¡¡DÉJAME!!!, imploré durante horas, pero no se marchó. Por el contrario, permaneció una vez más ahí, colgado junto al lecho, oscilando su quietud insana —a partir de ahora lo llamaré así: la Cosa Oscilante—. Sus ojos tienen un extraño poder, no importa que me coloque en el vestíbulo o frente a la ventana: siempre me encuentran. ¿Cómo sé que está viva? Debería tocarla y ver si continúa caliente… Miércoles 8 de febrero Creo que ya va siendo hora de contar la historia. Lo que voy a confesar ocurrió hace un año, en mi casa de Raset. Yo nunca fui un tipo aprensivo, y mucho menos sensible. Carmen, mi madre, que cuidaba de mí y del viejo, solía regañarme muy a menudo por ese motivo. ¡No quiero más alas de mosca en las mesas!; por el amor de Dios, ¡deja de asustar a los otros niños!; ¡Samuel!, ¡no estrangules al perro del vecino! A veces no me gritaba, sino que se limitaba a llorar sin fuerzas: sé bueno hijo, algún día vas a matarlo… Y acariciaba mis mejillas con tanto ímpetu que acababan quemándome y entonces yo lloraba también. En ese momento ella creía que de verdad estaba arrepentido. José Alberto, el viejo, era de otra pasta. Creo que él me comprendía mejor, aunque su capacidad de razonamiento había quedado reducida a la de un niño cuando yo tenía once años. Todo le daba igual, salvo sus dientes. Se sacaba la dentadura y la relamía con esa saliva pastosa que solía tener colgándole de la barbilla. Evitaba mirarlo, aunque disfrutaba cuando Carmen se desesperaba ante la escena y los patéticos gritos del viejo. Por lo general, terminaban llorando juntos. Él por haber perdido su sabrosa dentadura, ella por cuidar al desconocido con el que algún día se había casado. Era una casa llena de lágrimas. Jueves 9 de febrero La pasada noche me pareció escuchar que la Cosa Oscilante se estremecía. Emitió un quejido gutural, burbujeante, y pensé que había decidido al fin acabar con mi sufrimiento. Pero no lo hizo. Cuando me incorporé, vi que permanecía en el mismo sitio, colgando del techo, en la misma postura en la que había llegado. No pude evitar fijarme en sus ojos con el fin de entrever algún ápice de movimiento. Tengo la impresión de que se están dilatando, si bien, sus pupilas siempre han sido anormalmente grandes, como si pudiesen ver más allá de lo humanamente conocido. [Texto indescifrable] me pregunté: si lo asusto, ¿se contraerán?, ¿se moverán? No ocurrió nada, y aun permaneciendo inmóviles como los de un cadáver, supe —y sé— que estaban vivos. Aunque hay algo que sí que cambia: cada vez son más grandes, más esféricos, y su contorno, más descarnado. Ya no podrá volver a cerrar los ojos. Ya no podremos. Sábado 11 de febrero  Está tratando de asustarme. Desde el jueves, no ha parado de exhalar quejidos agonizantes ¿Acaso siempre ha estado dormido y ahora se está despertando…? [Texto indescifrable] Una mañana me enfadé muchísimo. ¡¡SAMUEL!! ¡¡SAMUEL!! ¡¡SAMUEL!! Ella no sabía decir otra cosa, había enloquecido. Aún recuerdo sus lamentos, su cara hinchada y las lágrimas dibujando surcos, como velas derretidas, sobre su pecosa piel. Agitaba las manos alrededor de su cabeza —como si espantara malos pensamientos— y la pulsera se le enganchó en los rizos; pero ella continuó berreando y sacudiendo las manos hasta que se arrancó un mechón y se quedó callada, acariciándolo. Nunca he entendido por qué era tan importante un trozo de pelo. Pero no fueron sus gritos lo que me molestó, sino encontrar la habitación repleta de animales muertos. Mis animales. Ella había entrado en el cuarto y desordenado todas mis cosas sin pensárselo dos veces. Comenzaba a reubicarlas cuando José Alberto entró y se puso a chupar todo lo que encontraba. Me lanzó su vieja dentadura y se puso una nueva hecha a base de huesos y piel putrefacta. Me sonrió y entonces supe que iba a matarlo. Lunes 13 de febrero Atraparla a ella fue lo más complicado, pero una vez maniatada en la buhardilla, todo salió bien. De mi habitación cogí dos de los muchos sacos que ella había vaciado y los usé para taparles la cabeza. Olían a animal muerto, así que Carmen tuvo que esforzarse mucho para no vomitar y ahogarse es sus propios fluidos. Supongo que lo consiguió porque estaba acostumbrada a limpiar el hedor de José Alberto. Este no paraba de lamer, como de costumbre, así que; a través de la tela gris que le cubría el rostro, se podían observar los lengüetazos que daba al áspero saco. A pesar de su congoja, por un momento ambos parecían a punto de protagonizar un retrato familiar: ella con su blusa de seda roja, él vestido de traje. Era domingo. No dije nada. Me di la vuelta y cogí el cuchillo que tantas veces había usado para satisfacerme. Imagino que fue el sonido metálico de la hoja resbalando sobre la superficie de la mesa lo que advirtió a mi madre de que iba a matarlos; se aproximó a José Alberto y le dijo algo que no recuerdo. Lo importante es que él, en ese instante, después de ocho largos años de inconciencia, recuperó su ser y pronunció una frase que nunca he olvidado: tú no estarás sola. Buscó su rostro y se besaron con sus bocas de trapo. Martes 14 de febrero Sé lo que parece, pero el recuerdo de sus carnes cediendo al filo del cuchillo no es lo que me atormenta. Tampoco sus gritos ni la sangre que se me metió en la boca y me hizo toser. En absoluto. El problema es ese último recuerdo de cuando seguían vivos, su beso. Porque entonces no solo maté a seres humanos. Maté a dos seres humanos que se amaban. Eso fue lo que de verdad enfadó a la Cosa Oscilante. Su cuerpo continúa palpitando en el centro de la habitación. Desde que apareció, la Cosa Oscilante ha estado colgada de sus arterias, con el corazón desgarrado. Tiene el tórax abierto y una inexpugnable oscuridad posee todo su torso. Sé que siempre ha estado pensando en cómo hacerlo, de la misma forma que yo, desde el silencio, planeaba acabar con Carmen y José Alberto. Se está descolgando… Viene a decirme algo [Texto indescifrable]: ESTARÁS SOLO… Aquí acaban las anotaciones de Samuel T. K., hijo de Carmen K. Andreu y José Alberto T. Cabanillas, ambos asesinados por su hijo en la finca de Raset (Alicante) en febrero de 1994. En la autopsia se les hallaron más de dieciséis puñaladas. El cuerpo de Samuel T. K. sigue sin encontrarse a día de hoy. 

Rosa A. Gisbert

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