Tumbada en un lecho de pieles una mujer de piel mortecina y pómulos salientes agoniza. Sus cabellos bicolores, en blanco y negro, se entrelazan en una suave almohada de plumas y sus ojos oscuros se clavan en un suntuoso techo llenos de pavor. Nadie, ni rico ni pobre, se libra del abrazo de la muerte que, poco a poco, acecha con su lóbrego manto a la que espera.

            Atravesando la puerta de la habitación, su mayordomo acompaña a una vieja conocida, ahora de cabellos blancos donde antes eran rubios. Distante, se sienta a su lado y espera; la observa: tiene la mirada perdida y parece balbucear algo ininteligible para el oído humano. Da la impresión que delira cuando, por fin, comienza a hablar.

            –Anita… mi vida se apaga y estoy sola… ¿de qué me han servido tantas riquezas, tantas pieles…? Hay algo que me atormenta: tus perros, vosotros, mi propia conciencia…– Hace una pausa para tomar aire– ¿Sorprendida? Hasta alguien como yo, a quien nunca le importó nada más que su propio interés, tiene miedo. Sí, tengo mucho miedo y necesito contarte algo– Intenta coger la mano de la anciana con sus delgaduchos dedos, viendo la situación, esta coloca su mano entre las suyas– Ha pasado tanto tiempo… Te ruego me escuches.

            «Hay algo que me llamó mucho la atención de ti: eras capaz de ser feliz con muy poco. Te recuerdo sonriendo tan solo paseando a tu perra… ¿Cómo es posible? Eso era algo incomprensible para mí. No podía entenderlo. Te comparaba conmigo: ¡Yo, que lo tenía todo, era infeliz! Siempre quise más, llegando, incluso, a la frustración si no lo conseguía. ¿De qué me sirve eso ahora?

            Durante toda mi vida escuché: “Debes ser competitiva”, “No es suficiente”, “Debes ser la mejor”. La mejor… nada de lo que podía hacer era bastante y, por supuesto, no había lugar para sentimentalismos, me hacían débil. De ese modo, creé una coraza tan dura que ni siquiera yo misma la pudiera romper; con el paso del tiempo, lo conseguí. Verás, querida, no fue fácil abrirme camino en un mundo en el que la supremacía lo era todo. Por donde yo me movía, eras admirada por tu poder. Sí, así era. Y yo fui amasando toda mi fortuna, todo lo obtenía, de un modo u otro. Hasta que hubo algo que no pude tener…»

            Hace una pausa, parece que se le escapa la vida, retoma aire y continúa:

          «Empero, había una cosa en mi contra: mi físico. Podía maquillarme que mi aspecto continuamente parecía enfermizo, apariencia que la gente rechazaba. No veían otra cosa. Me acomplejé, hasta tal punto que odiaba mi piel. Entonces intenté taparla con lo más hermoso que encontré: otras pieles. Para mi sorpresa, funcionó. Dejaron de mirarme para detenerse en los abrigos que llevaba. Eso fue mi perdición. Tuve tal obsesión por las pieles que no me conformaba con cualquiera, yo debía tener la más bonita, única e innovadora. Se transformó en algo malsano y compulsivo… Y floreció Cruella de Vil».

          Despacio se vuelve hacia su receptora, la encuentra inmóvil, sin saber que decir.

          «No pretendo que me perdones. Yo no lo haría… ni siquiera que me entiendas, sólo que intentes comprender».

          Y, allí, en su vieja mansión, expiró.

Alicia Matín López

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