La espera frente a la puerta se me hace eterna. He estado frente a ella cientos de veces, miles, y hoy parece totalmente diferente. Nunca me había fijado en las imperfecciones que hay en la pintura de un blanco gastado en las molduras rectangulares de su decoración. La puerta que tantas veces me ha impedido salir ahora me hace esperar para entrar.

“Vamos”, pienso nerviosa para mis adentros.

El policía que está a mi lado parece dispuesto a no callarse, aunque debe ser evidente que no le estoy escuchando. ¿Quién podría prestar atención en este momento? Solo quiero entrar y verlo. Parece que me ha hecho una pregunta. Asiento. Debería prestar más atención.

–Si en algún momento se marea o necesita salir, avíseme. ¿De acuerdo? Tómeselo con calma.

Vuelvo a asentir. El hombre me mira con una preocupación y una dulzura que contrastan con su impoluto uniforme. Sigue esperando, creo que no ha visto mi gesto.

–Estoy lista. –Mi voz suena tan diminuta como yo me siento.

Me tiemblan las manos y tengo ganas de vomitar, y eso que aún no se ha abierto la puerta. Me consuela la presencia del policía. Seguro que fue guapo en su juventud, sus ojos siguen siendo amables. Lleva su mano hacia la puerta. Cojo aire. Cierro los ojos. El quejido de las bisagras desgarra el ambiente como un cuchillo rozando un plato. ¿Siempre ha sido así de escandaloso? Nunca me lo había parecido, pero eso explicaría que siempre me pillara cuando intentaba salir a escondidas.

Abro los ojos y siento como toda mi vida queda atrapada en mi garganta. Todo está igual. Mi piso de siempre, el salón de siempre. Mi padre tumbado en el sillón frente a la tele. Si no fuera por la sangre que mancha su camiseta de estar por casa. Una arcada llena de sabor a bilis mi boca. Pensaba que me había mentalizado, que estaba preparada, pero a la hora de la verdad es imposible prepararse para algunas cosas.

–¿Está bien, señorita? ¿Quiere que salgamos?

–No, no. Estoy… Quiero acabar con esto cuanto antes. ¿Han acabado? –Necesito saber cuánto tiempo más van a estar por aquí.

–En cuanto confirme la identidad del cuerpo podremos levantarlo y habremos acabado en su casa.

Asiento. Me acerco al sofá, aunque mis ojos se aferran a la imagen familiar de los objetos del salón, evitando mirar el cadáver de mi padre. Hay cosas que no reconozco y que deben ser de la policía: un lápiz negro y amarillo, unas bolsitas de plástico, un rollo de cinta negra y amarilla que también está en el portal…

–Me llevaré eso ahora mismo –dice el policía adivinando la dirección de mi mirada.

No digo nada. No quiero ver esas cosas en mi salón, igual que no quiero ver el cadáver de mi padre. Cuando ellos se vayan y se lleven todo, yo seguiré aquí y mis recuerdos conmigo. Será mejor que acabe rápido con esto. Miro el cadáver. Me cuesta hacerlo sin sentir náuseas.

–Es mi padre –digo, confirmando lo que todos saben.

Asiente y se hace un silencio mientras se comunica con sus compañeros por mensaje. Espero hasta que termina sin saber qué hacer. Necesito saber más, pero no sé cómo preguntar. El policía guarda su teléfono y me mira sonriendo incómodo. Supongo que él tampoco sabe qué decir.

–¿Se sabe algo de Dani? –me atrevo a preguntar tras un intercambio interminable de incómodas miradas.

–No puedo contarle mucho. Aún no ha hecho su declaración, estaba tan borracho que no se mantenía en pie.

–Ya. –No me sorprende que lo encontraran así–. ¿Creen que pudo hacerlo él?

Piensa si contestarme. Un buen profesional me diría que no puede decirme nada, pero este hombre parece más humano.

–No hemos encontrado signos de que forzaran la puerta, lo que nos hace pensar que tuvo que ser alguien cercano. Que sepamos solo usted y su pareja tienen llaves.

–No. Dani, no. Él no tiene llaves de mi casa.

–Encontramos un juego de llaves en su mesilla.

Entran al salón un par de hombres para llevarse el cuerpo de mi padre. El policía, que quiere evitarme pasar por ello, me hace ir a la cocina.

–¿Quiere un café, agente?

–Se lo agradezco, pero no hace falta.

–Como quiera.

Saco un cartón de leche de la nevera para prepararme una taza de café y la meto en el microondas. Lo necesito. Pese a que estoy nerviosa desde que han venido a buscarme a la universidad, aún necesito fuerzas para lo que queda.

–¿Le suena un llavero de cuentas en el que pone “Roma”? –Él insiste. Lo que dije antes no le cuadra.

–¿Roma? –Aprieto los labios, no quiero que lo que voy a decir le haga creer que intento echar tierra sobre el tejado de Dani–. Es mi antiguo llavero, lo perdí hace semanas. Puede que me lo dejara en casa de Dani.

–Si él tenía sus llaves y no dijo nada puede que lo haya planeado hace tiempo. –Parecía estar en pensando en voz alta, sin darse cuenta de que lo hacía frente a mí.

–No –respondo de inmediato–. Dani no hace planes a largo plazo. Su nevera está vacía. Nunca sabe ni siquiera si va a dormir en casa. No sería capaz de haberlo preparado.

–Le sorprendería de lo que es capaz la gente. Sabemos que su padre y su pareja no mantenían una buena relación. Daniel tiene antecedentes por hurtos, dos de ellos en la droguería de su padre.

–Eso fue hace muchos años. Aún iba al instituto.

Él suspira y me mira. Le doy pena. Le doy más pena por defender a mi pareja que por haber perdido a mi padre.

–¿Cómo una chica como usted ha conocido a un chico como él?

Suspiro y guardo silencio mientras saco la taza del microondas y cojo el bote de café soluble. Está tan dispuesto a creer que el “macarra de barrio” se ha convertido en asesino que prácticamente ha sentenciado ya a Dani. Nada le va a hacer cambiar de opinión.

–Dani salía con una amiga mía en el instituto –confieso–. Ella tenía problemas y se empezó a juntar con gente como él. Cuando estábamos en bachillerato…

No puedo seguir hablando. Siempre lloro cuando pienso en Bárbara. Él asiente, no hace falta que termine la frase. Han investigado el pasado de Dani y seguro que saben que su antigua novia se suicidó. Me seco las lágrimas con la mano dejando en ellas las líneas negras del eye liner que ahora debo tener por toda la cara.

–Dani no la engañaba conmigo –me adelanto a responder lo que sé que está pensando–. Ni siquiera le conocí en persona hasta que pasó lo de Bárbara. Ella hablaba mucho de él, pero no me lo presentó. Su madre me pidió que fuera a recoger sus cosas a casa de Dani y estuvimos hablando mucho. De Bárbara, de lo que había pasado. Desde ese día comenzamos a hablar por WhatsApp.

–¿Su padre le conocía? ¿Cuánto llevan juntos?

–Saliendo, ocho meses, pero Dani no es el tipo de chico que le presentas a tu padre. Solo se vieron una vez hace como un mes. Traje a Dani a casa pensando que mi padre cerraría tarde la tienda, pero se nos fue el santo al cielo y le pilló aquí. Lo reconoció y se liaron a gritos. Tuve que separarlos y prometerle que Dani no volvería a casa. Dani me hizo elegir entre irme con él o quedarme en casa con mi padre.

–¿Y qué hizo?

Me quedé. Vivo con mi padre. Si me echa de casa no tengo a dónde ir.

–¿Y Daniel lo entendió?

–Es un poco celoso, incluso de mi padre. Tuvimos una bronca muy fuerte. Estuvimos a punto de romper.

–Y eso fue justo antes de que usted perdiera sus llaves, ¿no?

En ese momento nota vibrar su teléfono y sale de la cocina para coger la llamada. Espero, tomándome el café con las manos temblorosas. Mi padre ha muerto y estoy segura de que Dani va a ir a la cárcel. No puedo evitar una sonrisa al ver lo bien que está yendo todo.

–Perdone. –El policía se asoma de nuevo a la cocina, aún con el teléfono en la mano–. Ya hemos acabado aquí, si no necesita nada más la dejaremos en paz por ahora. –Niego–. Entonces nos marchamos. Muchas gracias por su colaboración. Es usted una joven muy fuerte.

–Gracias.

Acompaño al policía a la puerta, viendo como terminan de bajar a mi padre cubierto en una tela por las escaleras. Se despide de mí con un gesto y comienza a bajar. Cierro tras él. Con el hombre que abusaba de mí muerto y el que llevó a Bárbara a la muerte entre rejas, siento que por fin la justicia hace su trabajo, aunque sea con un poco de ayuda.

Así es como se acaba con dos cerdos de un portazo.

Marta González Peláez 

Ir al contenido