Abrí los ojos. La luz era brillante, blanca, cegadora. Abrí los ojos y el mundo me cegó.

Abrí los ojos. Y los volví a cerrar.

Algo martilleaba mi cabeza de forma rítmica. ¿Era ruido? ¿Un ruido muy alto?

Después de unos instantes de desorientación y saturación sensorial, la luz dejó de ser tan brillante y el ruido dejó de lacerarme la cabeza. Y por fin pude centrarme en el hombre que estaba delante de mí.

Era un hombre mayor, con el pelo completamente blanco y un poblado bigote. Sus ojos no eran humanos. Eran claramente biónicos. No había nada que intentara disimularlo. Eran dos lentes, como el objetivo de una cámara, y unas finas líneas que debían ser texto impreso en sus ojos artificiales por algún ordenador. Su brazo también era biónico. Una maraña de cables, placas y juntas de metal intentaba simular un brazo humano de una forma tosca y para nada estética.

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El hombre sonreía. De esas sonrisas de alegría absoluta. Estoy seguro que si tuviese ojos de verdad, el hombre lloraría. Lloraría de alegría…

De repente, un pensamiento aplastó todos los demás: ese hombre era mi padre. Una sensación cálida invadió mi pecho. Era mi padre.

Le sonreí de vuelta. Pero no era suficiente. Necesitaba más. Así que me levanté sobre la superficie en la que estaba tumbado y me tiré a su cuello. A abrazarlo. Y me estrujé contra él. Contra mi padre.

– Hola, Pinocchio. – consiguió articular entre los estragos de su alegría.

Pinocchio. Ese era mi nombre. Un gran orgullo me invadió. Era Pinocchio. El hijo de Giuseppe. Mi padre era Giuseppe.

Entonces vi mi brazo. Mis dos brazos. Eran…Cables. Placas. Mallas.

El desconcierto superó cualquier otro pensamiento. Tenía brazos mecánicos. ¿Debería tener brazos mecánicos? Intenté recordar y solo recordaba blanco. Luz blanca. Era lo primero que recordaba, lo máximo que mi memoria alcanza. Ese instante de ceguera por la luz. ¿Qué me había sucedido? ¿Por qué no recordaba nada? ¿Había tenido un accidente?

Solté a mi padre, asustado y me miré detenidamente las manos. Por arriba, por abajo. El codo. El hombro. ¡Mi pecho!

Con una fría y lenta conciencia de mí mismo, me di cuenta que estaba desnudo sobre una mesa de trabajo. Y allá dónde mirase, mi cuerpo era de metal y plástico.

Y esa misma fría conciencia dedujo, ajena a mi voluntad, que no era humano. Que había sido creado.

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